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Pasaron algunas horas de la noticia, y
probablemente pasen muchas más, y aún cuando Caldera hable, que lo hará algún
día, su adelantado retiro tendrá un inevitable sinsabor, y un espacio grande para
sospechar, que en este caso, habrá un secreto de esos históricos que nunca se
develarán por completo.
La fría crónica indica que Caldera fue
titular en la práctica del lunes. Que cuando se retiraba de la concentración Claudio
Gugnali lo detuvo para que charlara unos minutos con Sabella. Que luego del
encuentro en la oficina del DT se retiró de buen semblante, pero que de allí en
más todo fue confusión pura. Pachorra confirmó una lista de 17 concentrados a
la que Calderón podía sumarse si lo deseaba. Faltaban 48 hs. para la lista
definitiva del Mundial, y Calderón no volvió más al Country. El martes tuvo una
reunión con Marcelo Malaspina, el dirigente con mejor llegada al plantel, y más
aceitada relación con el 9, y allí le dijo claramente que su último
entrenamiento había sido el del día anterior. Así, inesperadamente Caldera le
ponía punto final a su carrera y se autoexcluía del Mundial de Clubes.
Calderón, un tipo de carácter particular,
es uno de los últimos exponentes de los futbolistas de códigos típicamente
futboleros. Y probablemente, uno de los más fieles representantes de las
tradicionalmente fomentadas costumbres de City Bell. Los testigos, el
vestuario, los silencios en las buenas, el paso al frente en las malas, la
mesura en la previa de los clásicos… En ese contexto, cuentan que Calderón no
estaba del todo bien anímicamente, y que, como él mismo se encargó de
expresarlo, lamentaba en los últimos días haber estirado su carrera.
Posiblemente contrariado y en algún modo confundido, Calderón se creyó un estorbo
y no quiso que Sabella se sintiera en el compromiso de incluirlo en la lista
definitiva del Mundial, para lo que prefirió tomar la decisión de adelantar su
retiro.
Caldera hizo las valijas y se fue a Mar del
Plata. Desde el entorno del goleador se filtró que hasta el miércoles no recibió
llamado alguno. Ni del cuerpo técnico, ni del presidente, ni de Sebastián, algo
que “a José Luis le dolió muchísimo”. Alguien que siguió muy de cerca la
historia reflexionó: “si llegás a tu casa y te encontrás con que tu mujer hizo
las valijas y se fue. ¿No la llamarías por teléfono para ver qué le pasó? Si la
quisieras, lo harías, sino, es que te sacaste un peso de encima”. Luego
llegaron los llamados de varios referentes del plantel y el cuerpo técnico,
pero Caldera no atendió. Hasta un miembro del CT se dirigió decidido a la casa del goleador cercana
al Country cuando en el camino se enteró por la radio que ya estaba en viaje a la costa. Con el único integrante
del plantel que habló por teléfono fue con Juan Huerta, su amigo y compañero de
habitación. Con nadie más. Ni si quiera con la Bruja, su principal ladero en el plantel. Caldera
confirmaba a cada minuto, en la lógica de su razonamiento, que haber prolongado
su carrera había sido un error; que Sabella dudaba de llevarlo al Mundial, y
que en realidad, el DT le había dado muestras de sobra a lo largo del semestre
de lo poco que lo tenía en cuenta. Ni si quiera contra Vélez había entrado un
ratito con el partido definido.
Sin embargo, y contrariamente a lo señalado
en la conferencia del martes, donde Sabella no fue categórico en sus
declaraciones, todas las fuentes consultadas vinculadas al cuerpo técnico, y también
dirigenciales, coincidieron en aseverar que Caldera estaba en la lista de 23. A tal punto que Sabella
habría decidido adelantarle la noticia luego del partido con Central en una
charla a solas, por un hecho puntual que no pasó desapercibido en el cuerpo técnico.
En el entretiempo en Rosario, Caldera llegó al vestuario y le dijo a un
colaborador del DT que lo sacara. No estaba cansado como trascendió. Estaba
fastidioso. Se sentía mal. El final de la carrera y todo lo que venía meditando
en el último tiempo, lo tenía definitivamente atormentado. El episodio motivó
la charla: “si la incertidumbre de la lista te tiene así, quedate tranquilo
porque estás en la lista del Mundial”, le habría dicho el entrenador para
serenarlo.
Más tarde, lo conocido. Desde los trapos
sentidos de la gente que lo adora, hechos contra reloj para lucirlos el miércoles
por la noche. Hasta los que no perdieron la lamentable oportunidad política de
filtrar su nombre en un pasacalles.
Caldera va a retornar al Country y hablará
con el plantel y el cuerpo técnico, y allí se cerrará un capítulo pendiente
entre ellos. Pero nada de lo que allí ocurra corregirá el final de una carrera
que merecía otro cierre. Se podrá explicar de mil cien maneras distintas, pero
el resumen es que Morales Neuman y Leandro González jugarán el Mundial de
Clubes con la camiseta de Estudiantes, y Calderón se quedará en La Plata. Algo tiene que estar
mal. Es cierto que la decisión de Caldera tiene un perjuicio deportivo para el
equipo, es indudable. Pero nadie se perjudica más que el propio Calderón con la
determinación tomada.
Todo un símbolo. Una marca registrada. Con
la estrella encima de toda su carrera. Obligadamente ligado a los momentos más
fuertes de las últimas décadas en Estudiantes. El descenso. El vertiginoso ascenso.
El Russo. Los inolvidables partidos de la Copa 2006 en Quilmes. El agónico grito en Goiás. El
último gol marcado en 57 y 1. Los tres goles en clásico del 7 a 0. El amigo del gol. Los
silencios en los momentos justos. Las palabras en los indispensables. “Vamos a
salir campeones” dijo un rato antes de la final con Boca. “Somos campeones”
escribió en un mensaje de texto en Belo Horizonte. El eterno goleador. La foto
con la boca llena gol del partido contra Argentinos por la Sudamericana. Poniendo
la cara cuando las papas queman, y silbando bajo cuando los resultados
acompañan. ¡Atención, atención! Los casi 300 goles. El amor que le tiene la
gente, y su propia trayectoria, merecían por lo menos, una despedida.
Caldera, acordate, “el gol más lindo, es el próximo”.
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