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Ciudad Autònoma de Buenos Aires. Tarde gris y frìa. Una antorcha recorre las calles acompañada de un gigantesco operativo de seguridad y una innumerable cantidad de càmaras que emiten esas imàgenes para el mundo entero.
Sì, se trata de la Antorcha Olìmpica que viene transitando buena parte del mundo -polèmicas e incidentes mediante- en la previa de los Juegos Olìmpicos de Pekìn.
El recorrido no fue lo que llamò la atenciòn, de hecho, se eligieron sitios hermosos de una ciudad de ensueño como es Buenos Aires. Lo que aùn asombra a propios y extraños es la ausencia de ilustres deportistas, de esos que no deben ni pueden faltar, asì como la presencia de personas que nunca practicaron ningùn deporte a nivel competitivo y que, en el afàn de figurar, aceptaron el insòlito convite para ser portadores, en algunas metros del largo periplo, de este verdadero sìmbolo del olimpismo.
¿Còmo puede ser que no haya portado la Antorcha, al menos, un representante de los doce gladiadores que le dieron al paìs la medalla de oro en bàsquet en Atenas 2004? Evidentemente, la incapacidad o la desidia, hicieron que semejante omisiòn se transformara en la torpeza organizativa mas grave en años.
Asi, en el recorrido, se quedò afuera el representativo del logro màs importante en la historia del deporte de conjunto nacional, solo comparable con la epopeya del fùtbol en Mèxico 86.
Eso sì, no faltaron algunos personajes que, por algunas horas, abandonaron el rol que mejor les sienta y quisieron sentirse protagonistas sin micròfonos en sus manos, sin saber del ridìculo al cual quedaron expuestos, luego de corroborar que ocuparon el espacio de hombres que dejaron una huella en el deporte a nivel mundial. Es el paìs de los olvidades y los caraduras.
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