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No me olvidé

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Tati es amigo de mi primo desde hace muchos años. Cuando nos mudamos con mi familia a la casa de 65 ellos ya vivían a la vuelta desde mucho antes. Ya conté que la relación con mi primo era especial porque al ser unos años mayor que yo siempre seguí sus gustos musicales, le robaba los cassettes, la ropa, los póster de las revista Pelo, las Toco & Canto y las Canta Rock. Por eso mismo su grupo de amigos también eran para mí algo especial, mientras yo todavía festejaba mis cumpleaños con globos y carreras de embolsados ellos ya hacían fiestas “de grandes” con chicas y baile, así que para mi colarme y espiar ese mundo era una aventura.
Pero además María Eugenia, la hermana de Tati, fue compañera mía en el Jardín de Infantes No me olvides. Recuerdo que una mañana todos los nenes de la salita y un par de maestras hicimos una “visita” a su casa que era en la misma manzana del jardín. Tal vez lo haya imaginado, pero hay dos imágenes en mi memoria asociadas a aquella visita. Una es la mesa larga con botellas de gaseosas, galletitas, pasta frolas y alfajorcitos esperándonos a todos; la otra un autito de colección, un Batimovil de sus hermanos que andaba dando vueltas por ahí. Después de muchos años en esto de coleccionar juguetes sospecho, sólo sospecho, que puede haber sido el Batimovil marca Corgi, tan popular por aquellos años.
Con los años, tal vez porque a los nenes tímidos las nenas muy lindas los intimidan y aún cuando vivía a la vuelta de su casa y su hermano menor pateaba en la plaza con nosotros, dejé de saludar a María Eugenia, mi compañera de jardín, cuando nos cruzábamos por la calle.


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El No me olvides tenía esas cosas bien de barrio. Era una gran familia, una casa no muy antigua, pero si muy amplia, frente con cantero, una reja baja de madera y un gomero enorme justo delante de la ventana de sala verde. La galería con mampara de vidrio típica de las casas chorizo, sala celeste, sala rosa, el aula de música, un canario y una tortuga. Yo no se si afuera todo era tan grande realmente o lo recuerdo así porque yo era muy chico, pero había lugar para todos. El arenero, donde estaban las hamacas, las calesitas y el tobogán que mi abuelo se llevaba a su casa en vacaciones para lijar y pintar a nuevo y la jaula de los conejos; el patio embaldosado por donde rodaban las cubiertas de autos que regalaba la gomería de la calle 66 y, al costado, el espacio de tierra donde hacíamos nuestras pequeñas huertas de perejil y rabanitos que protegíamos con feroces espantapájaros.
Pasé ahí algunos de los años más felices de mi vida, tuve mi primera novia, Carolina, una salita más chica que yo e hija de la señorita Marta, disfruté de sus kermés tirando al blanco o pescando en una gran bolsa artículos de almacén, fui farolero de la revolución de mayo, aprendí a pintar con papa y témpera, a cantar “En alta mar” acompañado de toc toc y celestín y a dibujar plazas y praderas con pastizales de yerba y soles de fideos munición.

El tiempo, cierta comodidad y –para qué negarlo- mis enormes ganas, hicieron que hace unos años volviera a entrar a ese jardín con mi hijo de la mano. El edificio cambió, está más grande, sin arena y sin verde, sin huertas y sin canarios, sin kermés y sin gomero. El salón de actos ahora se llama SUM y donde antes estaba la dirección y la secretaría ahora hay aulas; se sumaron colores a las salas y rejas a las puertas y ventanas que ya no pueden abrirse de par en par como en aquellos años. Pero si algo no cambió en el jardín es el amor que todo el personal le da a los chicos, el clima de barrio humilde, los esfuerzos denodados de los papás de la cooperadora por cubrir las necesidades que deberían cubrir funcionarios de traje y corbata y, sobre todo la alegría de los nenes, aquella alegría con la que hace más de 30 años caminamos una cuadra para comer galletitas en la casa de María Eugenia.

Mi nene terminó el jardín hace dos años, pero ayer cuando salíamos del Polideportivo de Gimnasia donde hace Tae Kwondo Do me crucé con Tati y me dijo: “¿Vos sos el del blog, no? Lo leo siempre” Como decía el otro día a todos nos gusta que no reconozcan lo que hacemos, por simple que sea, así que me fui contento, recordando aquella mañana, el batimovil y por supuesto los años pasados en el jardín 916 No me olvides, como alumno y como padre.

Hasta la próxima.

Música sana in Córpore sano

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Hasta hace poco tenía un blog dedicado exclusivamente a mostrar mi colección de discos de vinilo. Tengo más de 600 discos entre simples y Long Play divididos entre infantiles, discos de programas, publicidades y discos bizarros editados en nuestro país o en otros países pero con personajes que fueron trascendentes en nuestra infancia.La existencia de aquel blog hizo que hasta ahora no hubiera mostrado discos en este. Sin embargo ya era hora. El primer disco que recuperé para mi colección fue el de Titanes en el Ring y entonces elegí su música para empezar a mostrarlos acá.
Aunque muchos no puedan creerlo son siete los L.P. que se editaron de Titanes. El primero, y más conocido, es de 1971 y tenía en su tapa a todos los luchadores de la trouppe en una mega lucha de todos contra todos. Los temas más conocidos de la historia del programa, aquellos de los que al mayoría de nosotros podría cantar al menos el estribillo estaban en este disco y forman parte de la memoria colectiva de varias generaciones de argentinos: Pepino, el Caballero, el Ancho, el Mercenario Joe o Tuffic Memet pasaron a la historia también de la mano de sus canciones.
El segundo, es en realidad este mismo, pero con el agregado del tema de Yolanka. Era tal el éxito de este luchador venido del espacio que decidieron reeditar el disco agregándole su tema y poniendo en la tapa unas calcomanías del luchador y del yogur al que publicitaba.

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Otra curiosidad de la tapa de estos discos, es que en épocas en las que no existía el Photoshop y las fotos se hacían de una sola vez, los luchadores que hacían un doble personaje fueron suplantados por otros colaboradores. Por supuesto no se nota por ejemplo en el caso de la momia y el Gitano Ivanoff, pero si es muy notorio en el caso de Pepino, ya que el luchador que se ponía el traje de payaso en cada programa aparece en la foto con su otro personaje: Il Versaglieri.
El siguiente disco también trajo algunas perlitas y temas que no fueron tan conocidos. La tapa era espectacular Martín Karadagian separando a la Momia blanca y la Momia negra que parecían querer trenzarse en plena sesión de fotos para demostrar cuál era la más fuerte. Se agregaron los temas de STP, Tío Rico o el Príncipe de Nápoli y además temas nuevos de los luchadores estrellas como Peucelle o Pepino.
Otro disco no muy conocido fue el de La Carpa de Martín, programa de Televisión que integraban varios de los luchadores de la trouppe y que trae una joyita: el tema “Yo soy la alegría” cantado por el mismísimo Martín. En 1977 se editó un nuevo álbum que incluyó temas de luchadores que también marcaron una época, como el Ejecutivo, El Dogo, Morgan, Paquito el Clown y el Leopardo entre otros. Tiene una tapa muy linda, sobre todo por las caricaturas del Campeón del Mundo, también lo pueden ver en las fotos.
El que le sigue es el de 1982, tiene también temas inolvidables, como el de Mr Moto, el Androide, Julio César, el Hombre Vegetal y el Diábolo, el Rey de los condenados. La tapa tiene sobre un fondo azul las fotos de varios de los luchadores de esa trouppe que hicieron historia.

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Este es uno de los discos más raros de ver y me costó muchísimo encontrarlo. Un domingo a la tarde me llamó mi mamá y me preguntó “¿Cómo es la tapa del disco de Titanes que te falta?” No sabía cómo hacer para que no me volviera loco ante la posibilidad de conseguirlo. Finalmente era y en dos días lo estaba escuchando a todo volumen en mi casa
Ya en 1983 se editó el último disco de Titanes en el Ring y tal vez el más desparejo, tanto en lo que se refiere a las letras como a la tapa con unos dibujos bastante feos de los luchadores en cuadritos que recuerdan a los de las historietas. La temporada de ese año no repitió el éxito de la anterior y eso se reflejó también en el disco.
Hasta aquí la pequeña reseña sobre los discos de Titanes en el Ring.
Debo agregar que en la década del 60 se editó un disco simple con los temas Los dedos magnéticos del Indio Comanche y La barba de Karadagián; editado por Odeon Pops el disco es de 45 RPM, el sobre en amarillo y rojo trae una foto en blanco y negro del Indio y de Martín, y el agujero grande en el medio, así que si querés ecucharlo vas a tener que ponerle el adaptador a tu Winco.
Aquellos que atesoren en sus casas cualquiera de estos vinilos prueben con ponerlos y verán que al poco tiempo estarán saltando en su cama, intentando una -cada vez más- imposible doble Nelson o recorrerán la casa arrastrando un pierna, con los brazos cruzados sobre el pecho abriendo y cerrando la boca como pescados.
En una próxima entrada hablaremos de los discos editados por las secuelas de Titanes en el Ring, como Lucha Fuerte o Colosos de la Lucha. Pero ese es otro tema.

Hasta la próxima.

Pequeño Gigante

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Hace varios días no me siento a escribir. Escuchaba el otro día que las vacaciones terminan para todos cuando los chicos empiezan las clases. Y realmente es así, los tiempos cambian, se acortan, se ordenan también. Pero todo lleva un período de re acomodamiento y en eso estamos.

Hoy sin embargo tuve la necesidad de decir algo cuando me enteré de la muerte de Jorge Guinzburg. El otro día recordaba al Negro Olmedo y le agradecía la risa; a Guinzburg le agradezco la buena onda. Sin dudas forma parte de aquellas personas tan creativas que lograron cambios positivos en donde estuvieron y crearon fórmulas o formatos, luego copiados y repetidos tanto en la radio como en la televisión.
El recuerdo más importante es el de la Noticia Rebelde, aquel ciclo recordado por siempre en el que junto a otros grandes como Castello y Abrebaya tomaron en broma la realidad y las noticias y comenzaron a hacer el hoy hiper repetido “Pasando Revista” con sus huevazos incluidos.
Yo puedo recordar muchas anécdotas en sus programas, reportajes que me hicieron reír o pensar, sin embargo siempre recuerdo un hecho que me llamaba mucho la atención. Durante más de 10 años trabajé en el Centro Oncológico como administrativo y particularmente en mi último año y medio en el centro lo hice en el servicio de transplante de médula ósea. Podrán imaginarse que es bastante complicado el clima que ahí se vive  por el momento difícil que viven tanto los pacientes como sus familiares. Pero algo me llamaba la atención, cuando comenzaba el horario de visitas y se abrían las puertas de las habitaciones uno recorría el pasillo del piso de internación y podía ver que en todas estaban mirando Mañanas Informales. Siempre pensé en escribirle un e mail al programa para comentarles esto, evidentemente estaban cumpliendo con su cometido que era el de entretener, divertir y tirar buena onda, y eso no es poco, llevar alegría a quién lo necesita es también una función social de la televisión. Hoy lamento no haberles escrito, a todos nos gusta que nos digan cuando hacemos las cosas bien  y pienso que le hubiese gustado saberlo. Lo cuento como recuerdo y pequeño homenaje a quien nos hizo reír tantas veces. No se por qué uno siempre tiene la sensación que se van más rápido los que nos alegran que los que nos entristecen. Tal vez sea porque nos duelen más unos que otros y la memoria prefiere borrar pronto a la mala gente. Jorge Guinzburg va a ser recordado siempre y esos es un premio bien ganado.

Hasta la próxima.

Sentir que es un soplo la vida…

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… que veinte años no es nada
que febril la mirada,

errante en las sombras,
te busca y te nombra.
Vivir...
con el alma aferrada
a un dulce recuerdo
que lloro otra vez...

 

Y si, 20 años de la muerte del Negro Olmedo. ¿Loco, no? Tuve la suerte de disfrutarlo cuando estaba vivo y no después cuando muchos se subieron a la carroza y lo reivindicaron cuando antes lo trataban de vulgar y chabacano. Alberto Olmedo fue un creador, un talentoso. Él inventó muchas de las cosas que hoy son comunes y aplaudidas en la televisión Argentina. El negro fue capaz de hacer reír a grandes y chicos por igual, de recrearse, de reinventarse, de ser otro y sin embargo ser único, como para no pasar nunca de moda. Fue el Capitán Piluso, fue Rucucu, fue Chiquito Reyes, fue el Manosanta, Rogelio Roldán, el dictador de Costa Pobre, fue el Pitufo (pero no bolufo) Fue un grande.
Hace un año escribía en mi otro blog que el día de su muerte es uno de esos días que se recuerdan siempre, esos días en que uno dice: Yo estaba haciendo tal cosa, yo me enteré de tal manera y todos decimos: yo no lo podía creer. No fue un día cualquiera. Todos le debemos al Negro alguna carcajada.
Me acuerdo perfectamente de esa mañana. Era sábado, yo tenía 16 años, seguramente habría trasnochado, así que dormí hasta tarde. Mi mamá entró a la pieza como una tromba: “Se mató Olmedo” me dijo. Levanté la cabeza y traté de enfocarla ¿Qué Olmedo se murió? Inconscientemente trataba de buscar otro Olmedo para enterrar. Pero no había. Era único.

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Pegué un salto de la cama y a seguirlo por televisión, como siempre. Se dijeron miles de cosas, se lloró en cadena nacional. Por supuesto no tardaron en aparecer los cuervos de siempre hablando estupideces ¡Qué importaba si estaba borracho o falopeado! ¡Salames! Era el Negro Olmedo. Déjennos sufrir tranquilos.

Recordaba también una de las tantas anécdotas, una noche volví tarde a mi casa, mi papá todavía estaba colorado de reírse. Álvarez Y Borges habían arrancado su rutina hablando del calor terrible que hacía. En un momento Javier Portales le dijo al Negro: “Si tiene tanto calor por qué no se saca la ropa” Al minuto, Olmedo se había metido detrás del sillón y le pasaba su slip por arriba del respaldo, al grito de “¿Qué no me lo saco?” creo que era rojo. Cada vez que veo la repetición de ese programa me río, pero no sólo porque me sigue causando gracia, sino porque recuerdo las carcajadas de mi viejo cuando me lo contaba. Y eso también se agradece.
Miles de veces se repitieron sus programas, no pasan de moda nunca. Como cada aniversario se realizarán programas en su homenaje se juntará a sus amigos y a sus viejos compañeros para recordarlo y nos prenderemos a la tele para verlo, para escuchar nuevamente las historias de su origen humilde, de sus comienzos en el viejo canal 7, de su generosidad, de sus romances, de sus improvisaciones. Hoy solamente voy a brindar por el recuerdo de Alberto Olmedo (¡Savoy, Savoy!) Él se lo merece.

¿Cómo que se murió el Negro? ¡De acá!
Hasta la próxima.

Hanna & Barbera lo tiene casi todo

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El kiosco Dany lo tiene casi todo. Quienes vivan o transiten por la zona del Parque Saavedra cercana a la calle 64 podrán dar fe de esto. En realidad el slogan es de aquellos años en que los kioscos eran kioscos y no Maxis o Drugstores y vendían cigarrillos, golosinas, algún juguete o perfume para salir del paso con el regalo de algún cumpleaños al que decidíamos ir a último momento y poco más. Por aquellas épocas el kioco Dany estaba en el local justo en frente de donde está ahora, un local chiquito atiborrado de piso a techo de casi todo lo que pudieras necesitar, pero además era el que tenían el mayor surtido de revistas en el barrio.
Cuando tuve edad suficiente como para alejarme unas cuadras de mi casa y visitar los negocios a los que para llegar hubiera que cruzar más de tres calles comencé a frecuentar el kiosco Dany. Eran épocas de enciclopedias en fichas a todo color que venían en una plancha troquelada y que la mayoría de las veces terminaba rompiendo cuando quería separar y de la revista Humi de la que ya hablé hace algún tiempo. Pero también de los autitos de fórmula 1 de plástico soplado a los que se les ponía la cuchara atrás para que anduvieran más rápido y masilla adelante para fueran más estables.
Entre las enciclopedias, que venían casi en su totalidad de España, recuerdo perfectamente una de Deportes cuyas entregas venían ordenadas alfabéticamente. Por supuesto eran tantas que luego de algunas entregas uno abandonaba la colección, harto de tener decenas de fichas de Aikido, Badminton o Béisbol y de que nunca llegaran las de fútbol.
Hubo otra de animales domésticos, esta si la seguí con ganas, perros, gatos, pájaros, peces y hasta serpientes y murciélagos con descripciones y consejos para la cría de cada animalito se abarrotaban en un fichero con tapas azules y letras amarillas. Después de algunas entregas y probablemente de más aumentos de precio hubo que dar por terminada también en forma anticipada la colección que todavía guardo de recuerdo.
En ese quiosco canjeé también un vale, no recuerdo de qué figuritas, por uno de aquellos autos de plástico, tuve que ir varias veces hasta que lo mandaron de la distribuidora, siempre con la esperanza de encontrarme con el Tyrrell de 6 ruedas o el Lotus negro con la propaganda de John Player Special. Pero no, me mandaron uno anaranjado que no se parecía a ninguno conocido. Y bueno, a caballo regalado no se le miran los dientes.

 

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Pero el recuerdo del kiosco Dany tiene que ver con que era ahí donde compraba estas revistas que hoy les muestro. En realidad eran dos, la Copito que ven en las fotos y la Pulgarcito que tenía un formato exactamente igual pero con distintas historietas y personajes. La Copito tenía divertidísimas historietas con los personajes más famosos de Hanna & Barbera y aburridísmos entretenimientos de ingenio como laberintos que se descubrían con sólo mirarlos o sombras que se diferenciaban de la imagen original. Así durante mucho tiempo cada semana iba con las monedas y billetes que con tanto esfuerzo rapiñaba a los vueltos de los mandados para buscarlas y devorarlas tirado en mi cama cucheta.

Los años pasaron, yo crecí y empecé a ir al kiosco Dany a comprar la Mafalda o El Tony y el Kiosco también creció y tanto lo hizo que tuvo que mudarse al un local nuevo, mucho más lujoso y sobre todo más cómodo para seguir vendiendo “Casi Todo”
Hoy lo atienden los hijos del dueño que probablemente por aquellos años en que yo iba a buscar mis revistas y enciclopedias en cómodas fichas estuvieran gateando en su casa, sin embargo cada tanto me encuentro con aquel kiosquero que todavía me sigue diciendo Jorgito y con quien podemos recordar viejos tiempos. Seguramente ustedes también tendrán recuerdos de aquellos que atendiendo su negocio eran los portadores de las cosas que nos daban más felicidad.

Hasta la próxima.