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martes | 17.02.2009 Actualizado: 03:58
ENFOQUES
La violencia social
Por CARLOS ANDREUCCI (*)
La inseguridad se ha instalado en el ambiente de la opinión pública como uno de sus principales problemas desde hace un largo tiempo, con la sensación de que se ha convertido en una espiral en cuanto a su crecimiento que provoca una alta dosis de zozobra en la población. En realidad, lo que más asusta no es el delito en sí mismo, sino la violencia con que se ejecuta, que en general no es un producto "accidental" del hecho delictivo sino que pareciera ser el objetivo principal y el delito una excusa para ejercerla.
La mayoría de sus protagonistas victimarios son jóvenes que pertenecen a esos guetos que el sistema ha construido precisamente para apartarlos del sistema, donde se ha asegurado que no tengan oportunidades para salir de él, matándoles la esperanza. Todos hemos asistido con distintos grados de responsabilidad a esta condena perpetua que día a día se nutre de miles de personas que alimentan una cadena que pareciera no tener fin. Uno podría sostener, al menos como hipótesis de trabajo, que antes, cuando se delinquía, uno de los principales motores era obtener lo que se deseaba maliciosamente, para estar o entrar en el "sistema". Hoy está claro que en el grado de violencia absurda con el que se materializa el objeto es otro: expresar una insatisfacción social y atacar lo que nunca voy a poder ser u obtener.
Hoy ya no importa la condición social de la víctima pues de hecho los sectores sociales de más bajos recursos son quienes más sufren cuantitativamente esta clase de violencia de lógica casi terrorista en cuanto a no tener ninguna clase de selectividad, el azar y la circunstancia definen.
Reducir el problema de la inseguridad al reclamo absolutamente legítimo de una mayor y efectiva acción represiva por parte del Estado -que sin duda es necesaria- no será de ninguna manera suficiente en la medida que no ataquemos profundamente la "fábrica" que tan eficientemente produce personas a las cuales, estar vivas, muertas o presas, les es indiferente.
En algún momento, el Estado y la Sociedad, decidió abandonar la titánica y ética lucha contra la marginalidad y se contentó con "contenerla y esconderla", consecuentemente le retiró recursos y prioridades comenzando a armar una verdadera bomba de la cual iba a ser una de las víctimas.
Siempre se está a tiempo como sociedad de retomar una gesta con lo que ello implica en cuanto a sacrificios y prioridades, pero si nosotros y la actual y futuras administraciones políticas, no colocamos por muchísimos años al tope de la agenda abrir caminos de oportunidades para integrar al sistema lo que "la fábrica produce", es una batalla que perdemos indefectiblemente y que consecuentemente al sentirnos cada día más agredidos sacará "lo peor de nosotros". No hay milagros. Se puede hacer mucho aún para mejorar el sistema de seguridad y reformar el sistema de justicia para hacerlo eficiente y eficaz. Nos ayudará a transitar más aliviadamente el camino si finalmente tomamos la decisión política de atacar estructuralmente el problema.
En una gran parte dependerá de nosotros que como ciudadanos instalemos este tema en la conciencia y responsabilidad de nuestros dirigentes políticos y gobernantes, con una sostenida demanda en un marco tan propicio como son las próximas elecciones legislativas de 2009.
(*) Abogado platense. Presidente de la Federación Argentina de Colegios de Abogados
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