Publicado en Edición Impresa:  Revista Domingo
Opinar
 domingo | 30.08.2009  Actualizado: 16:32

LITERARIAS
En la otra orilla, la escritura 


En El camino de las hormigas (primera novela de María Laura Fernández Berro, premio a la mejor novela breve en Córdoba, España, 2003, publicada en Argentina por Ediciones de la Flor, 2005) son la casa y su sótano, en unidad, el centro en torno al que gira una historia cargada de desapariciones y tortura, pero casi en el tono de un cuento infantil.

Aunque algo de aquello continúa ahora en su último libro de relatos breves Mujer que viene (no tan directo, más delicada y horrorosamente aludido), es el agua, más precisamente el río, quien sostiene a la autora/narradora sobre su superficie plácida, mientras de las orillas y de las profundidades asoman o se intuyen, se anticipan, crispaciones, presencias que lastiman, "El agua asesina me lame los pies. Los huesos flotan. Camalotes de huesos rotos, la muerte". Y corre como el río de Heráclito "Voy y vengo y soy el agua en la orilla de un río siempre distinto". En "La otra orilla", quizás uno de los relatos más logrados en su salto de la reflexión al diálogo cotidiano de personajes que discuten sobre libros y sobre el lenguaje, también se hace presente la idea de Dios, o de la búsqueda de un dios, tema infaltable. "Buscar al Dios del agua, al Dios-pez en el lenguaje y las palabras que mido y no fabulo." Porque, dice antes, "Dios es el agua que salpica el pez que vuela." No la inmersión en aquel sótano donde la casa se revolvía en mazmorra compacta ("Nada sólido, nada firme, casi un cilindro de agua. Sólo agua."), sino en el mundo que rodea, acaricia y lastima; ya no es mirada infantil, aunque aflore a veces junto a los recuerdos, sino observación adulta de quien conoce el medio en el que se sumerge.

Hay personajes tortuosos, megalómanos impotentes, locos, suicidas, lobos de guardapolvos gris que acechan la Plaza Tacuarí/ Máximo Paz, muertos y sádicos, familiares próximos aparentemente dulces. Y ella recuerda que fue una niña tal vez feliz aunque luego el tiempo hizo su tarea. "Hubo un tiempo que fue bueno. El infierno, lento." Y llegó a esta mujer adulta, cuya isla salvadora es la escritura , "La isla que toco cada vez que escribo".

La edición es prolija y cuidada. La reproducción de un óleo de Laura Lago ilustra la tapa y contratapa con hermosa violencia. Y como si no alcanzara con los hallazgos narrativos, hay en Mujer que viene (Ediciones Al Margen, 2009) un hilo de poesía que va recorriendo los relatos y aflora luminoso a lo largo de todo el libro.


Jorge Goyeneche





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