21 de Mayo de 2000
La gente siempre le pone calor y color
Por ALEJANDRO APRAIZ

El público fue gran protagonista en el clásico entre los dos rivales más tradicionales de la ciudad. Dos mil quinientas personas cubrieron todos los alrededores de la cancha central de La Plata y siguieron ansiosamente las alternativas del encuentro. La localía no influyó en absoluto a la hora de convocar aficionados, ya que Los Tilos llevó una cantidad similar y equilibró el aliento. Fue, amén del juego, lo más lindo de la tarde porque ver un marco así incentiva a todos, adentro y afuera de la cancha.
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UNA ENTRADA DE PELICULA. La barra de La Plata no quiso pasar desapercibida y diagramó un ingreso para el recuerdo. Cerca de cuatrocientos jugadores de las divisiones menores del club, munidos con banderas, globos azules y amarillos, bombas de estruendo, maracas, papelitos, humo amarillo, bombos y redoblantes, tomaron el campo de juego y le pusieron su toque distintivo. El público, colmado por lo visto, ovacionó a sus representantes más ruidosos, mientras estos cortaban camino hacia la tribuna en busca de un lugar para presenciar la partida. Inmediatamente aparecieron en escena los créditos locales luciendo sus nuevas camisetas y ganaron un aplauso cerrado, para afrontar con bien motivados la contienda.

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A PURA BOMBA. Las bombas de estruendo, al igual que los petardos y las cañitas voladoras, no perdieron vigencia con el paso de los minutos. En el transcurso del partido, acentuaron los desempeños más salientes de cada equipo y alcanzaron su punto culminante al final de la segunda etapa, cuando se produjo el alocado festejo de los aficionados tilenses, que coparon el campo de juego desbordantes de alegría.

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CANTOS Y MAS CANTOS. Primero tomaron la posta los hinchas de La Plata y al son de "movete La Plata movete..." apuntalaron a los suyos para que impusiesen condiciones en su casa. Con el partido equilibrado, ampliaron el repertorio y se escuchó "el que no salta es un tilambre..." Pero los del Barrio Obrero respondieron con un penal, al que le siguió un try, y las melodías cambiaron el tono "a poner h.... que tenemos que ganar". Luego llegaría el try de los canarios, única emoción para su gente, y el primer tiempo se iría con dos cuadros contrapuestos, los locales muy preocupados y los visitantes conformes con lo hecho por el equipo.
La etapa complementaria reafirmaría esa imagen y dejaría afónicos a los tilenses con el típico "despacito, despacito, despacito, les rompimos el c.....", que se oiría hasta el cansancio, como una especie de resumen de lo ocurrido en Gonnet.

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FESTEJO MERECIDO. Cuando Pablo Deluca marcó el final del partido, explotaron los hinchas de Los Tilos y se adueñaron del show. Sin perder un segundo se lanzaron a la cancha para abrazar a sus jugadores y desplegaron todo su arsenal, para halagarlos por lo hecho. Todo se tiñó de verde y amarillo; las banderas flotaban sobre una aire denso, colmado de reproches y reclamos de parte de los locales, pero nada importaba. Nuevos petardos y bombas de estruendo aclamaban otro triunfo de los del barrio obrero; los papelitos tapaban las huellas que dejó el fragor de la batalla en toda la cancha y todo era pasión, aliento y satisfacción.




          
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