Ella es Piscis. El Géminis. A ella le gusta cantar. A él, seguir a Boca. Coincidieron en el mundo virtual, se enamoraron escribiéndose y -convencidos de que la forma de ser es más importante que la apariencia física- decidieron poner fecha a su casamiento cuando todavía no se habían visto ni una sola vez. Ni siquiera en fotos. Ahora planean transmitir su boda, prevista para febrero de este año en La Plata, a través de la red, como una forma de demostrar que Internet también puede ser un vehículo para consolidar amores duraderos.
En el mundo virtual eligieron llamarse "Jopaco" y "Principesa" y compartieron larguísimas sesiones de chat (charlas escritas a través de la red) que se extendieron a lo largo de madrugadas enteras. En el mundo real, ella se llama Natalia Jacquelina Rodríguez, vive en el barrio de Las Quintas y estudia mecánica dental. El vive en Moreno, se llama Jorge Pablo Conti y se dedica a administrar dos bailantas ubicadas en Castelar y General Rodríguez.
"A veces en la sociedad las cosas se confunden y la apariencia física se pone por encima de la forma de ser de las personas", dice Natalia, que tiene 21 años y agrega, "como nosotros creemos que la apariencia es algo secundario, la decisión de casarnos fue anterior a la de encontrarnos por primera vez y surgió cuando descubrimos que coincidíamos en la forma de pensar y en el objetivo de formar una familia".
Ahora, la pareja planea transmitir la ceremonia de la boda a través de la red, "como una forma de devolverle a la comunidad de Internet la alegría que viví cuando encontré a Natalia, que es la mujer de mi vida", dice Jorge Conti.
Hasta encontrarse, Jorge y Natalia tenían actitudes distintas respecto a Internet y sobre todo a la cada vez más difundida costumbre de conocer gente a través de los canales de chat de la red.
Natalia se mostraba escéptica, y pensaba que la mayoría de los participantes de las salas de chat aprovechaban el anonimato de Internet para mentir y fingir personalidades falsas.
Lejos de esa actitud, Jorge Conti pasaba todas las madrugadas, entre las 23 y las 6 de la mañana dándole duro al teclado, para cosechar amigos y amigas de las salas de chat, que posteriormente añadía a su lista de favoritos de ICQ (un sistema de charla cibernética que permite la búsqueda específica de un usuario para dialogar en tiempo real o dejarle mensajes).
En esa lista estaba incluido el hermano de Natalia, que el tiempo convertiría por azar en improvisado celestino informático. Porque fue a través de su número de ICQ que Natalia y Jorge comenzaron a comunicarse.
"Fue un día como cualquier otro. Yo me había conectado para chatear con el hermano de Natalia y aparece ella del otro lado", cuenta Jorge, "empezamos a chatear y estuvimos tres horas haciéndolo. Después seguimos hablando por teléfono y a partir de ese día chateábamos casi siempre o nos mandábamos mensajes de correo electrónico".
"Para mi era terrible, porque trabajo de mañana y me pasaba las noches chateando y al otro día me costaba levantarme, pero disfrutaba mucho de las charlas y empecé a cambiar de opinión respecto al chat a medida que encontraba coincidencias con Jorge", dice Natalia.
En esas primeras sesiones de chat, Natalia y Jorge consideraron la posibilidad de enviarse fotos, aunque casi de inmediato la descartaron.
"Pensamos que una foto no necesariamente refleja a la persona como en un encuentro personal, entonces decidimos esperar", explica Natalia.
Poco después de esos primeros encuentros, ella viajó de vacaciones a Brasil con su familia. Pero antes de hacerlo, volvieron a chatear y en la conversación que mantuvieron decidieron que iban a casarse. Y pusieron una fecha.
Durante la estadía de Natalia en las playas de Canas Vieiras pasó más tiempo en el ciberpub de la calle principal que en las propias playas, según ella misma relata.
"Hacía tanto calor en ese lugar que en lugar de quedarme leyendo los larguísimos mails que Jorge me enviaba los imprimía y me iba a leerlos afuera", recuerda.
Para entonces la historia del cibernovio ya había llegado a oídos de la familia y los amigos de ambos, quienes al oirla reaccionaban con perplejidad.
"Pensaban que estábamos locos y no entendían como podíamos hablar de casarnos cuando no conocíamos al otro personalmente", dice Jorge, "pero para entonces nosotros ya teníamos elegido el nombre para nuestro primer hijo a pesar de no habernos visto nunca (sería Camila Candela si llega a ser nena y Sebastián Ariel si es varón). Y habíamos dispuesto al 10 de febrero del 2.001 como fecha de nuestro casamiento -porque el número es capicúa y somos cabuleros- y la Catedral de La Plata como escenario. La idea de transmitirlo por Internet se nos ocurrió casi enseguida".
-Fue horrible...-dice Natalia y casi enseguida trata de corregirse- Bueno horrible no...
-Dijiste horrible -apunta Jorge y se ríe
-Claro, horrible, por los nervios y la ansiedad. Fue lindo y feo a la vez. Eso.
Con ese diálogo, Jorge y Natalia recuerdan el postergado primer encuentro, una cita a ciegas en la que se conocieron personalmente.
-"Yo llegaba de Brasil después de 15 días de estar allá y estaba ansiosa por conocerlo. Ya habíamos acordado que nuestro aspecto físico no iba a cambiar nuestra decisión de casarnos. La cosa es que nos gustamos y a los pocos días cada uno conoció a los padres del otro. Más tarde les contamos de nuestra idea de transmitir el casamiento por Internet. Ellos, como nuestros amigos, se matan de risa. Creen que estamos locos, pero para nosotros es importante que quede claro que la red puede permitir cosas como estas.
Fanáticos de Internet al fin, no habían pasado tres días desde aquel primer encuentro cuando Natalia y Jorge abrieron la página de su casamiento en un sitio de la red, donde se puede leer desde la lista de invitados a la fiesta, hasta los nombres de los testigos.