19 de Septiembre de 2000  
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Francotirador rabioso, marginal y despiadado


Por
ALEJANDRO CASTAÑEDA


Subir a escena es una tentación. Cualquier intentona creativa, venga de la radio, de la televisión o del cine, siempre aspira a llegar el teatro. Quizá por eso de la comunicación directa, quizá porque en los otros registros los aplausos no se oyen. Por lo que sea, pero es como si el escenario pudiera marcar mejor que las mediciones el verdadero poder de llegada. En esta época de vacas flacas y de imaginación gorda, los teatros están recibiendo tributos de variado origen que expanden su formato clásico y permiten que figuras sin dimensión actoral, que no trajinan la ficción e ignoran la puesta en escena, puedan llegar a los escenarios con sus modestos aportes. Y por supuesto la gente de TV que hace programas sobre la actualidad, también aprovechan su cuarto de hora de fama para salir a ofrecer lo que pueden. No hay trabajo, hay hambre y hay salas vacías. Esto es lo real.
La propuesta de Baby Echecopar se inscribe en esta franja. Es capaz de llenar la sala de La Nonna porque su figura viene vendida desde la pantalla chica. No necesita otra cosa que estar allí, monologando ante un público familiarizado con sus arengas rabiosas, vulgares y pintorescas. Su éxito -de alguna manera hay que llamar a un tipo que llena la sala diciendo cosas a veces chistosas, a veces cursis y muy usadas- deriva de otra certeza: el triunfo de los actores under, que sin nada que los respalde, se largan a decir su rutina. En general, a contramano de lo impuesto, aportando la franqueza de un lenguaje barrial, mas cerca del tablón que de la escena, sin libreto ni guía, un zafado observador que habla como si estuviera con su barra de amigos.
Echecopar apoya en esas vertientes su modesta propuesta. Antes de empezar, suena música española que ("Hoy puede ser un gran día", el formidable "Resistiré") que apunta hacia arriba, seguramente para compensar lo que viene después: un imparable alegato al desencanto que flota entre un Pinti de los basurales y el Discépolo más encarnizado y vulgar. Echecopar en su primera entrada se encarga de apagar todos los globos posibles. Dice que todo está peor que mal, que no sirve ni el gobierno que se fue ni el que llegó, que los argentinos somos por lo menos un equipo de súper boludos que elegimos a los que nos hacen mal y dejamos que sigan haciendo. Incluso se demora menos en los aparatos de poder que en el boceto crudo de unos habitantes dormidos, que cultivan la hipocresía, que le exigen al otro lo que ellos no son capaces de dar, que deambulan por este mundo fingiendo lo que no son, apagando en el hogar todo resto de ilusión y transformando a la vida en un jardincito para la desdicha y el fracaso. Y la culpa no es de esta generación. Para Echecopar, los adultos ("los que pasamos los 40", subraya como para incluirse) son insalvables. Pero los abuelos no sirven para nada y los jóvenes son unos zombies sin voluntad ni ganas de dar vueltas las cosas.
Y ese fragmento desalmado, lleno de palabrotas (recursos al que no renuncia ninguno de estos chistosos sermoneadores), que pasa de lo escatológico a lo prohibido y que deja algunos retratos que arrancan risa, es lo más festejado. Porque bueno, el hombre tiene algo: camina el escenario con paso vencido, sabe meter un par de detalles que despiertan la risa, acierta en el dibujo implacable de escenas cotidianas y sobre todo parece expresar, en su marginalidad, el despecho y el sabor amargo de una franja de gente que no tiene otra forma de hacerse escuchar. Es esa rabia sin anestesia la que le da límite y marco a este monólogo que ataca el hoy, lleno de pobreza y corrupción, como al ayer de fracasos y desolaciones. En cambio, se pone casi insoportable cuando busca salvavidas para su anterior naufragio, y en tono de pastor y consejero, lanza su libro de autoayuda, con más cursilería que vuelo. Al final, después de todo, Echecopar nos dice que todo no está perdido, que si esos 180 boludos que pagaron la entrada dejan la ventana abierta, por ahí se les mete el angel que podrá rescatarlos.

          
©2000 Diario El Día - La Plata, Buenos Aires, Argentina