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| Las graves implicancias del consumo precoz de alcohol |
Según los coordinadores de los grupos de ayuda para rehabilitación del alcohol, hasta no hace mucho tiempo el promedio de edad de los que participaban en las reuniones era de 40 a 50 años. Hoy la edad promedio está entre los 25 y los 30, como lo refleja una nota publicada en nuestra edición de ayer. Se está hablando de la edad en la que se reconocen alcohólicos y comienzan el tratamiento. Esta disminución en la edad de los que comienzan a tratarse habla del creciente consumo de alcohol por los jóvenes que se viene convirtiendo, y con razón, en uno de los motivos de mayor preocupación entre distintos especialistas y desde luego en la comunidad, no sólo porque ese fenómeno refleja serias distorsiones de orden familiar, educativo y social, sino por las consecuencias físicas y mentales que este hábito genera. Además de los episodios de violencia que genera y del riesgo de accidentes, a los jóvenes se les dificulta el tratamiento porque, como dicen los expertos, el físico todavía les responde. Pero ¿hasta cuándo? En ese marco, deben considerarse detenidamente las conclusiones preliminares obtenidas en investigaciones realizadas el año pasado en una Universidad estadounidense, según las cuales el consumo excesivo de alcohol podría afectar el cerebro en desarrollo de adolescentes y jóvenes, destruyendo neuronas de una región cerebral -el hipocampo- comprometida en funciones como el aprendizaje y la memoria. Así surge de una serie de estudios recientemente llevados a cabo en universidades norteamericanas que aumentaron la preocupación ya existente por el creciente consumo de alcohol entre los adolescentes y jóvenes. Los científicos compararon los cerebros y los comportamientos de estudiantes que abusan del alcohol con otros de aquellos que no lo hacen y experimentaron con ratas de laboratorio para arribar a las conclusiones que ahora intentarán confirmar a través de nuevos estudios. Por ésto, es imprescindible formar en los jóvenes la convicción de los riesgos que pueden correr, lo que requiere una tarea ilustrativa por parte de todos, en particular de la familia y de la escuela. Esta convicción tiene que ser muy fuerte, asentada en referencias científicas, por un lado, y por otro en principios de responsabilidad individual y social que a tales edades no se pueden ignorar ni transgredir. Esto sin perjuicio de que se hagan cumplir con las leyes que establecen restricciones al consumo de alcohol por menores.
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