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| Lucrecia Cambas y la fórmula para ser una chica de 88 años |
Su secreto: va al gimnasio 5 veces por semana, bebe sólo traguitos, come de todo pero poco
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| Beba Cambas en agosto cumple 89
y sigue estudiando, "buscando la verdad en esta vida absurda
que vivimos". De excelente humor piensa que "lo importante
es agradar" |
Lucrecia Cambas es una joven de 88 años que reparte su tiempo en Monterrey (California, EE UU) entre el gimnasio, lugares en donde pueda bailar tango, la poesía, la pintura, el piano, el dibujo y en visitar a su hijo. Vino a La Plata en donde reside parte de su familia, para presentar su último libro, "Espirales poéticas" y llenó el espacioso salón de actos de la Caja de Martilleros y hoy vuelve a ese paraíso que habita frente al Pacífico, en donde predomina el estilo colonial español y en donde anidó cuando en 1964 tuvo un acto de arrojo, quemó sus naves y voló con su hijo, un niño entonces, al gran país del norte a probar fortuna. Fiel a su máxima de que "el asunto, lo importante, es agradar", Beba, "porque así me dicen todos", no se permitió ni una lágrima al sumergirse en recuerdos todavía vivos y que la conmueven. Con elegancia, en el prolongado diálogo que mantuvo con EL DIA, sólo admitió en un arranque tanguero, que "esta vida es absurda, sin sentido", pero también contó los secretos para llegar a ser una chica de 88 años: alcohol sólo traguitos, comer de todo pero poca cantidad y el gimnasio al que voy cinco veces por semana haciendo marcha en la cinta y algo de remo.
GARDEL Y ALFONSINA STORNI Beba Cambas nació en San Juan "a dos cuadras de la casa en donde nació Sarmiento, pero no lo quiero. Cuando leí aquello de que la letra con sangre entra, se acabó". Era hija de un juez y ex escribano mayor de Gobierno que murió demasiado tempranamente. "Mamá era muy joven, inexperta y la dejaron sin un céntimo. Nos vinimos con mamá a La Plata en donde vivía mi hermana con su marido y de aquí a Buenos Aires, porque yo conseguí un trabajo. Mientras tanto, hacía cursos. De todo. Letras, francés, griego, pintura, con una sed de conocimiento que aún mantiene. "Todavía sigo estudiando, desordenadamente porque yo soy rachera. Tengo rachas de algo y me meto con todo en eso. Pero siempre quise estudiar, conocer para buscar la verdad, un sentido para esta vida absurda que vivimos". En su larga estancia porteña hizo amistades entrañables, cosechando anécdotas sabrosas. "Soy tan vieja...- se ríe- que hasta conocí a Gardel. ¿Se da cuenta? Fue en una fiesta en la casa de Alberto Barceló, un caudillo conservador de Avellaneda. Gardel fue con dos de sus guitarristas a cantar y yo me quedé en primera fila, embobada, tanto que en un momento me miró y me preguntó, '¿qué quiere que le cante la mocita?', y casi me muero". También conoció a Alfonsina Storni, "poco tiempo antes de su muerte. Fue en Buenos Aires en una reunión literaria en donde también estaba Mallea. Entró con un jovencito que la acompañaba, vestida de gris y un sombrerito...un aspecto insignificante. Se sentó y empezó a hablar con voz baja y al minuto estábamos todos pendientes de ella. Maravillosa, cautivante".
DE SHIRLEY TEMPLE A LOS HIPPIES En 1960 se enfermó gravemente su madre y obligadamente se instaló en La Plata para compartir los cuidados con su hermana, dado que ella trabajaba, estudiaba "todo lo que podía y ya tenía a mi hijo, que es adoptivo, dado por una amiga. Con esta vida difícil, dura, recibí una carta de un amigo, Héctor Urrutibehity radicado en los Estados Unidos en la que me invitaba a intentar suerte. Y bueno, vendí lo poco que tenía, tomé a mi niño y viajé en 1964. Y ya me quedé allá". Y no le fue sencillo. "No hablaba ni jota de inglés. Esas cosas de aquella época. Hablaba francés y griego, pero no inglés. Pero me las arreglé". Realizó trabajos esporádicos mientras hacía cursos, un master de arte en la Universidad de San José (California) hasta que apareció su oportunidad en un Instituto de Estudios Internacionales de Monterrey, en donde necesitaba una profesora de español. "Allí di clases hasta jubilarme de Español, Literatura, Historia, Lengua y Arte dramático y fui fundadora y directora del Teatro en español 'La Farsa'. En los cursos de verano de idioma español, tuve de alumna a Shirley Temple, nada menos y al director de un diario importante de California que era tan, pero tan buen mozo que daba miedo". Pero los que realmente le dieron miedo fueron algunos hippies, "porque hay tres categorías, los hippies de fin de semana que son empleados y ejecutivos que el sábado se cambiaban, se despeinaban y se convertían en rebeldes; los hippies limpios, intelectuales, buenos, que son los que te regalaban una flor para que no hicieras la guerra, y los otros, los que hacían todo para molestarte, sucios de olor insoportable. Tuve alumnos de las tres categorías porque llegué de profesora en California, en los años 60 y 70, el reinado hippie. Llegué a tener una alumna, una linda chica, que iba descalza, mugrienta y una camiseta que no se sabe nunca hasta que pedí hacer una colecta para regalarle otra. A Kent, que era un Adonis, lo mandé cambiar porque estaba semidesnudo y realmente, ni yo podía dar la clase concentrada ni las chicas atenderme". Ahora está jubilada. Tiene muchísimos amigos con los que comparte el tiempo y las charlas, es noctámbula aunque se despierta a las 8, desayuna y vuelve a la cama con los diarios. Fiel a las rachas, a veces escribe poesía, otras dibuja o pinta. Recibió premios en salones y ha expuesto muchas veces. El libro que presentó y editó en La Plata es "mi segundo hijo. Aquí vengo porque quiero a esta ciudad en la que viví, tengo amigos y fundamentalmente a mis sobrinos, sobrinos nietos y sobrinos bisnietos".
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