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| Editorial de La Capital de Mar del Plata |
Después de la fracasada invitación de que "se vayan todos", en la lucha política preelectoral tanto por la presidencia de la Nación como por la jefatura del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, aparecieron caras nuevas, es cierto, pero con los viejos vicios. Es decir, poco se ha ganado en esta renovación de figuras políticas, porque aquel pedido no se refería a lo físico de una persona, sino a su producción mental. El político argentino con frecuencia dice que no es respetado y que, más todavía, es motivo de burlas. Un reproche insólito, porque el primero en faltarse el respeto a sí mismo, es el propio político, que no se presenta como tal, sino como fiscal de sus antagonistas o de quienes administraron lo que él quiere llegar a administrar. Y habla de ellos, los critica, señala lo que hicieron mal y lo que no hicieron, que ya muy bien le consta a la gente. La ciudadanía no necesita que ningún candidato le haga un repaso interesado de la triste historia reciente de nuestro país, sino que quiere escuchar cosas nuevas y frescas, ideas que si miran al futuro, mal puede hablar de quienes tuvimos en el pasado en las distintas funciones públicas. Es lamentable que se concurra a un acto público para escuchar a una de estas nuevas figuras -aunque hayan ocupado cuanto ministerio o cargo le ofrecieron aun en gobiernos de distinto signo del de su original ideología- y el ciudadano tenga que retirarse sin saber cuál es la filosofía de trabajo con que intentará atraer votos. Que las escuelas y hospitales no se caigan y que estén limpios; que las calles estén impregnadas de seguridad más que de temor; que haya césped en las plazas; que el tránsito de vehículos sea ordenado y que sus conductores comiencen a respetar la luz roja de los semáforos; que los sueldos de los trabajadores sean dignos y pagados en término; que los problemas financieros no se solucionen con el aumento de impuestos que golpeen a la gente, entre otras muchas cosas, ya no puede ser la sustancia de una propuesta política para que la ciudad o el país comiencen a funcionar, porque todo ello ya está contemplado en las obligaciones mínimas e incumplidas por los funcionarios. Además de cumplir con todo lo citado, hay que mirar un poco más fuera de las fronteras y hacia los países que mejor progresan para imitar lo bueno que se puede adaptar a nuestra sociedad. Si Eduardo Duhalde o Aníbal Ibarra no hicieron tal cosa, ya no interesa, porque ese es el pasado que se debe superar. Lo que se necesita es saber qué va a hacer el político que los reemplazará, porque si no se esboza un plan firme, coherente, realizable y progresista, entonces no hará otra cosa que abrirles el paso nuevamente a los que tienen buenas y grandes deudas con la sociedad. Así se vuelve a fracasar, y no sólo ellos, sino todos nosotros, porque el retroceso surge de la repetición de los viejos errores. Se advierte que faltan ideas o sobra un encono inútil.
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