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Viernes 9 de Julio de 2004


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Recuperó más de seiscientas armas
Lidia Burry sigue su lucha solitaria "a favor de la vida" y contra la pobreza

Lidia Burry reparte comida que recoge de distintos supermercados.

Hace unos cuatro años, Lidia Burry (79, casada, 6 hijos, 16 nietos) tuvo una experiencia que le cambió la vida, "porque el que no va y no está en la villa, con sus habitantes, no conoce la pobreza". Y ella fue a entregar una donación a un comedor comunitario instalado en un asentamiento. Y como confiesa ahora, encontró un nuevo sentido a su existencia.

Se entregó primero a la búsqueda de alimentos para ayudar a comedores comunitarios y después, al tomar conocimiento de un programa que se puso en práctica en Mendoza, que proponía cambiar armas por comida o plata, lo puso en práctica, sola. Lleva recuperadas más de seiscientas y está en tratativas con el grupo "Escombros" para su utilización estética. Pero ahora ha iniciado otro combate, esta vez contra el frío.

EL CANJE Y LA NUEVA LUCHA

Voz calma y suave, pero de fuerte carácter, Lidia Burry no se asombra del número de armas que ha canjeado. "Hay muchas más, pero nadie se suma, ni siquiera el Estado o una ONG. Sola no puedo hacer más ni gastar más". El canje de armas comenzó hace tres años, cuando leyó sobre el programa que se implementaba en Mendoza y decidió aprovechar la confianza ganada con la gente de la villa. Sus primeros clientes fueron tres chicos de 16 y 17 años. A partir de allí se fueron sumando hasta las más de 600 que lleva recogidas.

"Pero cambié las formas porque ir a la villa con este intercambio me exponía mucho. Es terreno de ellos y algunos me engañaban y yo no podía hacer nada. Ahora es distinto. Me hablan por teléfono y los cito en mi casa y los atiendo a través de una ventana. Me dan el arma, la miro y arreglamos un precio que siempre ronda alrededor de cien. A veces un poco menos y otras algo más. A veces necesitan para una garrafa, otras para comida". Pero Lidia Burry rescata otra cosa: "Hice que mi vida tuviera un nuevo sentido y a esta edad eso es maravilloso. Estoy salvando mi sentido de vivir porque fundamentalmente a esta edad es que la gente debe darle a la vida un sentido nuevo". Entre sus manos tiene un bolsa de plástico llena de tiras de polar. "¿Sabe qué es esto? Los retazos que tiran los que fabrican ropa. Estoy yendo a Villa Elvira y les enseño a las mujeres a que tejan mantas. Algunas lo hacen con pedazos de madera. ¿Sabe lo que abrigan? A otras les consigo esa bolsa red de nylon en la que viene la verdura y basta pasarlas y hacer un nudo y listo. El frío es tremendo en esas casillas y como decía, sólo el que va a la villa y está allí con ellos empieza a conocer en serio la pobreza".

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