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Viernes 10 de Diciembre de 2004


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Un sueño hecho pedazos por el desencanto, las broncas y los albañiles

Por HIPÓLITO SANZONE

El sueño de la casa propia se había vuelto una sucesión de broncas y desencantos. Los Basualdo cargaban hace tiempo la pesada mochila del hartazgo. Con alguna razón se habían convencido de lo difícil que era encontrar gente de confianza en el mundo de la construcción y de los constructores.

En la familia cuentan que hace dos años, cuando Jorge y Lorena echaron a volar el primer sueño del techo compartido, el destino los cruzó con unos albañiles que dijeron saber mucho, cobrar lo justo y trabajar rápido y bien.

Pero aquella primera casita que intentaron levantar en 60 y 158, en Los Hornos, fue el primer gran desencanto.

Entre otros "trabajos", aquellos albañiles levantaron una pared de dos metros de alto por diez de largo olvidando colocar en medio una viga de refuerzo. "El resultado fue obvio", recuerdan ahora en casa de Jorge. El primer viento que sopló con algo de fuerza provocó un derrumbe que obligó a los Basualdo a una mudanza amarga hacia la casa de los padres de ella.

Y después del derrumbe vino el saqueo. Les llevaron todo, hasta la plancha.

Desde entonces, Jorge y Lorena se juraron que nunca más confiarían en cualquiera. Que cuando su economía familiar se recuperara del zamarreo a que la habían sometido aquellos chantas buscarían gente seria.

"Gente de confianza", repetía ella.

"Claro, gente de confianza", asentía él.

Cuando conocieron a Walter Olmos -albañil y maestro mayor de obras- los Basualdo creían estar curados de espanto.

Agregadas a la suya propia, habían oído una y mil historias de final infeliz con albañiles "recomendados". Pero por alguna razón se convencieron de haber dado con la persona indicada cuando leyeron aquel aviso que Walter Olmos publicó en el diario. "Maestro mayor de obras construye. Rapidez. Seriedad".

En la primera reunión con Olmos los Basualdo se sintieron a gusto. Tomaron mate, le hablaron de proyectos, le contaron de su mala experiencia con aquellos albañiles del derrumbe.

Olmos también les contó de sus proyectos y los llevó en su camioneta a mostrarles supuestas realidades construidas. "Esta casa la hice yo", señalaba Olmos, detenido en cualquier esquina de Villa del Plata. Y los Basualdo miraban con ojos de aprobación, esperanzados en que la de ellos quedara, aunque más no fuera, parecida a una de esas casas que Olmos les mostraba.

"Nosotros alguna vez les dijimos que tuviesen cuidado, que no confiaran tanto", contaría por estas horas de dolor el hermano de Jorge.

Según la familia de la pareja masacrada, el acuerdo con el constructor no era muy claro. Cuanto menos sonaba extraño. "Olmos les dijo que necesitaba una base de dinero para empezar a construir la casa y como los chicos no la tenían toda junta acordaron pagarle 500 pesos por mes". Era, según la explicación de la familia, una especie de ahorro-adelanto.

Después de 9 meses de religioso cumplimiento "la base" estaba cercana a los 4.500 pesos. Según la familia de Jorge, Olmos construyó "sólo parte de los cimientos" de la nueva casa de los Torres y nunca más volvió a ponerles un ladrillo.

"Se asesoraron por un abogado que cuando vió el contrato que habían firmado les dijo: 'vayan y díganle que les devuelva la plata'", contó el hermano de Jorge.

En la noche del último viernes -según consta en la causa- los Torres fueron a la casa de Walter Olmos. "Les dijo que les iba a devolver el dinero en una nota de crédito de un corralón de materiales. Eso, y no dinero en efectivo, como dijo Olmos, fueron a buscar Jorge y Lorena", repite la desolada familia.

"No se puede entender que esto haya pasado. Abusaron de su confianza, se aprovecharon de que eran chicos sin maldad", dicen los seres queridos de Jorge y de Lorena, convencidos de que el sospechoso detenido podría ser el presunto autor de los crímenes.

Se habían conocido en un recital de rock. Ella había ido a escuchar a "Kalpa", la banda que alguna vez integró Jorge.

Eran queridos y respetados en todos los ámbitos donde se movían y trabajaban. A ella, en la perfumería de diagonal 80 y 4; a él en Minoridad donde lo recuerdan por la paciencia y el afecto con que trataba a los internos más chiquitos. "Los bañaba, los peinaba, los arreglaba; le encantaban los pibes", aseguran en su entorno.

"Tenían muchos sueños, eran dos personas excelentes. A él le gustaba la pesca, a veces iba con unos amigos a Lezama y era hincha de River. Y aunque no era de ir a la cancha había comprado entradas para la cena de la Peña Riverplatense de Villa Elisa, este viernes", recuerda el hermano que aún no cabe en su dolor.

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