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Viernes 8 de Abril de 2005


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La Ciudad rindió su homenaje al Papa
Desbordó la Catedral en la misa para despedir a Juan Pablo II

La Catedral se vio colmada ayer durante la misa en homenaje a Juan Pablo II que presidió el arzobispo Héctor Aguer.

La Catedral colmada fue la expresión del sentido adiós que los platenses brindaron anoche al Papa, "que hoy es llorado más allá de las fronteras visibles de la Iglesia, porque es reconocido, de alguna manera, como padre de todos, como hermano mayor de la doliente humanidad contemporánea", según expresó en su homilía el arzobispo Héctor Aguer, durante la misa que presidió en memoria y sufragio de Juan Pablo II.

De la misa participaron el gobernador Felipe Solá; la vicegobernadora, Graciela Giannettasio; los intendentes de La Plata, Berisso y Ensenada; otras autoridades provinciales y funcionarios comunales; sacerdotes de la diócesis; autoridades religiosas de diferentes cultos; legisladores; representantes de colegios católicos y de colectividades, y numerosos platenses que espontáneamente concurrieron a rendir su conmovedor homenaje a ese Papa que estuvo tan cerca de los argentinos en los momentos más difíciles.

La masiva concurrencia hizo que la Catedral se viera desbordada. Hubo, inclusive, momentos de tensión por las ubicaciones en el templo y hasta algunos altercados por los espacios reservados para autoridades e invitados especiales. En la puerta se montaron pantallas gigantes de TV para los fieles que no pudieron ingresar.

Monseñor Aguer inició así su homilía: "¡Se nos ha muerto el Papa! Ha muerto nuestro padre común", subrayando luego como características de su reinado, esa sensación de cercanía que generaba y que posibilitaba, según el Arzobispo platense, "dejarnos atraer por el magnetismo profético, carismático, de su personalidad. Su irradiación personal ha llegado a todos, aun a aquellos que nunca han estado físicamente en su presencia, o sólo han podido verlo de lejos, o en la pantalla del televisor. Ha cautivado a los hombres inteligentes, a los sabios y poderosos de este mundo, pero sobre todo lo han sentido próximo, como un amigo, las gentes sencillas, la multitud de los pobres, los ancianos, los enfermos y los jóvenes".

"Todos conocían a Juan Pablo II; lo conocían y lo amaban, de tal modo que el nombre de Papa ya no parecía sólo un título, sino la expresión de aquella relación real que se experimentaba frente a él. Según su tenor griego originario esa palabra significa, cariñosamente, papá", expresó el Arzobispo.

SU LEGADO

"En estos días se ha señalado con razón la importancia política, social y cultural del pontificado recién concluido. El antiguo arzobispo de Cracovia, tal como ahora podemos comprender, pareció especialmente, providencialmente preparado para afrontar los conflictos heredados de un siglo torturado, dramático, y el pasaje incierto a un nuevo milenio; por su formación intelectual, su experiencia de vida, la profundidad de su oración y su instinto pastoral, supo referirse a esas cuestiones que aún nos conmueven en la hora presente hablando con simplicidad desde el corazón mismo de la fe. Juan Pablo II conoció de cerca en su juventud la brutalidad del paganismo nazi y denunció la devastación humana provocada por el totalitarismo comunista, el vacío espiritual causado en las personas y en los pueblos por el ateísmo sistemático de ese régimen opresor. Pero advirtió también sobre las carencias humanas del capitalismo, sus consecuencias despiadadas de explotación y semi esclavitud, y sobre la alienación implicada en el relativismo posmoderno, en la vivencia individualista y hedonista de una libertad arbitraria, ajena a la auténtica verdad del hombre y a su esencial referencia al Creador", afirmó Aguer.

Además subrayó "su defensa de la dignidad de la persona y de sus derechos fundamentales, la exaltación de la vida humana y su carácter inviolable contra el crimen del aborto y la impiadosa piedad de la eutanasia; de la misma fuente procede un camino original de promoción de la condición femenina, la afirmación clara del carácter irremplazable de la familia fundada en el matrimonio del varón y la mujer, el respeto y el amor para con todos, especialmente para los más pequeños hermanos de Cristo".

Por último, el arzobispo platense se refirió a los últimos años de Juan Pablo II, cargando su dura enfermedad sin detener la marcha. "Hemos visto a nuestro Papa, desde el principio de su ministerio, empuñar como un báculo la cruz, y en los últimos años, a medida que el dolor lo agobiaba, apoyarse fuertemente en ella", destacó. Y afirmó que "su testimonio fue elocuente: mostró el sentido del sufrimiento humano, su capacidad redentora de sumarse a los padecimientos de Cristo. Nos enseñó a comprender y asumir en el corazón el sufrimiento de los inocentes, de las multitudes hambrientas y oprimidas, a prodigarnos, según nuestras posibilidades, en el servicio de los pobres, de los humillados, de los que soportan el atropello de los poderosos, de quienes padecen la guerra, la miseria moral y material. Porque la cruz gloriosa señala la meta de una esperanza trascendente, pero a la vez inspira y sostiene la lucha por la justicia, la libertad y la paz".

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