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| La Ciudad rindió su homenaje al Papa |
Desbordó la Catedral en la misa para despedir a Juan Pablo II
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| La Catedral se vio colmada ayer
durante la misa en homenaje a Juan Pablo II que presidió el
arzobispo Héctor Aguer. |
La Catedral colmada fue la expresión del sentido
adiós que los platenses brindaron anoche al Papa, "que hoy es llorado
más allá de las fronteras visibles de la Iglesia, porque es reconocido,
de alguna manera, como padre de todos, como hermano mayor de la
doliente humanidad contemporánea", según expresó en su homilía el
arzobispo Héctor Aguer, durante la misa que presidió en memoria
y sufragio de Juan Pablo II.
De la misa participaron el gobernador Felipe Solá; la vicegobernadora,
Graciela Giannettasio; los intendentes de La Plata, Berisso y Ensenada;
otras autoridades provinciales y funcionarios comunales; sacerdotes
de la diócesis; autoridades religiosas de diferentes cultos; legisladores;
representantes de colegios católicos y de colectividades, y numerosos
platenses que espontáneamente concurrieron a rendir su conmovedor
homenaje a ese Papa que estuvo tan cerca de los argentinos en los
momentos más difíciles.
La masiva concurrencia hizo que la Catedral se viera desbordada.
Hubo, inclusive, momentos de tensión por las ubicaciones en el templo
y hasta algunos altercados por los espacios reservados para autoridades
e invitados especiales. En la puerta se montaron pantallas gigantes
de TV para los fieles que no pudieron ingresar.
Monseñor Aguer inició así su homilía: "¡Se nos ha muerto el Papa!
Ha muerto nuestro padre común", subrayando luego como características
de su reinado, esa sensación de cercanía que generaba y que posibilitaba,
según el Arzobispo platense, "dejarnos atraer por el magnetismo
profético, carismático, de su personalidad. Su irradiación personal
ha llegado a todos, aun a aquellos que nunca han estado físicamente
en su presencia, o sólo han podido verlo de lejos, o en la pantalla
del televisor. Ha cautivado a los hombres inteligentes, a los sabios
y poderosos de este mundo, pero sobre todo lo han sentido próximo,
como un amigo, las gentes sencillas, la multitud de los pobres,
los ancianos, los enfermos y los jóvenes".
"Todos conocían a Juan Pablo II; lo conocían y lo amaban, de tal
modo que el nombre de Papa ya no parecía sólo un título, sino la
expresión de aquella relación real que se experimentaba frente a
él. Según su tenor griego originario esa palabra significa, cariñosamente,
papá", expresó el Arzobispo.
SU LEGADO
"En estos días se ha señalado con razón la importancia política,
social y cultural del pontificado recién concluido. El antiguo arzobispo
de Cracovia, tal como ahora podemos comprender, pareció especialmente,
providencialmente preparado para afrontar los conflictos heredados
de un siglo torturado, dramático, y el pasaje incierto a un nuevo
milenio; por su formación intelectual, su experiencia de vida, la
profundidad de su oración y su instinto pastoral, supo referirse
a esas cuestiones que aún nos conmueven en la hora presente hablando
con simplicidad desde el corazón mismo de la fe. Juan Pablo II conoció
de cerca en su juventud la brutalidad del paganismo nazi y denunció
la devastación humana provocada por el totalitarismo comunista,
el vacío espiritual causado en las personas y en los pueblos por
el ateísmo sistemático de ese régimen opresor. Pero advirtió también
sobre las carencias humanas del capitalismo, sus consecuencias despiadadas
de explotación y semi esclavitud, y sobre la alienación implicada
en el relativismo posmoderno, en la vivencia individualista y hedonista
de una libertad arbitraria, ajena a la auténtica verdad del hombre
y a su esencial referencia al Creador", afirmó Aguer.
Además subrayó "su defensa de la dignidad de la persona y de sus
derechos fundamentales, la exaltación de la vida humana y su carácter
inviolable contra el crimen del aborto y la impiadosa piedad de
la eutanasia; de la misma fuente procede un camino original de promoción
de la condición femenina, la afirmación clara del carácter irremplazable
de la familia fundada en el matrimonio del varón y la mujer, el
respeto y el amor para con todos, especialmente para los más pequeños
hermanos de Cristo".
Por último, el arzobispo platense se refirió a los últimos años
de Juan Pablo II, cargando su dura enfermedad sin detener la marcha.
"Hemos visto a nuestro Papa, desde el principio de su ministerio,
empuñar como un báculo la cruz, y en los últimos años, a medida
que el dolor lo agobiaba, apoyarse fuertemente en ella", destacó.
Y afirmó que "su testimonio fue elocuente: mostró el sentido del
sufrimiento humano, su capacidad redentora de sumarse a los padecimientos
de Cristo. Nos enseñó a comprender y asumir en el corazón el sufrimiento
de los inocentes, de las multitudes hambrientas y oprimidas, a prodigarnos,
según nuestras posibilidades, en el servicio de los pobres, de los
humillados, de los que soportan el atropello de los poderosos, de
quienes padecen la guerra, la miseria moral y material. Porque la
cruz gloriosa señala la meta de una esperanza trascendente, pero
a la vez inspira y sostiene la lucha por la justicia, la libertad
y la paz".
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