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Miércoles 20 de Abril de 2005


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Ratzinger, un intransigente guardián de las tradiciones

El nuevo Papa, Joseph Ratzinger, ha demostrado siempre su intransigencia en cuanto al dogma católico y al mismo tiempo ha sido un teólogo preocupado por lograr soluciones a la crisis que vive la Iglesia Católica.

No es casualidad que Ratzinger presidiera desde 1981 hasta la muerte de Karol Wojtyla, el pasado día 2 de abril, la célebre Congregación para la Doctrina de la Fe, heredera del Santo Oficio de la Inquisición.

Juan Pablo II le encargó el mismo año la redacción de los textos de meditación del camino de la cruz para la Semana Santa, y Ratzinger le entregó un informe en el que fustigó las "manchas", "el orgullo" y la "autosuficiencia" en la Iglesia.

Era uno de los tres cardenales con derecho a voto en este Cónclave que no había sido nombrado por Juan Pablo II, del que fue amigo personal, consejero y brazo derecho.

El llamado guardián del dogma, de ojos azules y mirada tímida, que combatió el sacerdocio femenino y condenó la homosexualidad, prohibió la comunión a los divorciados que se vuelven a casar y luchó contra el crecimiento de los laicos dentro de la Iglesia, no se considera un duro.

"Yo no soy el gran inquisidor y tampoco me siento una Casandra cuando examino los factores negativos en la Iglesia", suele decir de sí mismo.

LA HOMILIA PROGRAMATICA

En la homilía que pronunció en la misa 'pro eligiendo Pontífice' que dio el lunes inicio al Cónclave, Ratzinger arremetió contra la "dictadura del relativismo".

"Se está constituyendo una dictadura del relativismo que no reconoce nada como definitivo y que deja como última medida sólo el propio yo y sus deseos", dijo.

En lo que se consideró como su programa electoral antes de entrar al Cónclave, el hoy Papa agregó: "Tener una fe clara, según el credo de la Iglesia, es con frecuencia etiquetado como fundamentalismo. Mientras el relativismo, es decir, el dejarse llevar de aquí para allá por cualquier viento de doctrina, aparece como la única actitud a la altura de los tiempos modernos".

Ni su conservadurismo ni su delicada salud han supuesto un obstáculo para su elección en el Cónclave. En 2002, conforme a la regla vaticana válida para los cardenales de más de 75 años, Ratzinger presentó su dimisión a Juan Pablo II, pero éste le pidió que se quedara.

Nacido el 16 de abril de 1927 en Marktl am Inn, en la diócesis de Passau, en Baviera, Ratzinger fue ordenado sacerdote el 29 de junio de 1951, nombrado arzobispo de Múnich en marzo de 1977 y proclamado cardenal el 27 de junio de 1977 por el Papa Pablo VI.

SUS POSICIONES

En el marco de las luchas dentro de la fe católica, Ratzinger se opuso con vigor a la "teología de la liberación", profesada por uno de sus alumnos, el brasileño Leonardo Boff, y a los disidentes, como el teólogo Hans Kung.

Su conservadurismo amenazó a veces con crear crisis políticas. En 2004, Ratzinger se opuso a la entrada de Turquía en la Unión Europea, calificándola de "enorme error" y de una "decisión contra la historia".

Asimismo, en 1984, Ratzinger vio como "una vergüenza de nuestra época los regímenes comunistas llegados al poder en nombre de la liberación del hombre".

Frente a una Iglesia en crisis, el cardenal alemán preconiza un acercamiento con los movimientos católicos más radicales.

"Cuanto más una religión se acerca al mundo, más deviene superflua", afirmó en octubre de 2004 en el semanario italiano Panorama.

"En cambio, los nuevos movimientos cristianos, como los evangelistas, los carismáticos o las iglesias libres en Alemania están en pleno desarrollo porque defienden con uñas y dientes los grandes valores morales contra la evolución de las mentalidades", subrayó.

SU PROPIA HISTORIA

La historia cuenta que allá por 1964, el joven teólogo Joseph Ratzinger sintió un profundo desasosiego al viajar entre Alemania y Roma durante las sesiones de preparación del trascendental Segundo Concilio Vaticano.

Por entonces era un sacerdote de 37 años que asistía a un cardenal y al que los debates en torno a reformas le resultaban apasionantes, pero que tenía la sensación de que se había perdido el control de la situación.

"Cada vez que regresaba a casa, notaba que el ánimo de la Iglesia y de los teólogos estaba agitado. Reinaba una impresión cada vez más fuerte de que nada perduraba en la Iglesia, que todo podía ser reconsiderado".

Ya pasaron cuatro décadas, y Ratzinger todavía alberga el mismo temor.

Su determinación a enfrentar lo que considera el camino equivocado le granjeó la enemistad de muchos y apodos como el "Gran Inquisidor", una imagen acentuada por sus ojos oscuros, el fuerte acento con que habla italiano, y su estilo tímido, erudito.

Sus antiguos estudiantes de la cátedra de teología, no obstante, dicen conocer a un Ratzinger distinto. Lo describen como un profesor que fomentaba las discusiones y reticente a imponer sus puntos de vista a los estudiantes.

"Creo que su imagen negativa obedece a algo que va contra su naturaleza: el tener que haber dicho que no todo el tiempo", comentó el reverendo Vincent Twomey, quien fue alumno de Ratzinger en la Universidad de Regensburg en la década del 70 y ahora enseña en la Universidad Pontificia de Maynooth, Irlanda.

Desde temprana edad Ratzinger mostró dos facetas que lo han caracterizado: una amplia actividad intelectual y una profunda piedad católica romana tradicional.

Su padre era un policía al que trasladaban con frecuencia, por lo que Ratzinger dice que "no sé exactamente de dónde vengo". La familia finalmente se radicó en Traunstein, un pueblo a unos 30 kilómetros de la localidad austríaca de Salzburgo.

La Iglesia desempeña un papel prominente en esta pequeña población bávara, y fascinó a Ratzinger desde siempre. Fue aquí donde tomaron fuerza sus creencias y donde se hizo un firme defensor de las tradiciones de la Iglesia.

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