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Por OMAR GIMENEZ
El fenómeno de los mensajes de texto, SMS por su sigla en inglés, pega fuerte entre los adolescentes y los jóvenes, cambiando hábitos y generando polémicas. Se calcula que utilizan ese servicio un 81% de los usuarios de celulares, la mayoría menores de 25 años. Muchos lo hacen usando una jerga basada en abreviaturas que trae dolores de cabeza a los defensores del idioma, que la acusan de ser arbitraria, de empobrecer la expresión y de amenazar el desarrollo de la capacidad crítica de los adolescentes. Mientras la polémica crece, la cantidad de "mensajitos" enviados por día en el país creció de 18 a 66 millones en apenas cuatro meses. Y el cuestionado argot ya saltó de los teléfonos móviles a los avisos publicitarios, a los libros y hasta a las pruebas escritas que se presentan en los colegios.
Natalia tiene 15 años, un celular que lleva a todas partes y la
costumbre de mandar, diariamente, entre 15 y 20 mensajes de texto
para comunicarse con sus amigos. Pero no es todo. Tiene también,
el hábito de usar en esos mensajes una jerga especial: cuando quiere
pedir que le manden un mensaje, Natalia escribe "M1M", teclea "TQM"
si su intención es decirle a alguien que lo quiere mucho y pone
"cmnkt" si lo que quiere es que se comuniquen con ella. Del mismo
modo escribe "toi nl cole" para informar que todavía no salió de
la escuela y "ymam" si lo que quiere es que la llamen por teléfono.
Para expresar su tristeza teclea "bua!" y si quiere mandarle saludos
a alguien lo hace combinando letras y números así: "salu2". La misma
variante admite opciones más complicadas, como este adocenado juramento
de amor eterno: "x100pre jtos".
Lejos de sufrir de algún trastorno severo que le impide escribir con corrección, Natalia es protagonista de un fenómeno creciente: el auge de los mensajes de texto, convertidos en pasión entre miles de adolescentes, jóvenes y no tan jóvenes. Una pasión de crecimiento explosivo que viene con polémica: porque la jerga utilizada en los "mensajitos" -que se caracteriza por un afán evidente de ahorrar caracteres, suprimiendo acentos, signos de puntuación y determinadas letras y reduciendo muchas palabras a un manojo impronunciable de consonantes- recibe duras críticas de los defensores de la lengua que advierten sobre el riesgo de que su uso redunde en un empobrecimiento de la capacidad de expresión de los más chicos y hasta sugieren que puede amenazar el desarrollo de su pensamiento crítico. Claro que no todos piensan igual: otros creen que los códigos del celular representan apenas "otro registro" de la lengua escrita y que este argot pasará a la historia sin dejar huellas como otros miles de lenguajes adolescentes y juveniles.
Más allá de la polémica, los mensajes de texto representan un fenómeno de crecimiento vertiginoso, con numerosas aristas sociales y económicas, que cambia hábitos y mueve millones. Los datos manejados por la consultora Price & Cook -que estudió el fenómeno- indican que en la Argentina se envía un promedio de 66 millones de mensajes de texto por día desde 17 millones de líneas de celular y que el segmento que más usa el servicio (Short Message Service, popularizado por su sigla SMS) es el de los menores de 25 años. Del mismo estudio se desprende que hoy el 81% de los usuarios de celulares envían mensajes de texto.
El efecto de la tendencia se nota sobre todo en las escuelas, donde el timbre del recreo desata la fiebre de los mensajes. "Basta conque suene el timbre para que los chicos salgan a leer y escribir mensajes. Eso los que tienen celular. Los que no piden uno prestado", dice María de los Angeles Rekofsky, profesora de Lengua, desde una escuela céntrica. Los chicos consultados, en tanto, aseguran que los mensajes se utilizan sobre todo para charlar con amigos, que normalmente son muy breves y concisos y que el uso del servicio se potencia los fines de semana, cuando hay que "arreglar para salir".
Los especialistas creen que la intención de ahorrar dinero -cada mensaje cuesta entre 10 y 12 centavos, pero tiene un límite de entre 150 y 160 caracteres- espacio en la pantalla de los telefonitos y tiempo, llevó a los usuarios adolescentes a crear la jerga de la polémica. Una jerga que se convirtió en moda y que ya trascendió la pantalla de los celulares para colarse en la publicidad, en los libros -en Francia apareció recientemente el primero escrito íntegramente en lenguaje SMS- y hasta en las pruebas escritas y los trabajos que presentan los adolescentes en las escuelas platenses, lo que genera más de un dolor de cabeza a los profesores. Frente a esa jaqueca inesperada hay quienes se rasgan las vestiduras y otros que decidieron tomar el toro por las astas: en algunas escuelas porteñas, por caso, ya existe el proyecto de enseñar gramática y ortografía a partir de la correción de mensajes de texto en clase.
¿EL LENGUAJE QUE VIENE?
Si algo caracteriza al "idioma de los celulares" es el afán por abreviar. Todo aquello que se considera innecesario se deshecha, según indican quienes estudiaron el particular argot, deudor del que se utiliza en los canales de chat de Internet. Pero le encuentran otras características: la intención de darle la espalda a la norma académica, estableciendo leyes propias, aunque arbitrarias y no universales. Y ese rasgo tan propio de las jergas adolescentes y juveniles de hacerse inentendible para los legos.
Algunas de las reglas básicas que identifican quienes estudiaron el novedoso lenguaje son las que siguen: supresión de la letra "H" y de las mayúsculas en todos los casos, de la "E" -sobre todo cuando sigue a una consonante- de los acentos y de la mayoría de los signos de puntuación. Se conservan los signos de pregunta o admiración, pero se colocan sólo detrás de la frase. En virtud de estos lineamientos, por ejemplo, la coloquial frase "¿Qué hacés?" se transforma en "k acs?".
La letra "X" reemplaza a la "CH" (se escribe Xat en lugar de Chat) y la "Y" a la "LL" (llave se tranforma en yav). Se aprovecha todo el sonido de las consonantes (casa se transforma en ksa) y las frases más comunes se abrevian con sus iniciales (NPH es no puedo hablar). Los números se mezclan con las letras para formar palabras en un juego alfanumérico del que resultan expresiones como "m 100to bn" para decir "me siento bien" y se da una especial importancia a las onomatopeyas.
Algunas de estas normas básicas aparecen en el primer diccionario MSM, lanzado por una compañía de celulares en 2004 y bautizado por Karina Weisman, desde un artículo del portal Educ.ar irónicamente como el "Diccionario de la Real Academia Celular". Un exponente de las nuevas formas expresivas vinculadas a los celulares y a Internet que en algunos sitios de la red hay quienes ya denominan Tecnoñol.
Los estudiosos del tema opinan que la intención de ahorrar y la de crear un lenguaje críptico no son las únicas detrás de esta forma expresiva. Y ponen el acento en un elemento que consideran insoslayable: la moda. Hoy escribir de esta forma es "cool" y eso hace que en los últimos meses algunos adultos hayan empezado a ensayar el lenguaje de los adolescentes a la hora de mandar sus propios mensajes.
Son los mismos estudiosos que creen que, comparado con otras jergas juveniles, esta tiene más posibilidades de permanecer y expandirse de la mano de las nuevas tecnologías que, como la de los celulares, se hacen más cómodas y menos costosas ganando cada día nuevos usuarios.
CRITICOS Y DEFENSORES
Es en ese marco y considerando este último factor que amantes y detractores cruzan espadas en una polémica donde lo que se debate es el impacto de esta jerga en el idioma y sobre todo en la capadidad de expresión de los más chicos, que convierten el uso de los celulares y de los mensajes de texto en un hábito cotidiano. O como dice Sabrina Prunell (15) desde una escuela platense: "mando 6 o 7 mensajes por día. Pero vivo pendiente del celular y de los que recibo".
Entre los más críticos de la jerga se ubica Pedro Barcia, platense y presidente de la Academia Argentina de Letras. Barcia no duda que el novedoso lenguaje representa una "jibarización del idioma" capaz de reducir la capacidad de expresión de los adolescentes y hasta de amenazar el desarrollo de su pensamiento crítico.
Para el dirigente se trata de un factor negativo que puede empeorar una situación ya grave: en los últimos cinco años, el número de palabras utilizadas habitualmente por los ingresantes a la universidad se redujo de 800 a 300, de acuerdo con los resultados de estudios que el propio Barcia dirigió en la Facultad de Comunicación de la Universidad Austral.
"Si a esta caída en la riqueza del lenguaje se le suma una reducción morfológica de las palabras se va a potenciar el empobrecimiento del idioma de los jóvenes, que está directamente asociado con el conocimiento. Tener menos herramientas en este tereno es disponer de menos saber y de menos capacidad para pensar", sostiene.
Barcia cree, asimismo, que hay un factor todavía más potencialmente perjudicial en la jerga de los celulares. Y es la destrucción de la sintaxis, el elemento del idioma que favorece el pensamiento lógico y el desarrollo de la capacidad crítica. Y avizora que detrás de este empobrecimiento expresivo puede irrumpir otro, esta vez del pensamiento, con imprevisibles consecuencias tanto sociales como políticas: "una población con poca capacidad crítica es más proclive a ser víctima de los totalitarismos", apunta.
Como Barcia, otros críticos destacan que en la raíz del lenguaje de los celulares se percibe, como en tantos otros aspectos de la vida moderna, la ley del menor esfuerzo. Y advierten que el uso cotidiano de la jerga por parte de los chicos hace más probable su acostumbramiento "sobre todo cuando hoy la escuela, con docentes saturados, no puede balancear inculcando el hábito de la lectura. Y la mayoría de los adolescentes no lee por voluntad propia".
Claro que hay quienes piensan distinto. Como José Antonio Millás, creador del Centro Virtual del Instituto Cervantes en Internet, que relativiza los riesgos de la difusión de este argot. Millás opina que se trata de un registro diferente de la lengua escrita que puede coexistir sin conflicto con la norma correcta, como alguna vez lo hizo el lacónico lenguaje d elos telegramas. Pero eso sólo sucederá, dice el especialista, si los chicos mantienen paralelamente al hábito del SMS, contacto con libros y revistas. De lo contrario el riesgo es que desarrollen una escritura "deforme".
¿UNA HERRAMIENTA PARA ENSEÑAR?
En este sentido, la escuela funciona como un termómetro del impacto del argot en la expresión de los adolescentes. María de los Angeles Recofsky es profesora de Lengua en el colegio Albert Thomas y dice que en los trabajos prácticos y exámenes entregados por los chicos se detectan con frecuencia abreviaturas arbitrarias y a contramano de la norma, inspiradas en el chat y en los mensajes de texto. Y dice que el panorama se agrava si se considera que "el 80% de los alumnos no lee fuera de la escuela y la mayoría tiene serios problemas de puntuación".
A la luz de esta percepción, en algunas escuelas porteñas -y en algunos sitios de Internet- se empieza a sugerir una solución: comenzar a trabajar en el aula con los "mensajitos", basando las lecciones de ortografía y gramática en la correción de los errores difundidos en aquellos y buscando captar así un mayor interés de los pibes en las clases.
Lo paradójico es que los propios chicos reconozcan que a veces no entienden lo que quieren decir los mensajes que reciben. Lo dice Sabrina, que empezó a pedirles a sus amigos que escriban sin faltas de ortografía cuando se dirijan a su celular. "Es que si el objetivo es ahorrar, termina pasando todo lo contrario, porque hay que escribir un nuevo mensaje para aclarar qué se quiso decir con el anterior".
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