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 domingo | 20.01.2008  Actualizado: 12:30

El drama de la desnutrición


Las cifras asustan, pero reflejan la realidad. En nuestro país, más de catorce millones de personas no tienen dinero suficiente para cubrir una canasta básica de alimentos. Según los datos de la organización de las Naciones Unidas que vela por los chicos, UNICEF, el 22 por ciento de la población urbana es indigente: seis millones de personas no acceden a la canasta básica de alimentos. Siete de cada diez chicos y adolescentes es pobre. La mitad de esos seis millones de chicos y adolescentes pobres es, además, indigente. Seis de cada diez hogares donde viven chicos y adolescentes no puede cubrir una canasta de alimentos básicos.

Y no es todo: el Centro de Estudios sobre Nutrición Infantil (CESNI), en base a investigaciones propias, asegura que el 35 por ciento de la población no puede acceder a los alimentos básicos aunque destine a ellos el 66 por ciento de sus ingresos. Según el Instituto Nacional de Estadísticas y Censo, de seis millones y medio de chicos de 0 a 14 años censados en 31 aglomerados urbanos, cuatro millones ochocientos mil son pobres; de ellos, dos millones setecientos mil son indigentes. También según el INDEC viven en la Argentina un millón trescientos mil chicos de 0 a 2 años. Aunque no hay cifras oficiales, el CESNI, (que colabora con la Organización Mundial de la Salud) asegura que el cincuenta por ciento de los chicos de todo el país de entre 6 meses y dos años padecen anemia por falta de hierro, culpa de la mala alimentación.

Aunque contundentes, los números no explican que el drama de los más chicos y la mala alimentación lleva ya décadas en la Argentina. Las secuelas que deja el hambre, en especial en los dos primeros años de vida son en muchos casos, irreversibles. Se notan en la estatura: el país ha criado ya varias generaciones de "petisos sociales" como los bautizó el lenguaje médico y científico. Y en igual medida el hambre y la desnutrición dejan su huella profunda en el cerebro, en la capacidad intelectual, en la concentración y en la adaptación a la escuela y a sus exigencias.

¿Por qué la falta de comida deja huellas serias e irreversibles? El cerebro es el órgano que más rápido crece en los humanos: a razón de dos miligramos por minuto. Cuando nacemos el cerebro pesa 350 gramos y llega a los 900 gramos en 14 meses, lo que equivale al 80 por ciento del peso del cerebro de un adulto. La desnutrición lo que hace es precisamente detener ese crecimiento cerebral.

Por todo esto, los especialistas sostienen que el chico que no se alimentó bien en los primeros años de vida tiene más trastornos de aprendizaje, con lo que su educabilidad cae. Lo que también se observa a menudo es el deterioro en el lenguaje, que es el conductor para el desarrollo de la inteligencia. En La Plata hay un estudio hecho por un equipo de profesionales que demuestra que los chicos de clase media que ingresan a la escuela tienen un promedio de tres mil experiencias de lecturas; los chicos de las poblaciones marginales llegan con veinte. De manera que, además de la mala alimentación, también padecen de falta de estímulo por parte del grupo familiar.

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