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 domingo | 20.01.2008  Actualizado: 12:30

En los comedores infantiles, el hambre no tiene vacaciones
Pese al receso estival, o quizás a causa de ello, varios comedores comunitarios de la Región reciben por estos días una mayor cantidad de chicos que buscan tener su plato de comida.

No es raro que los García vayan todos los días al comedor "La sonrisa de un niño", en 151 y 34, donde Angélica Sotelo se las arregla con lo poco que tiene para servirles la comida. Los García son trece hermanos; el menor tiene 7 meses y la mayor ya cumplió los 21. No es raro, claro, en un país en donde la crisis generó que, en el 2002, el 73,5 por ciento de los menores de 14 años sean pobres y coman fuera de sus casas. Seis años después, la reactivación económica apenas hizo descender el peor impacto del 2001 -actualmente más del 50 por ciento de los pibes son pobres-, pero naturalizó algo que, aunque cueste creerlo, a nadie le parece raro: que más de la mitad de los chicos argentinos vivan en hogares donde, simplemente, comer sea una hazaña, una excepción o una tarea para nada cotidiana.

Angélica Sotelo lleva 16 años alimentando a los chicos humildes en el barrio Malvinas Argentinas y lo sabe bien. "Nosotros podemos seguir trabajando en enero gracias al aporte privado; a las donaciones de mucha gente solidaria. Si no fuera por ellos, te aseguro que ya hubiésemos cerrado".

Lo que dice Angélica parece macabro si se analiza un poco el tema y se descubre que, pese a las vacaciones, enero es el mes donde más chicos concurren al lugar para conseguir su plato de comida. "El hambre no se toma vacaciones", resume Angélica con voz resignada. Y tiene razón: cada día, a ese comedor humilde de la periferia platense van entre 80 y 100 chicos, una cifra similar a la que reciben otros comedores de las zonas más castigadas de nuestra región.

"Pasa que muchos cierran -explica Angélica-. Y bueno, alguien se tiene que quedar para alimentarlos. Los chicos que van a un comedor comunitario son pibes que no se van a ningún lado de vacaciones. Y los padres no tienen nada para darles. Entonces hay que estar atendiendo a más chicos y cocinando todo lo que se pueda".

Y así como el hambre no se toma vacaciones, los problemas para conseguir comida tampoco. En ese comedor hace noventa días que están sin alimento seco. Por ahora se las arreglan con la ayuda privada y con los alimentos frescos que envía el Municipio. Pero no alcanza. Nunca alcanza. "Fijate que acá tenemos un horno para hacer pan pero nos quitaron el gas. Y así se hace muy difícil..."

Un panorama similar al que pinta la coordinadora del comedor de la calle 34 lo trazan en 2 y 90, donde la asociación civil "Los derechos de los chicos de mi barrio" también se quedó trabajando en enero para atender, en promedio, a un poco más de cien chicos por día. "En enero se está trabajando todavía más que en el resto del año", confirma Silvia Fontana, vicepresidenta de la Asociación. Allí la explicación es la misma: muchos centros cierran durante enero y, consecuencia lógica, genera que cientos de chicos salgan a buscar otras mesas donde encontrar comida.

Chicos a los que muchos especialistas suelen llamar la "generación de la cuchara", porque ya están habituados a que sus comidas sean sopas de fideos, guisos con poca carne y polentas aguadas. Otros, acaso más precisos, los definen como los nuevos "gordos de la pobreza", chicos rellenitos por fuera pero desnutridos por dentro. En el comedor del barrio Malvinas, donde las chicas que cocinan atienden a nenes, adolescentes y jóvenes por igual, Angélica Sotelo evita eufemismos y los define como lo que son: "pibes con hambre". Y no son ni serán los únicos, porque desde los comedores comunitarios de la región aseguran que, pese a las donaciones y a las ayudas oficiales, cada día se torna más difícil armar una dieta balanceada. Se come lo que hay. Y lo que hay, casi siempre, es polenta, fideos o arroz, alimentos sin los micronutrientes necesarios como para evitar lo que ya tiene forma de epidemia: la anemia infantil.

Una investigación reciente realizada en el Conurbano, de hecho, determinó que casi el 40 por ciento de los chicos tiene bajos niveles de hierro. Pero lo más curioso: el estudio se realizó en comedores comunitarios donde se sirve comida todos los días y se trata a los chicos con dedicación. ¿Algo para sospechar? Mucho: según el Centro de Estudios sobre Nutrición Infantil (Cesni), la asistencia alimentaria de varios comedores, debido a la falta de carnes y verduras, no sólo no garantiza fuertes impactos nutricionales, sino que, lo que es peor, "puede estar contribuyendo a consolidar el retraso de crecimiento y el sobrepeso".

Dicho en otras palabras: es probable que muchos chicos que acuden a los comedores comunitarios no coman menos, pero sí que coman mal. Esta situación genera en ellos lo que los especialistas llaman el fenómeno de la "desnutrición oculta", un estado de desnutrición larvado, es decir, disimulado por un peso aparentemente normal que no sólo afecta el tamaño corporal sino también múltiples funciones biológicas.

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