Publicado en Edición Impresa:  Deportes
 sábado | 10.05.2008  Actualizado: 04:15

Volvió a pagar por los errores de siempre
Tanto fracaso repetido ya deja de ser una casualidad

Cuando el fracaso se repite tanto, y de tantas maneras diferentes, aun en los momentos en los que todo está dado para el éxito, no se puede hablar más ni de fatalidad, ni de mala suerte, ni siquiera de alguna equivocación técnica o táctica específica. River va de humillación en humillación sin freno desde hace por lo menos cuatro años, aunque son muchos más cuando entra a tallar solamente el terreno de la competencia internacional. Entonces, las explicaciones deben necesariamente ir mucho más allá de un par de jugadores blanditos o sin jerarquía, o de un entrenador que se equivoca en tal o cual planteo. En River hay razones profundísimas para esta interminable serie de sinsabores, que como es lógico en una institución con jerarquías, parten desde la cabeza y luego descienden escalones uno a uno.

La inconcebible eliminación de River en esta Copa Libertadores resalta por la forma en que se produjo, sobresale por la incapacidad del equipo para mantener un resultado a favor absolutamente dominado, por la casi descarada falta de personalidad para ponerse a jugar un rato con la pelota y terminar de desgastar a un rival desesperado y perdido, por el imperdonable empeño que puso River en revivir a un adversario liquidado. Asombra por la falta de inteligencia mínima para manejar una situación irrepetiblemente ventajosa. Pero no se llegó a esto de la nada. No se puede calificar de inesperada una eliminación de este tipo.

DECISIONES INEXPLICABLES

Hace años que River no cuenta con jugadores de auténtica categoría. Uno a uno fueron vendidos todos los referentes que el club pudo haber tenido en los últimos tiempos, muchos de ellos incluso antes de que terminasen su proceso de consolidación. Para reemplazarlos se trajeron futbolistas que pueden ser buenos algunos, no tan buenos la mayoría y deficientes otros. Pero ninguno de primera clase, ninguno que por juego o por personalidad pueda conducir situaciones límite.

De manera sistemática, la conducción de River ha incorporado jugadores que no pueden ubicarse a la altura de lo que es la institución ni de lo que significa su camiseta. De manera sistemática, quienes sí lo eran se fueron, y varios de ellos hoy están en otros clubes, cuando podrían estar en River. La dirigencia no termina de explicar de manera convincente por qué Ramón Díaz hoy es técnico de San Lorenzo, cuando era de River y fue despedido a los días de haber salido campeón. O por qué D'Alessandro y Placente volvieron para jugar en San Lorenzo y no en River. O por qué el paraguayo Cáceres volvió para jugar en Boca (¡en Boca!) y no en River. O por qué se mantuvo el mismo plantel que en 2007 ya había decepcionado a todos los hinchas, con cuatro incorporaciones de los cuales sólo Abreu mostró cierta importancia en algunos partidos (Cabral generó dudas desde su llegada y efectivamente no rindió, Archubi jugó poquito y casi siempre mal y de Omar Merlo... bueno, de él ni los hinchas se acuerdan que está o saben quién es).
Claro, todavía los dirigentes deben muchas explicaciones sobre cuestiones de más larga data, como por ejemplo el cúmulo de refuerzos intrascendentes que trajo en el año 2005 (¿se acuerdan de Loeschbor, Talamonti, San Martín, Oberman y demás?), de los cuales hoy nadie permanece en el club y por los que se gastó un dinero que bien podía haberse invertido en sólo un par de contrataciones de nivel.

REFERENTES ENDEBLES

Hoy, los referentes del plantel son Abreu, un recién llegado; Ortega, fenomenal jugador e ídolo indiscutido, pero cuya batalla principal es hoy la pelea por vencer su problema de adicción al alcohol y no hacerse cargo de un equipo en el que sólo puede rendir cuando está física y mentalmente entero; o Tuzzio, quien desde aquel entredicho con Ameli por temas personales allá por el año 2005, nunca volvió a ser el mismo y hasta tiene que soportar injusticias como las cargadas de hinchadas contrarias o agresiones verbales y gestuales de jugadores rivales.

La dirigencia de River echó a Ramón Díaz; le desarmó a Astrada un equipazo y le entregó uno mediocre; manejó pésimamente el affaire Gallardo-Merlo; dejó que Passarella siguiera seis meses más de la cuenta, cuando tras la derrota ante Caracas ya no tenía sostén posible; mantuvo la misma base que sucumbió ante los venezolanos y en todos los torneos que jugó el año pasado; no supo negociar retornos que hubiesen sido importantísimos y que hoy están en otros clubes argentinos. De ahí para abajo, las responsabilidades se reparten en su justa medida a cada uno. Pero ningún club accedió a éxitos deportivos bajo sus peores conducciones históricas. Es una regla ineludible.

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