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 domingo | 11.05.2008  Actualizado: 06:12

INFARTO CARDIACO
Señales y “avisos“ que da el corazón
Algunas de las causas de por qué matan a más gente que cualquier otra enfermedad

A Cristina Viviani ni siquiera se le pasó por la cabeza que aquella puntada en el pecho podía ser su corazón. A los 47 años, esa posibilidad no se encontraba ni remotamente entre sus preocupaciones.

En aquel momento -setiembre de 1999- sus preocupaciones eran otras: su esposo acababa de perder el trabajo como consecuencia de una restructuración de personal y sus propios ingresos no eran suficientes para sostener las comodidades que ambos habían logrado tras muchos años de esfuerzos. Se levantaba por las madrugadas a fumar, tratando de encontrarle la vuelta a sus problemas económicos. Se sentía desbordada. Apenas si dormía.

Clic para ampliarEsa noche, Cristina volvió del trabajo a casa sintiendo dolor en los brazos y una punzada aguda en la espalda que atribuyó al cigarrillo. Aun así guardó el coche en el garaje e iba a sentarse a cenar con su marido y sus dos hijos cuando los dolores se tornaron insoportables. Era el comienzo de un infarto de miocardio, un evento que conduce a la muerte en uno de cada diez casos.

Pese a tener antecedentes de enfermedad coronaria en su familia, Cristina seguía convencida que el problema estaba en sus pulmones. Sin decirle nada a su familia se levantó de la mesa para ir al baño. Entonces descubrió en el espejo que la piel de sus brazos había adquirido un raro color lila y su cara, una palidez cadavérica.

Vecina del San Juan de Dios, aceptó que su marido la llevara en auto a la guardia médica. Eran cerca de las 22 y había pasado más de una hora desde sus primeros síntomas. A esa altura el dolor era tan intenso que tuvieron que ayudarla a bajar del coche e ingresar al hospital.

Pasaron otras tres horas hasta que le realizaron un electrocardiograma. Y en él se hizo evidente la gravedad de la situación. Cristina recuerda haberse visto rodeada de pronto por un scrum de médicos. Sobrevivió casi de milagro y con una pequeña lesión que la condujo años más tarde a un doble by pass.

Aunque con final feliz, su historia explica algunas de las razones de por qué la enfermedad coronaria aún mata a más personas en el mundo que cualquier otra enfermedad.

Si uno hiciera una encuesta informal entre sus conocidos acerca de qué conductas deben evitarse para no tener un infarto cardíaco, todo el mundo parece conocerlas bien: tabaquismo, sedentarismo, mala alimentación, sobrepso, estrés... ¿Cuántas personas sin embargo aplican sus conocimientos sobre esta enfermedad a la vida diaria?

Por otro parte, a medida los hábitos de vida dominantes llevan a que el riesgo de sufrir un ataque cardíaco avance hacia edades más tempranas, un gran número de personas sobrestima la salud de su corazón sin imaginarse -como Cristina- que éste tal vez pueda pasarle factura mucho antes de lo que creen.

La ciencia médica sabe hoy lo suficiente sobre la enfermedad coronaria como para poder borrarla de las estadísticas epidemiológicas. Sin embargo, unos 2.600.000 argentinos la padecen y cerca de 260 mil de ellos probablemente morirán en el término del próximo año.

Así de grande es el desfasaje entre lo que la medicina podría hacer y lo que actualmente sucede.

UN MAL CALCULO PELIGROSO

Pero si subestimar el riesgo de sufrir un ataque cardíaco es ya de por sí una actitud peligrosa, mucho más lo es desatender las señales del corazón.

Algunos estudios sostienen que al sufrir un ataque cardíaco uno tiene alrededor de una hora para que los médicos actúen antes que del daño muscular sea permanente. Aun así, la práctica revela que un porcentaje menor de personas -quizás inferior al 10 %- reacciona tan rápido. Muchas veces porque se resisten a reconocer lo que les está pasando.

"Muy pocos se dan cuenta que la gravedad de sufrir un infarto equivale casi a la de haber recibido un tiro en el pecho", aseguran los cardiólogos. Tal vez porque desconocen los síntomas o lo atribuyen a otra cosa. "La idea que se tiene popularmente de un ataque al corazón suele ser confusa", dicen.

Y es que un infarto del miocardio no siempre se produce como lo muestran las películas: un rayo súbito directo al corazón que hace que el tipo se retuerza de dolor hasta perder el conocimiento. En ocasiones se presenta al principio como un malestar en el pecho que puede o no irradiar dolor hacia los brazos, la espalda, las mandíbulas o el estómago, provocar náuseas o falta de aire, sudor frío y amoratamiento de los labios y las manos.

Pero los síntomas pueden ser también menos distintivos en los pacientes de mayor edad, especialmente en las mujeres. Su único síntoma inicial puede ser cierta falta de aire o un súbito sudor mientras realizan sus actividades diarias. Y recién más tarde, dolor en el pecho.

En quienes padecen diabetes, los síntomas pueden ser en principio incluso menos obvios. Apenas cierta fatiga y una presión en el pecho que va y viene. Tal fue el caso de Marcelo Ahumada, un albañil de Brandsen que los 39 años, tras ser diagnosticado como diabético, recurrió a un hospital y se enteró que sus chances de seguir vivo dependían de un doble by pass y rehabilitación.

Pero no todos las personas con riesgo coronario tienen su suerte. Y en general -en la esperanza de que no se trate de nada grave- se resisten a pedir ayuda hasta último momento, cuando los minutos valen oro y un simple retraso puede ser fatal.

Algunos personas que sufrieron infartos mencionan a menudo también que en el primer momento dudaron de correr al hospital ante la posibilidad de que se tratara de una falsa alarma. Es un argumento válido, pero también fatal. Y en cualquier caso, ¿no es más sensato ir a sacarse la duda?

Ocho años después de su infarto, Cristina Viviani asegura haber aprendido la lección. "Voy y vuelvo caminado a casi todos lados, no fumo más, me cuido en las comidas... Si volviera a nacer no haría más lo que hice", asegura. Claro que para eso tuvo que pagar un costo alto. el de ver la muerte a un paso y vivir meses con el miedo y la angustia de haberla apenas esquivado.

LA PELEA MAS DIFICIL

Desde su vasta experiencia como cardiólogo y jefe de la sala de rehabilitación cardíaca del San Juan de Dios, Alejandro Gómez Monroy asegura que "en el 99 % de los casos es muy fácil entender por qué el paciente tuvo un infarto. Basta conocer cómo vive", dice.

"La enfermedad coronaria -explica- tiene sólo tres factores de riesgo no modificables y más de 270 que se pueden revertir cambiando de hábitos. Ser hombre, tener más de cincuenta años y haber recibido cierta herencia genética que favorece esta enfermedad son situaciones contra las que no se puede hacer nada. Pero existen otros muchísimos factores de riesgo que se pueden cambiar y definen la pelea", dice.

Claro que es precisamente en ese terreno donde "la pelea" parece hoy más difícil. Desde hace décadas, el modo de vida dominante viene aumentando la prevalencia de hábitos y patologías que conllevan a la enfermedad coronaria: diabetes, hipertensión, tabaquismo, sedentarismo, sobrepeso, obesidad, alteraciones del colesterol, estrés, depresión...

Tal es el peso de estos factores de riesgo que hoy -asegura Gómez Monroy- "un paciente en rehabilitación enfrenta menos chances de infarto que una persona sana con hábitos nocivos".

Y ese riesgo -el de debutar directamente con un infarto-, detalla Oscar Pisano, el jefe de Internación de la Unidad Coronaria del San Juan de Dios, "ronda hoy el, 49,5% en los hombres y 34,9% en mujeres. En otros términos, de cada cien tipos con esta enfermedad, unos cincuenta lo van descubrir recién en una camilla de la unidad coronaria".

Entre ellos, los más jóvenes probablemente provengan de las clases sociales con menores recursos. "Mientras que en la práctica privada el primer evento coronario se ve alrededor de los 65 años, en los hospitales públicos hay cada vez más pacientes de entre 40 y 50", afirma Daniel Marelli, el jefe del Servicio de Cardiología del Hospital San Juan de Dios. ¿Las causas? "El estrés, la mala alimentación, el desempleo... "; todos factores que podrían revertirse.

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Tras sufrir un infarto de miocardio, Cristina Viviani se recupera en la Sala de Rehabilitación Cardíaca del Hospital San Juan de Dios junto al doctor Alejandro Gómez Monroy
Tras sufrir un infarto de miocardio, Cristina Viviani se recupera en la Sala de Rehabilitación Cardíaca del Hospital San Juan de Dios junto al doctor Alejandro Gómez Monroy
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