Publicado en Edición Impresa:  Séptimo Día
 domingo | 11.05.2008  Actualizado: 01:20

ESTO QUE PASA
Preguntas amargas, respuestas inexistentes

Por PEPE ELIASCHEV

Uno de los aspectos más enigmáticos y arduos de explicar sobre la agravada crisis argentina responde a una pregunta sencilla, pero por ahora imposible de responder. ¿Por qué llegamos a este lugar? ¿Por qué estamos como estamos? ¿Era necesario llega a este extremo?

Absolutamente nada hacía presagiar esta desazón, esta aguda conciencia de estar chocando con la misma piedra. A diferencia de la marcha ineluctable rumbo a la tragedia que marcó el desastre de 2001, la Argentina disponía al comenzar 2008 de un gobierno sólido, legítimo y embebido de credibilidad popular. Cristina Kirchner llegó a la presidencia en la primera vuelta electoral de octubre y durante varias semanas casi nadie dudaba de que, en muchos sentidos, ella pudiera articular las dos cuestiones fundamentales que se planteaban en el escenario argentino, continuidad y cambio.

La Argentina votó mayoritariamente en 2007 por seguir por el mismo camino. Así sucedió en 1995 con la reelección de Carlos Menem. Hubo ruptura fuerte, en cambio, en 1989 y en 1999, aunque en este último caso no se trató de impulsar una modificación absoluta: si la Alianza no se hubiera comprometido a respetar la convertibilidad, Eduardo Duhalde hubiese sido electo presidente después de Menem.

Desde el salto abismal de 1989, la Argentina ha sido políticamente conservadora y debe decirse que, incluso, la fórmula radical de aquel año, tras la proeza de la refundación democrática concebida y ejecutada por Alfonsín, era encabezada por el cordobés Eduardo Angeloz, un pragmático que hablaba de privatizaciones y desregulación, vocabulario que, por el contrario, demonizaba la candidatura peronista, desde la cual se predicaba un "salariazo".

No es inconcebible, pues, conjeturar que las políticas de una hipotética administración radical desde 1989 hubiesen estado surcadas por parecidas estrategias de adecuación al mundo de aquel entonces, marcado por el fin del comunismo y el descomunal auge de la globalización capitalista.

De modo que en 2007 los argentinos quisieron seguir en el mismo camino, pero con retoques importantes, que era lo que prometía Cristina. Eso es lo que, justamente, no sucedió. Por eso, los enigmas más insondables siguen sin respuesta.

Con todo y tanto a su favor, ¿por qué un gobierno tan blindado y poco amenazado, se las ingenió para zambullirse en un tirabuzón de errores, horrores, torpezas y apresuramientos inolvidables?

Esta pregunta admite, además, otro razonamiento complementario. Si Menem le ganó a Angeloz por 13 puntos en 1989 y De la Rúa a Duhalde por 10 puntos en 1999, Cristina superó por 22 puntos a Carrió en 2007. La conclusión es devastadora: ¿cómo consiguió el Gobierno generar tanta irritación y malestar, habiendo ganado de modo aplastante hace seis meses y con un mazo de cartas económicas tan favorables?

Uno de los temas estratégicos es que, contra muchas de la hipótesis que se tejieron en la segunda mitad de 2007, el papel de Néstor Kirchner es a todas luces mucho más gravitante de lo imaginado. Si bien costaba suponer que el santacruceño supiera o quisiera replegarse, razón formal para no haberse presentado a una reelección que hubiese ganado, ni la predicción más audaz imaginaba llegar a mayo de 2008 con un Kirchner re-peronizado, envuelto y abrigado en el incólume aparato sindical y en la pétrea casta de intendentes del Conurbano, que junto con los jefes gremiales nutren la ecuación de vida del peronismo.

Sin embargo, ésta es la realidad. El gobierno de Cristina Kirchner se ha convertido en el de "los Kirchner" y hoy maneja el país la misma nomenclatura dirigente que lo hizo desde el 25 de mayo de 2003.

Los cambios anunciados por la entonces Primera Dama no han tenido nada que ver con una mejoría de la calidad de conducción. El país está todavía más crispado y dividido que hace seis meses y la Casa Rosada fogonea con decisión asombrosa una ideologización cada vez más sobreactuada de todo y de todos. En la Argentina lo que hoy se percibe es una infrecuente facciosa gubernamental.

Si este escenario, dibujado a brochazos grandes, describe un tramo decisivo del cuadro total, no incluye el otro ingrediente, sin el cual el país verá agravarse notablemente su situación, aunque no lo quiera.

En casi todos los debates y polémicas en curso, se suele alegar que mucho de lo que realiza el Gobierno se hace factible ante la falta de alternativas opositoras. Este razonamiento peligroso pero con mucha verdad, debe ser examinado, sobre todo porque, si no, se cae en el penoso error de imaginar que los Kirchner son criaturas omnipresentes y todopoderosas, capaces de hacer y deshacer sin límites.

Un golpe letal a las expectativas de cambio prudente pero necesario fue el incomprensible suicidio político de Roberto Lavagna, un hombre que defraudó hasta el tuétano a más de tres millones de argentinos que vieron en él lo mejor del período 2003-2006 y lo votaron para rectificar los rumbos negativos y peligrosos del kirchnerismo.

Pero el espectáculo que proviene de los preparativos y expectativas de Elisa Carrió y su Coalición Cívica no es más edificante. Ella sigue procediendo como lo viene haciendo hace 10 años, de manera absolutamente individual y ejerciendo un tipo de política que en nada logra diferenciarse de los más repudiables mecanismos del hiperpersonalismo que solía vituperar.

Días atrás, en un dialogo radiofónico, Carrió anunció, por ejemplo, que "cerramos con (Luis) Juez y (Mario) Negri en Córdoba y con (Víctor) Fayad y (Ernesto) Sanz en Mendoza". De esos cuatro políticos, tres son radicales orgánicos y pertenecen a la UCR. A medida que Carrió hablaba con el periodista, su modo de operación se hacía más visible: "Lo de Capital y provincia está cerrado" agregó, revelando que va por más en su denodado esfuerzo por armar una "coalición" sui generis, marcada por el picoteo individual de figuras de todas las tiendas, sobre todo radicales, que son el objeto del deseo de la chaqueña, pero también peronistas despistados y socialistas inermes.

El proyecto de Carrió pivotea sobre un postulado incierto, porque habla de coalición, un acuerdo de fuerzas que se sientan a una mesa y organizan una convergencia negociada, pero se arma algo diferente.

Así como el kirchnerismo inventó una "concertación" donde sólo hay terror al vacío, billetera oficial y presión del poder, ¿puede la Argentina darse el lujo de soñar con alternancias nacidas de criterios similares de verticalidad, discrecionalidad y personalismo?

Los Kirchner se han convertido con los años en sinónimo de manejo personal del poder, de modo que no parece saludable que los que apuestan a una Argentina gobernada con formas civilizadas postulen similares criterios de conducción, apenas que maquillados con conmovedoras promesas de limpieza moral.

A dos semanas de cumplir un lustro en el poder, los Kirchner siguen bendecidos por la naturaleza de una oposición imposibilitada de modificar los rumbos y las formas.

Si el actual gobierno es la suprema manifestación del poder concentrado, una alternativa de la misma estirpe metodológica que, además, carece de la "materia prima" del peronismo, no parece enderezada a un camino fecundo. Aquí radica lo que por ahora es, esencialmente, la buena fortuna del kirchnerismo, una racha que es pasajera por definición, pero que cabalga sobre la incapacidad opositora de diseñar otro camino que, además, se haga cargo de la superioridad de la democracia y sus herramientas institucionales.


www.pepeeliaschev.com

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