Revista Domingo
Ayuda
Contacto
Mapa del Sitio
Publicado en Edición Impresa:
Revista Domingo
domingo | 03.08.2008 Actualizado: 17:16
Experiencia platense en la Antártida
Diego Raviculé y Nicolás Ferrari, ambos guardaparques nacionales, llegaron a la Base Orcadas en febrero para hacer trabajos científicos. En esta nota cuentan cómo es la vida en el continente blanco, detallan su tarea en el lugar y cuentan cómo se perciben hoy en la vida diaria los efectos del cambio climático
En el invierno antártico es el clima el que manda. Es por eso que lo primero que se hace cuando el día empieza es verificar el estado del tiempo. Si los vientos lo permiten, si el frío lo dispone, entonces sí, los habitantes de la Base Orcadas pueden salir al terreno para hacer trabajo de campo. Si eso no sucede, se trabaja adentro, al abrigo de las instalaciones, adelantando tarea para cuando el clima mejore. El platense Diego Raviculé y el tandilense Nicolás Ferrari -que también vivió en La Plata- son los dos guardaparques nacionales de ese destacamento durante la campaña 2007/2008. Su tarea es monitorear el ecosistema de la zona, censar mamíferos y aves y apoyar los proyectos de geodesia y sismología. Y aseguran que aún con los vientos más amables y las temperaturas más benévolas, trabajar en el hielo durante el invierno antártico representa un desafío, una aventura y una experiencia incomparable.
Raviculé y Ferrari fueron dos de los siete guardaparques que se postularon para participar de la actual campaña antártica. Tras superar una serie de rigurosos exámenes fueron seleccionados y zarparon desde el puerto de Buenos Aires en diciembre de 2007. En febrero de 2008 llegaron hasta las islas Orcadas y pasaron a integrar la dotación de 15 personas que habitará la base hasta febrero de 2009: además de los dos guardaparques, integran el grupo 10 efectivos de la Armada y 3 de la Fuerza Aérea.
La tarea de los guardaparques es recopilar información científica que después se envía al Instituto Antártico Argentino. Con esa información, sumada a la proveniente de otras bases de distintos países, se elaboran informes para medir, entre otros factores, el impacto del calentamiento global en esos territorios.
Y si bien esas conclusiones las elabora el Instituto Antártico, hay cambios perceptibles en el día a día de la Antártida cuyas razones se estudian. Desde un invierno particularmente benévolo, como el actual, hasta el comportamiento de las colonias de aves que adelantan o atrasan sus llegadas en función de los caprichos del clima o la reducción de algunas poblaciones de mamíferos registrada en los últimos años.
Así lo indica Raviculé, quien nació en La Plata vivió en Gonnet, estudió la Tecnicatura Universitaria en Administración de Areas Protegidas y trabajó en distintas reservas nacionales y provinciales antes de llegar a la Antártida. Nicolás Ferraris tiene una formación similar, aunque nació en Tandil y pasó una temporada estudiando en nuestra ciudad después de terminar el secundario.
UN DIA EN EL CONTINENTE HELADO
Sebastián Raviculé habla desde la base Orcadas sin urgencias, haciendo un relato pormenorizado de la actividad cotidiana de los guardaparques. Seis años atrás esta situación aparentemente tan normal hubiera parecido extraída de una película de ciencia ficción: entonces, las comunicaciones con la Antártida se limitaban a cortos contactos a partir de aparatos de radio de los que sólo disponen organismos como los Bomberos o la Policía en el continente. A la comodidad que aporta el teléfono se suma la conexión a Internet. Aunque inestable, permite un contacto más asiduo con los familiares en el continente mientras dura la campaña.
"Eso mejora mucho el humor de la gente", dice Sebastián, quien sin embargo destaca que es fuerte la sensación de aislamiento en la que se vive y se trabaja. El platense describe la intensidad de los silencios antárticos y la magnitud de las precauciones que se toman antes de iniciar una campaña como las que, regularmente, los llevan a ambos guardaparques a pasar una semana en un campamento lejos de la base para censar petreles. Estos dos elementos dan cuenta del peso del aislamiento en un lugar donde "uno no puede salir corriendo a un hospital si le pasa algo", aporta el platense.
Son las 17 horas y ya es noche cerrada en la Antártida, cuenta Raviculé desde el teléfono. Es que en el continente helado las horas de luz solar son pocas durante el invierno y hay que aprovecharlas. Ese día amaneció a las 8,30 y el sol se escondió por completo a las 15. De ahí que cada día en la base se inicie temprano. "A las siete de la mañana", dicen los guardaparques. Y lo primero que se hace es mirar por la ventana para ver cómo está el clima y qué cosas va a permitir hacer durante la jornada.
Después del desayuno se hace algo de actividad física en un gimnasio improvisado entre los tanques de agua de la base. Hasta las nueve, cuando se realiza una reunión de rutina en la que todo el personal dispone cuáles son las tareas comunitarias previstas para el día.
Entre esas tareas comunitaria se cuenta la de recolectar hielo y ponerlo en bateas de agua caliente. Ese hielo descongelado va a aportar una reserva de 2.000 litros de agua para cubrir las necesidades de la dotación.
"Otra de las labores comunes que se encara con frecuencia consiste en sacar el hielo y la nieve de las puertas de las instalaciones", dice Raviculé. En cada una de estas tareas se compromete todo el personal, sin excepción.
Más tarde se escucha el pronóstico del tiempo elaborado por la gente de la Fuerza Aérea y de ese dato va a depender la actividad del día, sobre todo, durante el invierno. Los vientos en la Antártida pueden alcanzar los 200 kilómetros por hora y las sensaciones térmicas descender hasta los -40º, lo que determina que este factor adquiera una particular importancia.
"Si el tiempo lo permite se sale al terreno a hacer tareas científicas y sino nos quedamos en las inmediaciones de la Base adelantando tareas, preparando y acondicionando material que va a ser necesario durante el verano", explican los guardaparques.
TRABAJANDO CON LA FAUNA ANTARTICA
Los guardaparques de la Base Orcadas tienen una suma de tareas científicas asignadas durante su permanencia en la Antártida. Entre ellas se destaca el monitoreo del ecosistema con el objeto de detectar posibles cambios tomando parámetros poblacionales de pingüinos, tales como el peso, el tamaño, la población, la supervivencia y la dieta, entre otros. También tienen a su cargo censar a los mamíferos de la zona y censar y anillar a distintos tipos de aves. Por otra parte, les corresponde apoyar a los proyectos de Geodesia y sismología que se llevan adelante en el lugar.
Según relatan, el clima determina la existencia de "dos Antártidas": la invernal se ajusta mejor a la conocida descripción de desierto blanco, debido a que las condiciones climáticas son extremas y las recorridas revelan una escasa presencia de fauna. En verano las cosas cambian y crece la presencia de fauna que los guardaparques se encargan de censar y en algunos casos de anillar: pingüinos de Barbijo, Adelia, Papúa y ocasionales ejemplares de Emperador, Rey y Frente Dorada. A ellos se suman aves voladoras como los petreles gigantes, que llegan a medir más de dos metros, cormoranes, gaviotas y palomas antártica, entre otros. Y mamíferos como los lobos y elefantes marinos y diversas especies de focas.
Para monitorear a estas poblaciones, se hacen recorridas cortas, que duran sólo un día y otras largas, que se extienden por una semana entera y para las cuales los guardaparques se alojan en un refugio apartado. Durante el invierno, una de las tareas que se mantiene es la de censar a las focas de Weddell. Para eso se encaran marchas en las que el equipo, compuesto por ropa de abrigo, guantes de repuesto, libreta de anotaciones, anteojos, antiparras, binoculares, comida y agua, resulta un elemento fundamental.
"En invierno nos ponemos los esquíes y salimos a caminar por el mar congelado, que en esta época presenta un espesor que varía entre los 40 y los 90 centímetros y se extiende unos 15 kilómetros desde la Base. Con la ayuda de los binoculares ubicamos a las focas que en su mayoría se encuentran en témpanos que quedaron atrapados cuando el mar se congeló. En esas formaciones existen algunas grietas o capas de hielo más finas por donde las focas salen a la superficie", cuentan.
Marchar con bajas temperaturas deriva en experiencias singulares en las que "se congela todo, desde las corras de la mochila, el jugo dentro de ella, el sudor, la transpiración y hasta las antiparras, por lo cual hay que llevar siempre dos pares", dicen los guardaparques y agregan que, cuando el viento es muy fuerte se ven obligados a inclinarse casi 45º para caminar.
La marcha se termina calculando un regreso anterior al anochecer, porque se considera peligroso estar afuera de noche. Y la llegada a la base reconforta, ya sea por el reparo que ofrecen las instalaciones, por la ducha caliente que sigue a las caminatas o por la cena que dejó preparada Oscar, el cocinero del lugar.
Entre las comodidades que ofrecen las instalaciones se cuentan videos y libros en cantidad, mesas de ping pong y de pool. En estas últimas, los guardaparques mantienen la condición de campeones obtenida por sus antecesores.
El verano antártico ofrece un panorama distinto, ya que la cantidad de horas con luz asciende a 18 y se pasa la mayor parte del tiempo trabajando en las pingüineras.
En todos los casos, censar a los animales tiene sus bemoles, confiesan los guardaparques: no es raro que pingüinos, petreles y lobos se resistan y se defiendan sobre todo cuando se los trata de anillar. Esto exige un trabajo minucioso. Por ejemplo, para evitar que lo petreles vomiten a los científicos cuando tratan de anillarlos (ya que ese es su mecanismo de defensa) se les acercan con sigilo y se los cubre con un paño. También requiere cuidado el trato con los pingüinos, cuyos aletazos pueden resultar muy dolorosos y con los lobos marinos, famosos por haber mordido a algún guardaparque en campañas anteriores.
A través de esos censos, los guardaparques perciben modificaciones en los hábitos de la fauna del lugar. Una de las hipótesis que se manejan para explicarlas es que se relacionarían con el calentamiento global: "las poblaciones de pingüinos, que durante muchísimos años llegaron en setiembre, ahora lo hacen antes o después, porque el comportamiento de los hielos es distinto y el pingüino llega cuando el hielo se derrite", cuenta Raviculé.
Por otra parte, surgen otras modificaciones en el comportamiento de los animales, de la que los guardaparques toman nota: una de ellas, la reducción del número de lobos marinos que llegan al lugar. Hasta hace cinco años eran más de 5.000. Actualmente no superan los 3.000.
Otra de las preocupaciones de los guardaparques se vincula con el impacto del creciente turismo en la región. Aunque en la zona de Orcadas, esa actividad está muy controlada y los turistas que llegan en cruceros son guiados sin que eso impacte en el ecosistema, la situación es distinta en sectores vírgenes adonde también llegan los cruceros, impactando en las poblaciones de pingüinos y en la sobrevida de determinados tipos de musgo que se ve afectado por las visitas.
Para Raviculé y Ferrari, "lo importante de este trabajo no es el aporte individual, que se pierde en un territorio tan amplio y en todos los años de trabajo que se vienen desarrollando en la zona. Lo que nos enorgullece es aportar nuestro granito de arena para la conservación de estos ecosistemas, para preservarlos para nuestros hijos y nietos. Y esa es una tarea de todos", indican.
Ir al inicio de la nota
TAMAÑO DEL TEXTO
|
IMAGENES
© Copyright 1998-2007 El Día S.A.
Contáctenos
|
Página de Inicio
|
Mapa del Sitio
|
Versión Palm
Miembro del IAB. Internet Advertising Bureau
Sitio auditado por Certifica Metric