Publicado en Edición Impresa:  Revista Domingo
 domingo | 03.08.2008  Actualizado: 15:46

La iglesia de hoy 

Por MONSEÑOR DR. JOSÉ LUIS KAUFMANN

Jesús se interesa por cada uno

Puede darse que, ante necesidades o sufrimientos de algún prójimo, miremos hacia otra parte y digamos: "Eso no es asunto mío _ ese no es mi problema". Por otra parte, es cierto que cada uno de nosotros tiene ya su propio fardo de dificultades, como para que tenga que cargar también con los ajenos. Sin embargo, a veces nos conmovemos ante las desgracias de los demás, si bien no siempre nos involucramos porque consideramos que cada uno tiene que resolver lo que la vida le depara.

Algo así pensaron y dijeron los discípulos de Jesús en aquel descampado de Galilea, ante la situación de una gran muchedumbre con problemas y sin comida. No cabe duda de que los discípulos eran buena gente; pero una cosa es ser más o menos buenos y otra muy distinta es sentir como propios los problemas de los demás.

Jesús, sin embargo, no aceptó la postura de los que le dijeron: "despide a la multitud para que vaya a las ciudades a comprarse alimentos" (Mt 14, 15); y, antes de hacer el prodigio de la multiplicación de los panes y de los pescados, hizo otro milagro, previo y más importante, y es el de contagiar su interés por todos, su preocupación por todos, su acción eficaz a favor de todos.

No hace falta que la gente se vaya y que cada uno por su cuenta busque la solución. Jesús manda que le traigan lo que hay _lo poquito que hay_ "Y luego de ordenar a la multitud que se sentara sobre el pasto, tomó los cinco panes y los dos pescados, y levantando los ojos al cielo, pronunció la bendición, partió los panes, los dio a sus discípulos, y ellos los distribuyeron entre la multitud" (Mt 14, 19). Y lo poco compartido se convirtió en mucho, en suficiente para todos, y aún sobró.

Pero ese hecho, admirable por tantos conceptos, que sucedió en aquel descampado, no es sólo un ejemplo de cómo hemos de intentar ocuparnos y preocuparnos nosotros de los problemas de los demás. Es también un ejemplo revelador de cómo actúa Dios con nosotros, con cada uno de nosotros, sin excepción, y simplemente por que nos ama con Amor infinito.

Ante nuestros problemas, dificultades y agobios -y también ante nuestro pecado personal- Dios nunca dice "eso no es algo mío". Nunca nos rechaza ni nos despide para que resolvamos nuestros asuntos como podamos. Dios vive nuestras cuestiones como si fuesen suyas, porque somos sus hijos y nunca nos deja solos.

Esto es lo que explica el maravilloso hecho de que el Hijo de Dios se hace hombre y que comparte toda nuestra vida, menos el pecado. Es el modo máximo de decirnos que Él se interesa por nosotros, por cada persona humana, de un modo que nunca nadie podría llegar a imaginarse.

Por eso, sea cual sea nuestra situación, lo que nunca debemos hacer es desconfiar del interés de Dios por nosotros. Digámoslo una vez más: ante nuestros asuntos, Dios nunca dice: "eso no me atañe, no me interesa". Sólo pide nuestra colaboración como pidió los cinco panes y los dos pescados; pero sobre todo nos da su interés, su ayuda, es decir: su bendición, que es su Amor sin medida y con absoluta eficacia en nosotros.

Con san Pablo podemos declarar: "¿Quién podrá separarnos del amor de Cristo? Porque tengo la certeza de que ni la muerte ni la vida, ni los ángeles _ni lo presente_ ni ninguna otra criatura podrá separarnos jamás del amor de Dios, manifestado en Cristo Jesús, nuestro Señor" (Rom 8, 35-39).

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