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martes | 14.07.2009 Actualizado: 04:46
LAS RAZONES DE UNA FIESTA QUE RESULTO INOLVIDABLE
Fue a lo grande, como Gimnasia
Se pensó en un broche de oro de lujo, y nunca con tanta adrenalina
Los duendes de muchas generaciones de triperos de ley seguirán flotando y merodeando seguramente por estas horas en el viejo y querido estadio de 60 y 118, en el Bosque, en la gruta, en todo ese sector del escenario mágico, encantador, que albergó tantos logros y victorias inolvidables. Tan orgullosamente gimnasista.
Y entre esos duendes, que tanto recordamos, el del célebre René Favaloro, quien hubiera cumplido 86 años el día de la epopeya, para quién no habrá habido el último domingo regalo más emotivo que el que le envió con el alma su querido Gimnasia. Amigos suyos como Héctor Delmar le dedicaron seguramente más de una lágrima al recordarlo. Al rememorar, por ejemplo, aquel abrazo entre ambos con un título "a corazón abierto" que le dedicó El Gráfico y también EL DIA en su ediciones especiales al ganar la Copa Centenario, trofeo oficial de la AFA.
En estos momentos, en que los ecos de la hazaña del Lobo rebotan mediáticamente desde La Plata a todo el país eternizándose en la memoria colectiva, no importa tanto si Gimnasia haya ganado alcanzando su verdadero nivel. Vale en cambio que lo haya hecho porque lo merecía con creces y por la actitud heroica en esta electrizante Promoción, donde supo suplir baches técnicos y tácticos equilibrándolos con el alto voltaje emotivo, con esa garra y carácter que le puso al juego, para llevar a su pueblo hasta un delirio pocas veces visto, en un festejo sin parangón en los casi 130 años de historia del Lobo.
EL FESTEJO LOCO
Tanto fue así que uno, que tuvo el privilegio de conmoverse en el fútbol por ejemplo en las finales del Mundo en River, cuando fue a cubrirla en el 78, y la de México, cuando también vivió en el Azteca la gran coronación de Argentina en el 86, y que fue testigo de las tres copas Libertadores de Estudiantes, y la Intercontinental, no tuvo más remedio que apelar a conmemorar esos momentos, tan estelares del fútbol argentino, salvando las distancias y de dimensión distinta por cierto, para mensurar ese festejo loco de los triperos que hicieron anteayer de La Plata una verdadera capital del fútbol.
No pocos sostienen que este triunfo y salvación del descenso implican una bisagra en la historia gimnasista. Y uno piensa todo lo contrario. Que no haya ninguna bisagra y que todo siga desde del domingo pasado en más, igual pero para mejor. Con orden y mancomunión. Siguiendo este camino y pensando en superar esta excelente campaña.
Porque invariablemente desde esta columna se sostuvo que Gimnasia desde el año anterior viene haciendo los deberes más que bien. Con Sanguinetti a la cabeza se reforzó con sensatez. Trajo lo que hacía falta y lo matizó con juveniles como Cuevas, Rinaudo, Ahued, Cardozo, hoy por hoy algunos figuras a nivel nacional. El séptimo puesto en el Clausura y los 55 puntos al cabo de la temporada lo ratifican.
Se subrayó desde aquí que el plantel era más que apto. Sin hacer nombres porque es imposible no elogiar hoy al Coco San Esteban, a Villar, a Graf, y hasta el mismo Piatti, por sus distintos aportes. Dijimos, también, que se estaba para soñar con una sólida campaña.
EL VALOR DEL TOPO
Ojalá hubiera sido al comando de un ídolo del club como el Topo Sanguinetti. Pero subrayamos que si éste lamentablemente debía pagar los platos rotos de un arranque no halagueño, lo cual no dañaba su idoneidad, al menos ese paso al costado no sería tan grave por la satisfacción de haber formado un plantel muy bueno en todo sentido y con impronta tripera hasta la médula. Con muchos jugadores identificados con la historia grande del club.
Así fue. Debió llegar Leonardo Madelón, y con un golpe de timón pero con la misma esencia, el Lobo cumplió con creces. El balance fue hecho hace pocos días en esta misma columna. Tras el debut y derrota en Rosario, se habló de lograr 7 victorias, 7 u 8 empates, otras 3 o 4 caídas, y 131 o 132 puntos acopiados en las 18 fechas que entonces faltaban. Fue exactamente así. Y pudieron ser más puntos con una mejor distribución de justicia en los arbitrajes, por ejemplo.
No vale, reiteramos, hacer nombres de jugadores. La buena conducción de Madelón supo dosificar con bastante criterio titularidades y suplencias. Ninguno tuvo coronita. Salió hasta el más pintado y el que debió salir no se quedó en actitud pasiva o rencorosa sino apoyando desde afuera esperando su turno para rendir al máximo como Sosa haciendo el pase para el gol de Alonso, o Niell en los minutos finales de esta historia cuando saltó del banco para lograr sus primeros dos goles en un partido de primera y de cabeza ambos a pesar de sus 1,62 de altura.
AL ESTILO LOBO
La semana pasada se puntualizó aquí que el hincha quizá estaba soñando con derecho pleno con una actuación en Rafaela como ante Huracán en Patricios y con otra soberbia labor como ante Vélez en La Plata, donde volteó al campeón, para la Permanencia ante Rafaela. Nada de eso ocurrió. No hubo "tiqui- tiqui" sino una catástrofe como nunca en el partido de ida, y una agonía casi infartante, con sangre, sudor y lágrimas en el electrizante encuentro definitivo. Pero en definitiva, no podía ser de otra y mejor manera. Lo fue a lo Gimnasia, con ese festejo multitudinario, con una explosión colectiva y duradera de esa hinchada única, volcánica, creadora de una fiesta inolvidable, como casi nunca se vivió en la Región.
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Diego Alonso y un gesto clarito de lo que puso Gimnasia para revertir la historia ante Rafaela y lograr la salvación
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