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Opinar
 viernes | 04.12.2009  Actualizado: 02:15

IMPRESIONES
Sexo y poder 

Por ALEJANDRO CASTAÑEDA

El poder necesita desahogos. Hasta los estadistas más virtuosos saben que el sexo, como las elecciones, se conquista con carisma y promesas. Los insaciables Silvio Berlusconi y Fernando Lugo, reaparecieron en escena. Y no por una reunión Cumbre. A Lugo le adjudican una nueva hija. Y a don Silvio le pegaron por partida doble: la cotizada prosti Patrizia D'Addario presentó la semana pasada su libro "Disfrute, presidente". Allí cuenta los detalles íntimos de esos encuentros subvencionados. Y dos días después, se supo que su mujer, Verónica Lario, le habría pedido a Il Cavaliere una asignación vitalicia de tres millones y medio de euros mensuales para formalizar el divorcio, según reveló el Corriere Della Sera.

Lo de Lugo es menos oneroso y más grave, porque sus andanzas dejaron hijos y gente dolorida en el camino. Las paraguayas que fueron seducidas por el ex obispo ahora andan penando por un ADN presidencial que les asegure apellido y manutención. Lugo, para aplacar sus calores, al parecer usaba la alta investidura de una iglesia que propone el celibato entre sus generales y la abstinencia entre la tropa. Las chicas de Berlusconi, en cambio, tarifaban presencia, jugueteos y pernocte, pero no aspiraban a ser madres ni se iban llorando por amores perdidos.

Los dos necesitan estos desahogos. Il Cavaliere tenía contratistas bien dispuestos que, a cambio de obras públicas, le aportaban saludables muchachas a modo de reintegros. Lugo, en cambio, por lo que se supo, ha usado muchas veces sus poderes del cielo y de la tierra para convencer alguna indecisa. Y no ha titubeado en desparramar promesas y ayuda para doblegar la voluntad de algunas feligresas que terminaron descubriendo que el carismático pastor de almas no estaba desprovisto para darle algunas alegrías al cuerpo.

Berlusconi no queda mal parado en el relato de la D' Addario. Ella lo retrata como un hombre experto, fogoso y delicado, que no se encargaba de las minucias de la contratación ni del pago y que se automedicaba modelos jóvenes para olvidarse de tanto ministerio en crisis.

Lo del obispo Lugo siempre fue más subrepticio. Solía descansar en aposentos amigos y aprovechaba la hora de las oraciones para convocar a la empleada de turno a su cama. Una vez, a una señora que precisaba para el alquiler, le mostró con franqueza los misteriosos caminos de la limosna. Y a todas les fue inculcando que lo del ayuno jamás incluye los deseos.

Esta gente está tan acostumbrada a disciplinar diputados y gobernadores, que la pasión es apenas una negociación más. No saben de límites y no están para el regateo ni la conquista. Y ellas, entonces, terminan siendo como amantes testimoniales, listas para bajarse y subirse de la cama y de las boletas.

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