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Opinar
 sábado | 19.12.2009  Actualizado: 06:29

Diario de viaje 

Por ALEJANDRO CASTAÑEDA

DUBAI.- Las vidrieras siempre las reflejaron. En sus brillos y sus espejos, las mujeres han duplicado propósitos y audacias. El señuelo de las rebajas y sus lanzamientos despiertan la intimidad secreta de esas señoras que se la pasan recorriendo el catálogo de ofertas y fantasías. No hay escaparates que no las turbe ni las incite. Es que el deseo está en el origen de todo. Y lo que hacen los shoppings es ordenar esas apetencias y hacerlas más apetecibles a golpe de probador y monedero.

Dubai, aunque suene inconcebible, es una metrópoli multitudinaria y segura. Tiene 38 años, un desarrollo urbanístico prodigioso y ostenta los mejores niveles de ocupación laboral y seguridad en un planeta donde falta trabajo y sobran atracadores. Pero, a diferencia de otras grandes capitales, surge como una majestuosa obra anticipatoria que va delante de su tiempo. Perece pensada para un después de creciente prosperidad y expansión: autopistas, estadios, shoppings, autódromos y torres superan claramente sus necesidades momentáneas. Es como si montara un menú de ofertas interminables en busca de un destino que es, al mismo tiempo, perspectiva deslumbrante y modelo.

Y son las vidrieras, como siempre, las que mejor tipifican las nuevas tendencias. No sólo adelantan la moda para ellas, sino también algunos nuevos coqueteos que llevan a otros confines. Los escaparates enseñaron que la renovación es la clave. Y allí, en sus comercios infinitos, la contradictoria Dubai es otro buque insignia de una civilización que, con sus ejércitos de Ralph Laurent, Dior, Armani y compañía, se abre paso por encima de empalizadas y religiones. Estas marcas globales son los nuevos colonizadores: empiezan asediando la fortaleza femenina y terminan conquistando a todos. Sorprende ver desfilar por las espaciosas galerías a mujeres de riguroso negro, con velo y mirada al piso, recorriendo vidrieras que ofrecen el repertorio más nuevo y atrevido de una moda que apunta a la seducción. Y es esta misma mujer, tan obediente y ocultada, la que va marcando con su mirada los alcances de este cambio. Ellos son vistos como patriarcales y mandones, pero son ellas las que van entreabriendo la puerta de un mundo con menos encerronas. Todavía algunas (las menos) andan de negro, con la cara tapada. Pero entre las más jóvenes se negocian otros límites: el jean convive con los turbantes, el maquillaje se ha popularizado y muchas adoptaron, para deleite de los musulmanes más mirones, el pantalón, la pollera ajustada y un sigiloso escote.

Dubai es una ciudad amable, espaciosa y nuevita. No tiene historia ni próceres ni pioneros. Tampoco la loca agitación de otras grandes metrópolis. Esta allí, inmensa y rotunda, desafiando el desierto y su época, cediendo ante el avance incontenible de una occidentalización que poco a poco va doblegando sus rigurosas costumbres. Si la grandiosidad es una virtud, esta ciudad es un ejemplo. Todo es inmenso y apabullante. Donde hubo arena, progreso queda. La riqueza del petróleo acabó aportando el valor agregado de un cambio de fisonomía y horizontes que ha terminado por redondear una ciudad majestuosa y cosmopolita, poderosa y muy interesante.

Y las vidrieras, que siempre anunciaron novedades, parecen anticipar un nuevo mundo para estas mujeres sin espejos. ¿Qué son ellas sin esas miradas varoniles que la embellecen y la completan? Siempre necesitaron ser contempladas. Por eso, cada vez que una linda señora, tapada hasta el cuello, se detiene ante una vidriera de Zara, acaso sienta que esos maniquíes provocadores la están incitando a descorrer todos los velos y mostrarse.

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