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domingo | 21.02.2010 Actualizado: 09:14
CONTRATAPA
Un Punto perdido
Por Alejandro Castañeda
Como el limbo, el Punto G es parte de una mitología extraviada que busca empecinadamente sin saber si hay algo para encontrar. El mundo científico de estos días se ha preguntado si el tan dichoso instrumento anatómico tiene existencia en el universo femenino o es una ficción que garantiza placer continuado para seguir buscando.
Desde que en 1950 el ginecólogo alemán Ernst Gräfenberg lo describiera como "una zona erógena muy definida en la pared anterior de la vagina", ellas y ellos se han entretenido jugando a la persecución. La promesa de super orgasmos conseguidos a pura caricia, echó momentáneas sombras sobre el reinado del pene y la penetración. Pero ahora algunos estudiosos aseguran que la pesquisa ha sido infructuosa, que el dichoso lugarcito nunca estuvo y que los que siguen indagando lo hacen por caprichosos o querendones, pero que se olviden de fantasear con poder prestarle algún servicio a la ciencia.
Encima que el disfrute escasea, la promesa de hacer cumbre se ha evaporado como tantas otras ilusiones. El ser humano siempre necesitó desafíos para animarse a ir más allá de lo que su mirada alcanza. La mujer buscó en la ciencia una fuerza extra para perfeccionar su goce. Y los profesionales creyeron que el quimérico Punto G apuntaba precisamente a darle a la anatomía femenina un suplemento de misterio que obligara al pobre cazador a seguir pistas borrosas para que su musa pudiera disfrutar a pleno de semejante cacería.
Toda mujer es un misterio indescifrable y el Punto G no había hecho otra cosa que proponer un puerto milagroso para que el enamorado empiece allí su mejor recorrido. Los que aseguran su existencia, hablaron de orgasmos inolvidables. Los demás creen que fue otro truco femenino sin identidad anatómica que se instaló en el imaginario romántico para convencernos de que también a dedo se puede llegar al éxtasis. El amor siempre va encontrando y perdiendo cosas. Y no estaba mal creer que en la zona más ardiente había un arcano al que se arribaba sin otro GPS que la caricia. Hoy los doctores John Perry y Beverly Whipple, que en 1981 le dieron el nombre de Punto G, garantizan su existencia. Aunque el científico italiano Emmanuele A. Jannini, -citado por el diario madrileño El Mundo- fue tajante: "es irresponsable asegurar la presencia de una estructura cuya existencia nunca se ha probado, y presionar por ello a las mujeres y también a los hombres para que la encuentren".
Unos y otros ignoran que el encanto de lo desconocido es parte del juego pendular de una especie que siempre anda curioseando. Los amantes quieren saber dónde se esconde el placer. Y tocarlo. Pero ahora algunos científicos se han encargado de eliminar el Punto G, al que habían situado en un paisaje tan incierto como agradecido. Lo declararon ausente después de lucrar con la importancia de su hallazgo y de vendernos cartografía mimosa para poder encontrarlo.
Lo que siempre ha buscado el hombre es, no tanto anclar en el ansiado punto G, sino colonizar como sea esa tierra prometida, sabiendo que la morada del clímax femenino se encuentra justo en la esquina del estremecimiento y los sueños, una región que la caricia querida siempre pudo encontrar entre tantos repliegues.
El alma de la mujer está llena de secretos y su anatomía forma parte de ese gran señuelo de sitios inciertos que toda buena señora sabe administrar con inteligencia. Es una geografía llena de ondulaciones y abismos que ofrece lo que sobresale para regalar lo que oculta. Como el sexo, también el amor tiene sus recónditos puntos G, zonas resguardadas que piden más exploraciones que descubrimientos. Pero los ginecólogos, que nunca tranzaron con la poesía, hoy dudan de la presencia de ese punto, tan idealizado y tan huidizo. Acaso para avisarnos que el placer de ellas sigue siendo una mezcla de impostura y misterio. Y que, como en tantas otras cosas, es mejor buscar que encontrar.
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