Publicado en Edición Impresa:  Revista Domingo
Opinar
 domingo | 07.03.2010  Actualizado: 10:05

EXPERIENCIA PLATENSE
Tras los pasos del Libertador 
En el año del Bicentenario, una expedición conformada por argentinos y chilenos recreó el Cruce de los Andes y atravesó la Cordillera en mula durante 6 días. La platense Gilda Muñoz se sumó a la travesía y la cuenta en esta nota

"¿Será chamuyo? Dicen que la montaña saca lo peor de vos". Las charlas durante la noche previa a comenzar la aventura tenían este tenor. Si la idea era concentrar a todos los expedicionarios en la capital de San Juan -incluidos los que viajábamos desde la Provincia de Buenos Aires-, para aclimatarnos, gran parte del cometido estaba cumplido: a los 45 grados de calor que me obligaron a caer en la cuenta de que estábamos en tierra cuyana, se sumaron la expectativa, miedo e incertidumbre de estar a un paso de comenzar la hazaña.

El viernes 29 de enero emprendimos la primera parte del trayecto: 160 kilómetros en 4x4 hasta el Destacamento de Gendarmería de Barreal, en Calingasta. 76 expedicionarios en total: 25 gendarmes y 51 civiles, entre periodistas, funcionarios -como el gobernador de San Juan, José Luis Gioja, y los intendentes de San Juan y Calingasta, Marcelo Lima y Robert Garcés-, representantes de federaciones gauchas, el embajador de Canadá y su esposa, empresarios, una escritora, dos médicos, una comitiva chilena y hasta un cantautor, guitarra en mano y una pila de chistes verdes para distendernos las pocas horas que no pasaríamos arriba de la mula.

A propósito de los animales: a medio día de nuestra partida todavía no habíamos visto a ninguno de ellos, mientras que, a esa altura del trayecto, los 5000 soldados que conformaban el Ejército de los Andes, llevaban 7 días de marcha: la más dura de todas. Si bien la altura todavía no supera los 2000 metros, el calor se hace insoportable y el paisaje desértico no ofrece ríos ni pastos verdes para los animales. Superado el primer tramo, el General José de San Martín dispuso que cada columna que llegaba al valle de Barreal, descansara 4 días. Festín de pasturas para los mulares, asado para los hombres. Placer del que tampoco nos privamos nosotros, 193 años después. Guitarreada y a dormir. Una delegación del ejército -argentino y chileno- nos había dejado atrás el día anterior y a esa hora ya acampaba en plena Cordillera, justo donde estaríamos la noche siguiente.

HACIA EL CORAZON DE LOS ANDES

Sábado 7am: "saludo uno, firrrrrrrrrrme". Izamos la bandera cada mañana todos los días que duró la expedición. Recién entonces estábamos listos para arrancar. Al cabo de otras dos horas en 4x4 llegamos a Manantiales, un paraje donde, por fin, nos esperaban las mulas y caballos que nos acompañarían. Las primeras, cruza de asno y yegua, son los animales ideales para la geografía de montaña. Los segundos, nos prometieron, estaban lo suficientemente entrenados.
A mí me tocó la 37: pelaje negro, andar cansino y, como buena mula, tercamente decidida a llevar las riendas a lo largo de todo el trayecto. Sabia decisión. La primera hora de marcha montada fue poco menos que una tortura. "Pero si ya pregunto cuánto falta, me matan", pensé, y preferí seguir levantando el pulgar en señal de que me sentía OK. Sabía que eran momentos cruciales. "Olvídesé. Si el animal no la quiere, la tira seguro", me había confirmado un vaqueano, pero se olvidó de decirme cuánto tardaría mi transporte tracción a sangre en tomarme afecto o, todo lo contrario. Y los colegas que no duraron ni cinco minutos montados porque sus caballos se les "retobaron", no me ayudaron mucho a entrar en confianza con el par de orejas que veía desde mi perspectiva.

Después, con el correr de las horas, la ansiedad terminó por acomodarse al paso lento y dificultoso pero lo suficientemente firme sobre las piedras, y el paisaje se volvió tan envolvente que es imposible no levantar la vista y dejar de pensar si uno terminará de seña en el próximo arroyo que se avecina. Tras 4 horas de cabalgata, las montañas se abren y aparecen varias filas de carpas a la vera de un río. Llegamos a Trincheras del Soler, o Las Frías (porque allí nieva la mayor parte del año), el primer refugio en pleno corazón de la Cordillera. Me bastó mirar a mi alrededor para no tener dudas de esto último. Ya estábamos a 3600 metros de altura y todavía no sabíamos que aquello era una mínima muestra de lo que vendría.

TIERRA DE CONDORES

"Hoy es el día, preparate para saber qué implica cruzar los Andes". La advertencia de un compañero que va por su segundo cruce llega con el desayuno del domingo. Mate cocido, tortas fritas, la bandera, y a ensillar la mula. La confianza ganada durante el primer día de cabalgata me volvió a fojas cero: por delante nos espera la subida al Espinacito, un cordón montañoso que supera los 4500 metros de altura, el punto más alto de la travesía. Pero entonces, una visión me devuelve el optimismo. Una de las diez mujeres que integramos la expedición ya está en su mula, sonriente y lista para salir, a pesar de que la noche anterior, al llegar al refugio, fue la primera -no la única- en sufrir el mal de altura. Vómitos, dolor de cabeza, dificultad para respirar. Uno, dos, tres sueros, analgésicos, máscara de oxígeno. Por un momento, creí que la baja mermaría, irremediablemente, el cupo femenino. Pero no.

Atravesar el Espinacito le da sentido a las 10 horas de cabalgata de la segunda jornada. Durante las primeras cuatro, los preparativos previos a emprender la subida -que los mulares permanezcan en fila, ajustarles la cincha a cada rato, permitir que tomen todo el agua que quieran- nos distraen del monótono toc toc de las herraduras contra las piedras. El color de las montañas se intensifica, se llena de amarillos, ocres, rojos. Pero lo más llamativo es que nunca se ve lo mismo. Como si la marcha a paso tan lento y la velocidad con la que el paisaje cambia de forma y tonalidad pertenecieran a dos escenas totalmente desincronizadas.

La cuesta arriba se empieza a notar en la respiración de los animales, que cada tres pasos paran para oxigenarse y poder seguir su marcha. El silencio se apodera de los expedicionarios, si no fuera por los ¡Viva la patria! que los más valientes gritan para distendernos. Y un cóndor que nos sobrevuela es el mejor regalo que nos hace la altura. Al llegar a la cima, clima de festejo, fotos y, de fondo, la cumbre nevada del Aconcagua. Hasta que alguien da la orden de seguir viaje. Bajamos por un camino de cornisa que termina en una pronunciada pendiente. Se callan los gritos patrios. Cada uno va concentrado en lo suyo: las orejas de la 37 y, más allá, el vacío. Los animales se quejan, los jinetes tragamos saliva. Algunas mulas directamente no pueden seguir su marcha y se echan al suelo. Allí quedan. Y algunos expedicionarios optan por bajarse y seguir la marcha a pie, sujetados de las riendas. El final de la intensa jornada nos encuentra en el Refugio Sardinas, en el Valle de Los Patos, la última parada de San Martín -y nuestra-, antes de llegar al límite con Chile. Una olla de guiso humeante y el aliciente de saber que el día siguiente será de descanso. Qué mejor excusa para una noche de serenatas bajo la luz de las estrellas.

ENCUENTRO

Una efervescencia generalizada es el espíritu que reina el martes. Nos espera la jornada más emotiva del viaje: el encuentro en la frontera con los hermanos chilenos. Quizás por ansiedad transmitida, los animales van a un ritmo inusual. La 37 prefiere el trote y algunas, incluso, el galope. A este ritmo llegamos rápido, me ilusioné. Mentira. Cuatro horas que parecen seis pasan hasta que nos alertan que estamos muy cerca. Reunidos sobre una colina, nos ordenan que formemos un abanico y, con banderas argentinas sobre las espaldas, esperemos la orden del clarinete para avanzar. Me quebré. Comenzamos el trote cuesta abajo y la marcha de San Lorenzo a viva voz. Nunca me había sentido protagonista de una epopeya. Ese día, sí. El vértigo, agotamiento físico, el control mental necesario para aguantar tantas horas de marcha montada y hasta las paspaduras que algunos compañeros, a esa altura, me describían como "intolerables", por fin toman sentido cuando frente a los bustos de San Martín y O`Higgins entonamos a capella los himnos nacionales. Mejor dicho, lo hicieron unos pocos: la mayoría no podíamos cantar una estrofa sin que se nos aflojara hasta el último músculo de la cara. Un encuentro de 150 personas abrazadas por los Andes. Y sí, lloramos. Lloramos ahí y los días que siguieron. Las tres jornadas que otra vez tardamos en volver al punto de partida y, también, de regreso a nuestras ciudades, cuando se lo contamos a nuestros padres, amigos e hijos. Lloré cuando pasé frente al monumento del Libertador, en medio del bullicio de un mediodía platense. ¿Lo peor? No, pero la montaña sí me había sacado algo.


San Martín, un estratega

"Si hace siete años le preguntabas a un sanjuanino por dónde cruzó San Martín, te hubiera contestado que por Mendoza", cuenta el historiador Edgardo Mendoza, sanjuanino también él, que motivado por esta realidad escribió el libro "San Martín y el Cruce de los Andes", una investigación histórica sobre la Gesta Sanmartiniana.

"Conciente de que el ejército realista -sigue- era 3 veces superior en número al americano, la estrategia de San Martín consistió en mandar sólo a 500 hombres por el paso de Uspallata, en Mendoza, y que el grueso del Ejército de los Andes -5000 soldados a su mando y el de O`Higgins- lo hiciera por el Camino de los Patos, en la provincia de San Juan, que es 150 kilómetros más largo e inhóspito que el anterior.

Esto le permitió tomar por sorpresa a los españoles que, efectivamente y del lado chileno, lo esperaban con sus tropas apostadas más al sur, en el paso mendocino, el más obvio. Fue esta suspicacia lo que le permitió al ejército andino ganar la Batalla de Chacabuco el 12 de febrero de 1817". Chacabuco, la madre de todas las luchas que vinieron después por la independencia americana.


La Honda, la sorpresa del regreso


El camino de vuelta nos deparaba una sorpresa honda. Si el Espinacito había sido el momento más adrenalínico de la ida, de regreso nos esperaba un vértigo mayor. Cruzamos La Honda el segundo día del regreso, y quinto desde que habíamos comenzado la travesía. Un gendarme, tres de nosotros, otro gendarme, tres de nosotros. La fila de mulares se organizó minuciosamente y comenzamos la cuesta arriba. "Mantengan siempre la distancia", nos ordenaron, pero cada vez que un animal se tiraba al suelo sin fuerza para seguir, toda la hilera que venía atrás quedaba detenida. Entonces un gendarme le cedía su mula al expedicionario sin transporte y la marcha se reanudaba hasta la cumbre, a 4300 metros de altura. Sabíamos que la sería menos sencilla todavía. Algunos se abrazaron a un cauto silencio. Otros le hablábamos a nuestras mulas para tranquilizarnos ("vamos, fuerza negrita, falta poco"). Alguien gritó sin pudor que sentía miedo. Y de fondo, el relinchar sufrido de los animales tratando de pisar con firmeza el empinado camino zigzagueante de canto rodado. Por suerte, La Honda también quedó atrás. Lo hicimos.

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