Publicado en Edición Impresa:  Revista Domingo
Opinar
 domingo | 07.03.2010  Actualizado: 09:41

La iglesia de hoy 
Escribe Monseñor Dr. José Luis Kaufmann

Conversión permanente

"Les aseguro... si ustedes no se convierten, todos acabarán de la misma manera". Estas palabras de Jesús, que resuenan hoy en la Liturgia, nos introducen a un tema que nos acompañará en estos tres últimos Domingos de Cuaresma: la conversión, el cambio que continuamente tiene que darse en nuestra vida, y en todo el mundo, para ser fieles a lo que Dios espera de cada uno de nosotros.

Las palabras de Jesús llamando a la conversión parten de unos hechos que pueden ser muy actuales y que son motivo de seria preocupación. En nuestro mundo, como en el que vivió Jesús, hay muchas personas que mueren todos los días a causa de guerras o intereses políticos y económicos o de la opresión, como hay también quienes pierden la vida a causa de accidentes y de desastres naturales. Es un hecho que nos duele y preocupa, por lo menos cuando lo vivimos de cerca.

La respuesta natural al porqué de todo esto la encontraban los contemporáneos de Jesús en el castigo de Dios por el pecado de esas personas. Jesús no acepta esa explicación, sino que parte de estos hechos para decirnos: "mucho más grave que todo eso es que cada uno no se esfuerce en dar el fruto que Dios espera de él".

De hecho, Jesús rechaza una explicación fácil y cómoda al problema del mal. Aquellos que pretendían - o que pretenden - solucionarlo todo echándole la culpa al castigo de Dios, se quedan sin embargo muy tranquilos ante las personas que sufren o que mueren cada día injustamente. No es ésa la postura del Evangelio.

Para Jesús todos somos como aquella higuera plantada en la viña y no siempre damos el fruto que cabe esperar de nosotros. No damos fruto de acuerdo con lo que hemos recibido. Pero al mismo tiempo se nos ofrece la posibilidad de darlo en adelante. Más aún, se nos trata de manera que no tengamos excusa si no damos fruto.

A través de las Lecturas de hoy (Ex 3, 1 ss; 1 Cor 10, 1ss; Lc 13, 1-9), además de la llamada a la conversión, nos llega también, y de modo muy especial, una revelación de Dios como Aquél que está presente en su Pueblo y lo llama a vivir en libertad, a servirle sólo a Él y no a sus opresores: "Yo he visto la opresión de mi pueblo, que está en Egipto, y he oído los gritos de dolor, provocados por sus capataces. Sí, conozco muy bien sus sufrimientos. Por eso he bajado a librarlo, y a hacerlo subir".

La llamada a la conversión, es una llamada a vivir en el amor, como Él nos ama, en la verdadera dignidad de hijos de Dios, y a trabajar arduamente para que todos puedan vivir así. Si estamos llamados a ser hijos de Dios, a dar fruto, es porque Dios confía en nosotros, es porque Dios valora nuestra dignidad.

Y sin esta conciencia de la propia dignidad y libertad no sería posible la conversión que el Evangelio nos propone. Porque solamente una persona que se siente libre (libre del pecado) puede decidirse a vivir siguiendo los caminos del Evangelio. Solamente una persona que se siente animada por la fuerza del amor de Dios, se lanzará a dar los frutos de justicia, de paz, de solidaridad, de amor, creyendo realmente que ello es posible, que no es un esfuerzo difícil ni inútil.

Conocer el amor que Dios nos tiene, la confianza que nos muestra, es una llamada a nuestra responsabilidad, a no vivir en falsas seguridades, a estar en actitud de responder con disponibilidad a la invitación de Dios.

Todos los que hemos recibido el Bautismo, formamos parte de la Iglesia y nos reunimos cada Domingo para alimentarnos con la Palabra y la Eucaristía. Pero, ¿hemos llegado, realmente, a conocer a Dios? ¿Vamos dando el fruto que Él espera de cada uno? Es lo que Jesús pretende de todos nosotros cuando en cada celebración de la Eucaristía sale a nuestro encuentro. La respuesta está en nosotros.*

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