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domingo | 14.03.2010 Actualizado: 09:40
La iglesia de hoy
Escribe Monseñor Dr. José Luis Kaufmann
Dios perdona cuando hay arrepentimiento
Al hablar sobre la conversión durante este tiempo de Cuaresma, tenemos el peligro de quedarnos sólo en las palabras o mirar para otro lado en la convicción de que no tenemos pecado. Para evitarlo - para vivir de realidades y no sólo de palabras o sentimientos - es muy útil considerar cómo Jesús nos presenta lo que es la conversión en la parábola que hoy es proclamada en el Evangelio (Lc 15, 1 ss).
Uno de los personajes de la parábola es el hijo menor, que reconoce y se duele de su pecado. Al reflexionar sobre la conversión, podríamos omitir ese primer paso. El paso que todos debemos dar si queremos ser honestos, si queremos ir en profundidad. El paso de reconocer el mal, el pecado que hay en nosotros. Un mal que no es sólo personal, porque también está en nuestra sociedad y en nuestras comunidades cristianas. Quien se cree limpio de culpa no necesita la Salvación, no necesita recibir la Buena Noticia del Evangelio. Quien se cree sin pecado no puede ser cristiano. Porque para ser cristiano la primera actitud es reconocerse pecador. Sólo después de este primer paso podremos emprender, tanto individual como comunitariamente, el camino de la conversión.
Otro personaje - que es "EL" Personaje -, el Personaje central, fundamental, para recorrer el camino, es Dios, el Padre. Si no tuviéramos a Dios Padre nuestra vida no tendría sentido.
Puede darse que muchos cristianos tengamos una imagen equivocada de este Padre-Dios que siempre ama y siempre espera. Pero al ir creciendo en la fe, Dios irá entrando en nuestra vida. El hijo menor se propone decir al Padre: "ya no merezco ser llamado hijo tuyo". Pero al llegar se encuentra con su Padre que lo recibe de corazón, que corre a abrazarlo, que inmediatamente organiza una gran fiesta para celebrar la conversión de su hijo, el regreso, la reconciliación.
A nosotros nos es difícil comprender este extraño amor del Padre que olvida el pasado y sólo piensa en la alegría del reencuentro. Quizá por eso, cuando pensamos en el sacramento de la Reconciliación o Confesión, pensamos más en lo que diremos nosotros, en los pecados de los que nos acusaremos, que en la fiesta que Dios quiere celebrar. Deberíamos comprender que en el sacramento de la Reconciliación lo más importante es la celebración del Amor de Dios, el perdón de Dios, sin dejar por eso de confesarnos bien, con humildad y arrepentimiento.
En esta parábola hay un tercer personaje que no podemos olvidar. Es el hijo mayor, el hijo fiel que nunca abandonó la casa del Padre, pero que no sabe recibir al hermano que vuelve ni sabe alegrarse con su Padre. Es el hombre que se cree fiel cumplidor, que se cree justo y bueno, pero que en realidad no entiende nada del Padre. Es un personaje frecuente entre nosotros. Nadie lo podrá acusar de grandes pecados, pero vive cerrado a la vida, al amor. No ha roto con su Padre, pero no aprendió a amar como su Padre. Por eso, tampoco sabe alegrarse como su Padre. Para él, hablar de conversión o reconciliación sería cumplir con unas normas, obedecer unas orientaciones. No sentirá la necesidad de reconocer su falta de amor, la necesidad de emprender también él un camino hacia Dios. ¿Cómo puede hacerlo si se cree mejor que los demás?
En este cuarto Domingo de Cuaresma reflexionemos sobre esta enseñanza de Jesús. Quizás seamos como el hijo pródigo, o como el hijo mayor, pero en todo caso necesitados de perdón. Por eso, lo importante es que, en cualquier condición que estemos, sepamos dejarnos abrazar por el Amor misericordioso de Dios Padre.*
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