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domingo | 14.03.2010 Actualizado: 10:39
CONTRATAPA
No se puede guardar nada
Por Alejandro Castañeda
Las cajas de seguridad son la frontera final de una privacidad en retirada. Las cámaras vigiladoras, internet, los hacker, las redes sociales, los guardias privados, todo va aniquilando la poca intimidad que nos queda. Pero las cajas de seguridad eran como la guarida final de los ahorros, un lugar inaccesible, lejos de manotazos de atracadores y gobiernos en bancarrota.
Antes, la gente tenía sus escondites sagrados. Los hogares eran seguros y puertas adentro todo estaba protegido. Hasta el más desamparado tenía un cajoncito para guardar secretos y posesiones. Pero los ladrones acabaron también con esta buena costumbre. Y cuando los colchones, los escondites y los bancos fueron saqueados, la gente acudió a las cajas de seguridad. La demanda creció y los bancos no daban abasto. Los albañiles construían bóvedas a todo vapor para saciar a una clientela asustada que después del corralito quería tomar distancia de ministros y arrebatadores.
Pero hubo algunas señales que le fueron restando puntos a su fama de sitios inexpugnables. Cuando la Caja de loas Psicólogos de la Provincia fue robada sin molestia, empezó a sonar la alarma en los sótanos bancarios. El faltante jamás apareció y los profesionales todavía esperan que alguna catarsis de los rateros termine trayendo algún vuelto.
A medida que la privacidad se fue resquebrajando, los sistemas de custodia fueron perdiendo eficacia. Crecen los arrebatadores a la par de los exhibicionistas. Poco queda de la vida reservada de antes. La gente sube a la red todo, sin medir riesgos ni pesares. Antes, el amor y sus caídas pertenecían a la esfera más intima. Hoy ponen en pantalla sus festejos y sus necesidades, exhiben su sexo y sus urgencias, licitan citas, subes fotos y ofertas, como si necesitaran dejar rastros de su paso por la vida. Mimetizados con sus personajes, es como si los tesoros, los servicios de guardias y las cajas fuertes se hubieran contagiado de este clima de gran franqueza, dejando en suspenso su condición de cosa segura y secreta.
Ahora que los autores del robo del siglo están en el banquillo de los acusados, una nueva banda vino a reclamar su lugar entre las agrupaciones canallas más estudiosas y sofisticadas. Esta vez fue en un banco Macro, de Callao casi Corrientes. Pleno microcentro, sin túneles ni rehenes, poniendo en ridículo la seguridad bancaria, justo cuando la titular del Banco Central rendía cuentas de giros y saldos. Como los de Acassuso, los nuevos boqueteros hicieron gala de buenos modales y de precisión. Ni aprietes ni amenazas. Estuvieron siete horas dándole al soplete, esquivando cámaras, rompiendo muros y desactivando alarmas, cosa de poder llegar a se paraíso del secreto que guardan mucho más que dineros y anillos.
La delincuencia tiene sus rangos. Los boqueteros parecen ser los únicos bandidos que trabajan a largo plazo. No es gente de arma sino de sopletes. Eluden la refriega, se manejan a pura tecnología y reivindican el valor de la paciencia y la planificación. En el reino de la chapuza y la improvisación, dan cátedra de profesionalismo y trabajo en equipo y de paso desafían la calidad de un sistema de seguridad tan costoso y tan burlado. Si en Acassuso sorprendieron por su cuidada puesta en escena y sus gomones, en Callao asombraron por su sofisticado instrumental y sus especialistas en cámaras y alarmas. Encontraron eso sí más cajas vacías que la muchachada de Acassuso; es que hasta las bóvedas andan pobres de efectivo. Y dejaron en su adiós, una frase ("aquel fue el robo del siglo, este es del milenio") que es un alarde. La conclusión no por repetida deja de ser inquietante: la gente ya no sabe dónde poner lo poco que va salvando.
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