Revista Domingo
Ayuda
Contacto
Mapa del Sitio
Publicado en Edición Impresa:
Revista Domingo
domingo | 11.07.2010 Actualizado: 11:03
LITERARIAS
La partida de Horacio Castillo
El adiós a un poeta y pensador
La triste noticia de la muerte del poeta Horacio Castillo conmovió esta semana al mundo de la cultura argentina y particularmente a nuestra ciudad, lugar donde creció y desarrolló su prolífica obra como escritor, traductor, crítico y ensayista. Y es precisamente la riqueza de este legado, el único consuelo posible en semejante trance.
Horacio Castillo ha sido, antes que nada y como el mismo se ha descrito, un "servidor de la Belleza". Sin embargo, ese destino último, ese compromiso vital inalterable, ha guiado su búsqueda por caminos diversos a lo largo de los años.
"La obra poética de Horacio Castillo es una de las más sólidas y homogéneas de cuantas se han concebido en estas últimas décadas", asegura Guillermo Pilía en Historia de la literatura de La Plata. Se trata de una obra que "en búsqueda permanente de nuevas formas expresivas, mantiene no sólo un estilo sino también una constante profundidad metafísica".
Es que la búsqueda personal del poeta estaba profundamente enraizada con la de los grandes pensadores universales, comenzando por los de su amada cultura griega.
"La poesía de Horacio Castillo -asegura Esteban Nicotra- siempre nos enfrenta a un límite, a un umbral, más allá del cual empieza el misterio, lo inquietante. Se sitúa en esta zona abismal y describe con un pequeño mito, personal o colectivo, su entorno. Límite de nuestro lenguaje social, límite de nuestra capacidad de imaginar, de nuestra sensatez, de nuestra posibilidad de amar, de nuestra existencia. Pero en ese límite se reconocen nuevas fuerzas que surgen a partir de la palabra poética y su don de evocar la realidad; la realidad, también, de nuestro sueño".
En sus poemas, los mitos helénicos conviven con su realidad de su ciudad, con su presente, habitando sin contradicciones un mundo de ideas, preguntas y dilemas filosóficos, donde se encuentra uno de sus temas fundamentales. "Mi poesía no está orientada a lo griego -afirmaba el propio Castillo-. Desde luego, como herederos de semejante cultura participamos de ella, pero no en mayor cantidad que otros elementos de la tradición occidental. Mi poesía se integra a esa tradición y procura, en la medida de sus posibilidades, renovarla, reinterpretarla, enriquecerla".
TIEMPOS DEL POETA
Si bien algunos críticos coinciden en marcar su primera etapa como la de una escritura "epigramática, lapidaria, sentenciosa" (Ricardo Herrera) ó "formas expresivas que parecen griegas o latinas, despersonalizadas, con exigente y lacónica retórica" (Norma Carricaburo), el libro Tuerto rey (1982) marcó el primer cambio destacable en su mirada poética.
"La búsqueda insaciada, la constatación de que 'lo finito sólo puede deliberar sobre lo finito', es la que predomina a lo largo de toda la primera etapa de su obra. Ya en Tuerto rey comienza la postulación del sentido de la búsqueda a pesar de toda decepción (...). La voz poética ha dado por sí misma el salto en el vacío y comienza, como la rana del poema 'Croar del alma', su canto. Ya no queda imaginar la poesía como pura visión que se adentra en lo desconocido", asegura Pablo Anadón en su escrito El ojo núbil de la noche. Lectura crítica de Horacio Castillo.
Por aquellos años, con motivo de recibir una distinción de la Sociedad de Escritores de la Provincia de Buenos Aires, Castillo leyó un ensayo suyo titulado "El poeta en las postrimerías", donde rescataba el espíritu que lo inspiraba. "(Es necesario que) cuando la ruina se ha consumado, cuando ya no hay centro, el Espíritu recupere su propia gravedad, y se convierta él mismo en centro. Que el mundo, los astros, la historia, la vida y la muerte giren a su alrededor. Entonces tendremos nuevamente destino, y puede que tengamos porvenir", decía Castillo.
Más tarde, con la aparición de su libro Cendra, Pilía señala el comienzo de otra nueva etapa en la poesía de Castillo a la que define como "la religiosidad de la alegría", en la que el escritor "nos revela el gozo del espíritu que ya ha alcanzado la resurrección".
LA HUELLA DEL POETA
Como todos los poetas y pensadores destinados a dejar su huella, Horacio Castillo constituye en sí mismo un universo profundo, cambiante y en muchos aspectos insondable. Por eso su obra, en la que se brindó sin reservas, es el preciado legado en el que abrevarán nuevas generaciones pero también desde el que el autor volverá siempre a interpelar al Hombre sin importar el tiempo.
"Toda su poesía es un itinerario gnoseológico y poético que no ha esquivado la mirada de los abismos existenciales, sociales, dejándose acompañar por el amor de la vida, cópula, transmutación y parición del alma desde la sima del dolor y la desesperanza, hasta el verso que grita el 'sí' de la 'sangre sin principio ni fin'", asegura Nicotra.
En "El poeta en las postrimerías", el propio Castillo decía: "Cada hombre, cada creador, cada nación, cada época, experimentan en su propio corazón el mito de Fausto: la juventud o la inmortalidad, la tierra o el cielo, la ley del día o la pasión de la noche. Esta dicotomía, dramática en sí misma, asume características angustiosas en las postrimerías. Cuando muere una edad, cuando concluye una cultura, cuando se extingue una civilización, ese antagonismo alcanza su mayor intensidad. La conciencia del caer, la esperanza de renacer, someten al espíritu a su máxima tensión, lo llevan 'al supremo grado de individuación del ser doliente'. Y mientras una fuerza centrífuga grita: 'Viva la fugacidad', una fuerza centrípeta replica: 'Viva lo eterno'".
Ir al inicio de la nota
Compartir en Facebook
TAMAÑO DEL TEXTO
|
IMAGENES
© Copyright 1998-2010 El Día S.A.
Contáctenos
|
Página de Inicio
|
Mapa del Sitio
|
Versión Palm
Miembro del IAB. Internet Advertising Bureau
Sitio auditado por Certifica Metric