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 sábado | 17.07.2010  Actualizado: 07:39

ENFOQUE

Las lecciones del Mundial 


Por DARDO PEREIRA (*)

Vivimos los argentinos con el Mundial de Fútbol que se fue, una ilusión que, lamentablemente, se frustró antes de lo esperado. Los pocos días entre el debut del seleccionado y su triste despedida, transcurrieron rebosantes de alegría. Eran los días en los que las casas de los suburbios, así como los departamentos del casco urbano, lucían engalanados con gallardas y altivas banderas celestes y blancas. Los autos y colectivos desfilaban incesantemente como carros victoriosos con nuestra divisa flameando airosa y esbelta cual tanque de guerra que retornaba del frente de combate. Es que de alguna manera el mundo del deporte va reemplazando paulatinamente a los ejércitos en esto de definir contiendas, o supuestos liderazgos a nivel local, regional o planetario. Por lo menos así lo siente la gente, desde acá hasta la China.
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Fue enorme la algarabía triunfalista cuando Brasil quedaba en el camino. Ya nos sentíamos campeones del mundo. Pero como pobre que se divierte, al otro día sucedió lo peor, el golpe demoledor de la realidad dejó encallado en los arrabales del Río de La Plata los sueños del campeón. Entonces, como mutantes a los que se nos había terminado la fiesta, volvimos a la verdad y nos dimos cuenta de que nada había cambiado, que todo había sido una ilusión. Nada más que eso, una ilusión pasajera. En ese instante volvimos a ver que los políticos eran los de siempre, que la inseguridad era la de siempre, que los peleas televisivas eran las de siempre, que nuestra dirigencia estaba más preocupada en la candidaturas y en la confrontación como estilo de hacer política, en vez de fabricar consensos para mejorar la calidad de vida de la ciudadanía.

EL FUTBOL Y EL PAIS

¿Y entonces para que sirvió la pequeña alegría que tuvimos en esas dos semanas mundialistas? A muchos argentinos les sirvió para pensar. ¿Para pensar qué? Por supuesto, para pensar en fútbol, y si se quiere en algo más. Para pensar por ejemplo que en el partido decisivo se enfrentaron más que veintidós voluntades, se enfrentaron dos formas de concebir al fútbol como expresión colectiva de un juego. Por un lado está el equipo que trata de funcionar organizadamente y ordenadamente, que cree más en la fuerza del conjunto que en las individualidades, en el orden y en el respeto a las normas establecidas que en la espontaneidad y el sentido mágico.

Del otro lado estaba nuestra selección, que representó acabadamente un estilo diametralmente opuesto, una forma de entender el fútbol en donde los estados de ánimo se tornan definitorios, que cree en las individualidades más que en la fuerza del conjunto, en las personalidades más que en el equipo. Que cree en las cábalas, y en la fuerza arrasadora de las imágenes, en los efusivos afectos y en los besos, en los actos emocionales, y a veces hasta inexplicables, como hacer entrar a un goleador en un partido definido y pensar que el gol que convirtió era una manifestación de un llamado divino que nos eligió a nosotros como destinatarios.

Esto tiene que ver con esa idea que vuelta a vuelta circula por bares, calles, pueblos y ciudades por la cual Dios es Argentino, o que su representante en la tierra, Maradona, es Dios. Nuestro técnico le dio su impronta al equipo, la impronta de lo que fue él como jugador. El estilo de un hombre que creyó mucho más en la espontaneidad, en el individualismo, en la creatividad que en el trabajo del conjunto. También se puede decir que Maradona es la expresión popular de una Argentina secreta y creyente que está convencida de la fuerza de los milagros y en las leyendas populares, que cree en el poder mágico del centrefoward y por supuesto en las virtudes sanatoriales de talismanes populares como la Difunta Correa o el Gauchito Gil.

Es además la expresión política de una Argentina postergada y sumergida, de una Argentina subterránea que viene de lo más profundo de nuestra historia, de una Argentina perseguida, que fue gaucho en una época y "cabecita negra" más adelante, que sueña con el retorno de la épicas batallas futboleras de antaño. Nuestro Director Técnico, que es el más peronista de los Directores Técnicos, hubiese sido el más mazorquero de los técnicos si hubiese existido el fútbol en los tiempos de Rosas. "El Diego" se ha erigido en la más clara expresión de los sectores sociales postergados, que encuentran en su ídolo, como en los talismanes sanatoriales, su razón de ser. Es por eso que estarán siempre con él y no entenderán ni de tácticas, ni de estrategias, y en la misma frustración y caída del ídolo, encontrarán su propia justificación de clase asimilando así en cierta medida su propia resignación.

LA CULPA NO ES DEL CHANCHO

Mientras tanto la Argentina deberá comprender y asimilar la lección de que los manejos dictatoriales en la designación de conductores tácticos no suelen ser el mejor recurso. Deberá comprender que no existen soluciones individuales, que el equipo campeón fue eso, un equipo, como lo fueron Holanda o Uruguay, que con mucho menos llegaron más alto. Que los equipos cuentan con recursos tácticos y que no dependen únicamente de la calidad de los futbolistas, que hay planificaciones de acuerdo al rival y no simplemente espontaneidad. Y por último todos los argentinos deberemos comprender que, como dice el refrán, "la culpa no es del chancho sino del que le da de comer". Si entendemos esto y lo aplicamos también a la vida política, otro destino futbolístico y otro país nos esperan.


(*) Presidente de la Sociedad Odontológica de La Plata


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