Para saber cómo es la soledad 


Por OSCAR JALIL

Más de una vez y sin el más mínimo pudor periodístico revelé mi admiración por la obra de Luis Alberto Spinetta. La crónica de un recital, la edición de un nuevo disco o la evocación de sus obras sagradas funcionaban como simples excusas para abrazar a Don Lucero. Recuerdo, a mediados de los noventa, robarle al Flaco una frase -incluida en “La montaña”- para ilustrar la nota de tapa del Suplemento Joven del diario EL DIA: “Trepen a los techos ya llega la aurora”, rezaba la volanta a modo de celebración ante un inminente show de Spinetta en La Plata. ¿No sé por qué? pero alucinaba con la imagen de unos sencillos vecinos platenses subidos a los techos de sus casas para recibir al músico, era como una postal peronista de la década del ‘70 y escondía el deseo de convertir a Spinetta en un héroe popular. Pero Spinetta no llenaba estadios y rara vez sonaba en las radios de moda. Esas mismas visiones alcanzaron el grado de epopeya radial: el 23 de enero de 2002 desde Radio Universidad festejamos el cumpleaños número 52 de Luis con un programa especial de diez horas de duración. Los oyentes no lo podían creer. Me parecía la única forma posible de exponer más de cien canciones en algo parecido a una performance sin abusar de los adjetivos y con un montón de músicos discutiendo sobre el enigma Spinetta. Participaron Daniel Melero, Ariel Minimal y el Mono Fontana, entre otros. Ninguno se subió al bronce, y hasta intentamos charlar con el homenajeado. Imposible. Dos años después y gracias a una nota telefónica, también en Radio Universidad -ya había empezado su etapa de silencio hacia los medios gráficos-, Luis se enteró de la ocurrencia y preguntó si aún seguíamos medicados.

Ahora cuando la tristeza se siente en la garganta y el aire está más vacío que ayer a la tarde, mientras la televisión abierta es un gran noticiero acongojado y todos nos quedamos más solos, El Flaco suena por todos lados y su historia corre a toda velocidad. El primer esbozo llegó con forma de simple durante la primavera de 1968, la cara A arrancaba con una frase imborrable, “Para saber cómo es la soledad”, y de ahí en más “Tema de Pototo” marcó el camino de Almendra y su aura de nave madre. Aún impresiona los arreglos vocales sobre ese beat fundacional y la emoción que trasmite el Flaco al cantar una especie de elegía al amigo que ya no está, ahí nace un rasgo de estilo inalterable: la voz propia y un lenguaje anfibio como letra de rock y edificio poético. Desde ese momento no habrá pausa y el rigor estético pedirá superación a cada paso: Pescado Rabioso como emblema anárquico y valvular, más tarde Invisible abrirá las puertas al jazz y a una dramaturgia tanguera dentro de un rock progresivo tan genuino como los deseos de cambio de Spinetta Jade o los esfuerzos solistas durante la década que dejó varados a unos cuántos fundadores. Solista o más cercano en el tiempo al frente de Los Socios de Desierto, Spinetta nunca bajó el listón de calidad y evolución artística. Ahora vendrán las comparaciones con Gardel o Piazzolla y los odiosos obituarios ligeros, pero por debajo subsiste la sensación de aprender a vivir sabiendo cómo es la soledad.


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