EDITORIAL

Un caso emblemático sobre la prostitución y la trata de personas en nuestro país 



El juicio por el secuestro de la joven Marita Verón a manos de una red de trata, que se inició en estas jornadas en el Palacio de Justicia de la ciudad de Tucumán, concita una creciente atención pues se ha convertido, con sobrados fundamentos, en un caso emblemático de la esclavitud sexual y la prostitución en nuestro país, como elocuente reflejo, ambos fenómenos, de un grave problema social que el Estado debe combatir sin desmayo.

La breve y tan dolorosa historia de esa joven resume el destino de muchísimas mujeres reducidas a la servidumbre, privadas de libertad y dignidad, obligadas a ejercer una actividad plagada de marginalidades y transgresiones a la ley. Bien se conocen las reiteradas clausuras de casas de citas y prostíbulos en operativos que se realizan habitualmente en nuestra ciudad, en los que también fueron rescatadas mujeres menores de edad que trabajaban en locales nocturnos, cabarets o casas de citas, privadas de sus derechos elementales.

Al margen de este caso en particular e, inclusive, de los aspectos legales involucrados, lo que importa una vez más es señalar que se está frente a la presencia de un verdadero flagelo social, con víctimas y victimarios que, por la gravedad de los valores puestos en juego, exceden a los protagonistas directos de cada causa penal.

Se han detectado, en muchos de los casos, vinculaciones con redes mafiosas de gran operatividad en distintas zonas del país y en algunos Estados limítrofes, de acuerdo a las primeras evidencias surgidas en las investigaciones. En lo que se refiere a los organizadores de esta actividad, muchos de los detenidos tendrían fuertes vinculaciones con una red de trata de personas que funciona en el noroeste argentino, más precisamente en la frontera con Paraguay. Hace pocos meses, en un operativo que conmocionó, la mayoría de las 36 jóvenes recuperadas en los comercios nocturnos platenses habían sido traídas a La Plata bajo engaños desde aquel país.

Buena parte de esas mujeres dijo haber llegado a nuestro país atraída por ofertas laborales, tales como las de desempeñarse como mozas en casas de comida o para cuidar chicos. En poco tiempo, sin embargo, comprendieron que fueron víctimas de la oscura trama de la prostitución, sometidas a la explotación sexual y mantenidas bajo una virtual condición de esclavas en algunos locales nocturnos. Así, al ser rescatadas se comprobó que las mujeres vivían hacinadas, con castigos corporales y obligadas a ejercer la prostitución bajo amenazas.

Lo positivo reside en el hecho de que son cada vez más las personas que parecen estar tomando conciencia sobre la magnitud de este delito, y que es a partir de esa base cultural desde donde puede vertebrarse una política integral, que no sólo impida el crecimiento de episodios aberrantes -como el secuestro y la trata de personas- sino que, además, se atienda debidamente a las víctimas, devolviéndoles dignidad y condiciones de libertad que les permitan elegir una mejor calidad para sus vidas.


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