A 25 años de Malvinas
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A 25 años de Malvinas
JUAN JOSE ARRARAS
Alto en el cielo
Ascendido y condecorado por el Congreso de la Nación post mórtem, el primer teniente de la Fuerza Aérea Juan José Arrarás cayó en combate el 8 de junio de 1982, mientras tripulaba un avión sobre blancos ingleses. Su hermano y sus colegas lo recuerdan como lo que fue: un platense heróico y estudioso cuya mayor pasión era volar
Por FACUNDO BAÑEZ
Al principio quería ser sacerdote.
Tenía trece años y, ni bien terminó la primaria en la Escuela Nº10, comenzó a ir al seminario y a repetir una y otra vez algo que su hermano Ignacio todavía recuerda con cierto escozor: que se sentía llamado por Dios. "Se lo había dicho una vez a mamá -cuenta ahora Ignacio-. Pero a los 18 salió con que quería entrar a la Fuerza Aérea y tampoco a nadie le sorprendió: Juan sentía pasión por los aviones. Ya de chico. Vivíamos en 59 entre 20 y 21 y se quedaba horas y horas en la vereda mirando el cielo, esperando que pasara algún avión. El cielo siempre le generó intriga. Lo miraba y era como si mirara algo que sólo él podía ver..."
Juan José Arrarás quería ser sacerdote pero, vueltas de la vocación, el 3 de febrero de 1975 ingresó a la Escuela de Aviación Militar de Córdoba, después de recibirse de bachiller en el Normal Nº3 de La Plata. "El era el estudioso y yo el vago", rememora su hermano. Y agrega: "los profesores siempre me decían: 'Ignacio, por qué no sigue el ejemplo de su hermano Juan José...' Pero la verdad que seguirlo era difícil, muy difícil. Fijate que de los 1.500 aspirantes que había para ingresar a la Fuerza Aérea, sólo entraron 120 y se terminaron recibiendo nada más que 50".
El tercero de seis hermanos, Juan José Arrarás había nacido en La Plata el 23 de mayo de 1957, y 22 años después, el 16 de agosto de 1979, se recibió de aviador militar y comenzó a capacitarse para pilotear aviones de combate en la provincia de Mendoza. En 1981 obtuvo la tan esperada calificación de piloto "Apto para el Combate" y en 1982, cuando estalló la guerra, fue convocado junto a su escuadrón aéreo para sumarse a la base aérea militar de Río Gallegos, en Santa Cruz.
"A veces pienso que tenía 25 años cuando se subió a un avión para combatir y no lo puedo creer -cuenta Ignacio-. Había que animarse a pilotear un avión en plena guerra. Está bien que esa era su vocación y él se había preparado para eso, pero igual nunca me deja de sorprender que siendo tan chico hubiese tenido tanto coraje. Porque lo que le sobraba era precisamente eso: coraje".
Lo que ocurrió en las islas durante su último día es algo que llega del recuerdo -y el relato- de uno de sus colegas, el Vice Comodoro Héctor Hugo Sánchez, quien el 8 de junio de 1982 integró con Arrarás la escuadrilla de cuatro aviones que tenía como misión el ataque a unidades navales inglesas: "El vuelo se realizó en silencio radioeléctrico a unos 3.500 metros de altura, por un lado para evitar la detección de los radares chilenos que transmitirían información a la flota inglesa, y por otro para evitar la detección de los radares ingleses desde las islas..."
Unos 150 kilómetros antes de llegar al sur de la isla Gran Malvina, según el relato de Sánchez, los cuatro aviones sobrevolaban rasantes sobre las aguas del Atlántico Sur, tanto que el avión de Arrarás podía dejar en el agua los escapes de gases de su motor. Hicieron una vista de la panorámica y, desde el sur de la Gran Malvina, pusieron proa hacia el puerto Fitz Roy, al norte de la Bahía Agradable.
Al llegar a este punto, Arrarás y los otros pilotos comenzaron a recibir fuego de proyectiles de la infantería inglesa. Les disparaban con artillería antiaérea y misiles tierra-aire. Lograron sortear el ataque y abandonaron la Isla Soledad, a unos 10 kilómetros de la costa, y partieron hacia el Seno Choiseul, donde descubrieron una lancha de desembarco inglés e iniciaron un nuevo ataque.
"En el momento en que estamos saliendo de ese ataque -cuenta Sánchez-, pude ver a mi derecha algo que no esperaba: eran dos Sea Harrier que estaban lanzando un misil sidewinder cada uno. Enseguida di aviso a mis compañeros para que realizaran maniobras evasivas. El avión de Juan Arrarás se encontraba en ascenso y girando bruscamente, y justo en ese momento un misil le impactó en la parte de atrás...".
Lo que Sánchez observó en ese instante y luego confirmaron los propios pilotos ingleses que participaron de la contienda es algo que aún hoy la familia de Arrarás recuerda y relata como si lo hubiese visto: con su avión a punto de caer, Juan José Arrarás decidió eyectarse y saltar al vacío en paracaídas, pero la onda expansiva fue tan grande que alcanzó para prenderle fuego el equipo de salvataje en pleno descenso.
"Murió como un valiente -relata Sánchez-, peleando hasta el último minuto contra el enemigo y siendo un gran ejemplo para todos aquellos que quedamos como testigos de su grandeza".
Aquel 8 de junio de 1982, de los cuatro aviones que salieron de Río Gallegos volvió sólo uno, y el desempeño de Arrarás fue tan heróico durante la guerra que le valió el ascenso post mórtem al grado de primer teniente y una condecoración especial por parte del Congreso de la Nación.
"Nosotros nos enteramos de su muerte a las 24 horas -recuerda ahora su hermano Ignacio-. Yo estaba con mi papá en el campo y mi otro hermano nos vino a avisar. Fue terrible. Al principio nunca supimos qué le pasó; había desaparecido en ese combate y nadie sabía qué había sido de él después del ataque. Recién veinte años después supimos que se había prendido fuego en el aire".
Antes de ir a la guerra, cuenta su hermano, Juan José estaba a punto de casarse con una chica cordobesa, un noviazgo que había comenzado en sus años en la Escuela de Aviación Militar de Córdoba. "Los hermanos de la chica también eran pilotos -dice Ignacio-. Y fijate lo que son las cosas: muchos años después, esa chica se recibió en la facultad de Derecho, se casó, formó una familia y fue nombrada como juez. Y el día que tuvo su primer hijo, le puso de nombre Juan José...".
Además del recuerdo imborrable que perdura en sus hermanos y su madre, en la casa de Juan José quedan vestigios intactos de su vida platense: ropa, diplomas de graduación, cartas, fotos. En una de ellas, se lo puede ver en su época de alférez junto a uno de los aviones con los que aprendió a volar. Está con su uniforme de piloto y mira al lente con una sonrisa tranquila. Es una sonrisa de calma casi celestial, acaso de satisfacción por el deber cumplido.
Porque si bien es cierto que Juan José Arrarás alguna vez quiso ser sacerdote, también lo es que el día que se alistó en la Fuerza Aérea con apenas 18 años lo hizo siguiendo el llamado de su vocación, que es, como dice ahora su hermano, "seguir de alguna manera también el llamado de Dios".
Quería ser sacerdote pero también aprender a volar. Quería estar en el cielo y lo hizo. Allá arriba, a donde miraba desde su casa de la calle 59 cada vez que pasaba un avión. Alto, muy alto. Tan alto que, aún hoy, 25 años después de morir en combate, a nadie asombra esa mirada suya en la foto de tranquilidad y satisfacción por el deber cumplido.
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JUAN JOSE ARRARAS (8/6/1982)
Edad: 25 años
Estudios: Cursó la primaria en la escuela Nº 10 "Ricardo Gutiérres" y el secundario en el Normal Nº 3. El 3 de febrero ingresó a la Escuela de Aviación Militar de Córdoba y el 16 de agosto de 1979 se recibió como Aviador Militar
Lugar en el que vivía: 59 entre 20 y 21, La Plata
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