Viaje a las islas Malvinas

(Fragmento inédito del libro "Viaje a las islas Malvinas", de Oscar Ibarguren, Luis Poncetta, Raúl Pavoni y Gabriel Sagastume). El texto que se transcribe a continuación corresponde a Gabriel Sagastume, ex combatiente platense

A la mañana del día siguiente, domingo 12 de noviembre se celebraba en toda Gran Bretaña y países asociados el Remembrance Sunday, con actos de recordación y homenaje a los caídos de todas las guerras. Cuando le dijimos a John que teníamos intención de presenciar el acto que se realizaría en la isla, enseguida nos preguntó si podía acompañarnos. A las 10 en punto pasó a buscarnos y nos entregó a cada uno una "poppy", una flor roja de papel, con un botón negro en el centro que todos, TODOS los habitantes del pueblo llevaban puesta ese día, ya sea en su solapa, campera o abrigo, o también como calcomanías en las camionetas.

Esperando en el hotel veíamos por televisión que los jugadores de los equipos de rugby que ese día disputaban una fecha más del campeonato de Inglaterra, también llevaban impresa en su camiseta una poppy. La flor representa una amapola y recuerda una batalla en los campos de Flandes, en Bélgica, durante la 1° guerra mundial, donde murieron miles de ingleses. Cuenta la historia que las tropas avanzaron por campos sembrados de amapolas y el incesante caminar de los soldados provocó que las semillas germinaran y florecieran como nunca. Mares de flores rojas surgieron en los campos. Pero allí también, tendidos entre las flores quedaron miles de cuerpos, destrozados, heridos y muertos después del combate.

Esa imagen llevaron en sus cabezas los sobrevivientes y un oficial canadiense escribió una poesía, que pasaría a la historia al retratar ese momento que todos los que recorrieron esos campos llevaban en sus recuerdos. La flor roja de la amapola sería desde entonces el símbolo que recordaría por siempre a quienes murieron en la guerra.

Bajamos a la calle de la costa, a Ross Road y cruzamos el 1982 Memorial Wood, un lugar pegado al cementerio del pueblo, donde los isleños plantaron un árbol por cada inglés muerto en la guerra del 82. Un mapa hecho a mano por un artista local indica el lugar que corresponde a cada uno y el arma al que pertenecía. Así pudimos ver que hay muchos Royal Marines, muchos Parachutes, un gurkha y tres civiles, mujeres las tres, entre los caídos de nuestra guerra.

Las mujeres murieron en la casa de John, a consecuencia de "friendly fire" es decir, fuego amigo, una bomba arrojada por las tropas británicas, que en los últimos días del combate sembraba su artillería por todos lados, incluso el propio pueblo. No fue la única bomba que cayó entre la población civil, pero sí la única que causó bajas. John recibió esquirlas en una pierna producidas por esa misma bomba y todavía se le nota cierta renguera al caminar, pero no le gusta hablar de eso.

Caminamos hasta el lugar del acto, frente a una cruz que recuerda a los muertos de la 1° y 2° guerras mundiales. Yo me había puesto un gorro de lana celeste y blanco, con la firma del Diego (diez) y nos detuvimos en la calle a la izquierda de la escalinata que lleva hasta el monumento. En un momento se acercó hasta nosotros un hombre corpulento que llevaba una boina militar, John nos presentó y nos dijo que era Gary Clement, un veterano inglés del Para 2 que había decidido quedarse a vivir en las islas después de la guerra. Nos preguntó si después del acto, otros veteranos del 82 que estaban presentes podían venir a saludarnos.

Entonces John me dijo que los colores de mi gorro eran irritantes para los participantes de la ceremonia. Le expliqué que para nosotros tenían un significado más futbolístico que patriótico, pero me lo quité, porque no quería molestar en un acto de recordación a los caídos. Varios días después, John me confesó que creía que Gary venía a buscar pelea a causa del gorro.

De pronto hizo su aparición en el cab (taxi inglés) color bordó, que usa habitualmente, el gobernador de las islas, vestido con el uniforme de gala, y su sombrero con plumas. El chofer, negro, se fue a estacionar cerca de allí. Luego de subir las escaleras acompañado de los jefes de la base militar, el sacerdote anglicano dijo unas palabras y comenzó el homenaje. Se colocaron coronas de poppies, se pronunciaron discursos, una corneta sonó y una explosión indicó que comenzaban los dos minutos de silencio. Sólo se escuchaban a las gaviotas y a los gansos, y a algunos chicos que jugaban.

Volvió a sonar una sorda explosión, el cura despidió a los presentes y el acto terminó. Se acercaron lentamente varios veteranos ingleses y comenzamos a darnos las manos. Nuestro desconocimiento del idioma impedía entender lo que nos decíamos, pero las caras eran de respeto y amabilidad por ambas partes. Uno de ellos tenía visibles cicatrices en la cara, a consecuencia de graves quemaduras: nos dijo que era un sobreviviente del Sir Galahad, barco hundido en la guerra. Otro, petiso, al preguntarnos dónde habíamos estado y mencionarle Wireless Ridge, nos dijo que allí había peleado él, como miembro del Para 2. Oscar le hizo un gesto y le dio un abrazo, y al inglés se le humedecieron los ojos.

Nos subimos al lado de la cruz y nos sacamos fotos. Las mujeres de los ingleses aparecieron también para tomarnos fotos, y sonreímos como si fuéramos un equipo de fútbol del colegio. Volvimos a nuestro hotel a tomar un café con John. La primera emoción fuerte del viaje había pasado.

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