NESTOR SANDOVAL
Un civil que murió trabajando
Fue uno de los civiles que murió en la línea de fuego. Una fragata inglesa bombardeó el barco de la Marina Mercante en el que trabajaba de mayordomo. Era su último viaje, porque después se jubilaba. Un cuarto de siglo después, para su familia es una ausencia que no se entiende
Por LAURA GARAT

Néstor Sandoval en lo que era su segunda casa: la cubierta de un barco con destino al surEl sur. Su brújula siempre apuntaba al sur argentino, y cuanto más austral fuera, mejor. No había Europa ni Caribe o Brasil -donde había estado muchas veces- que desviaran a Néstor Omar Sandoval de ese punto cardinal. Era el lugar en el que el marino mercante quería vivir con su familia cuando se jubilara, en pocos meses más según sus planes. Ahí, en su paisaje preferido, murió el 10 de mayo de 1982. Una noche tan oscura como helada en el estrecho San Carlos, entre la Gran Malvina y la Soledad. Un mar negrísimo congeló su cuerpo después de tirarse desde la cubierta del Isla de los Estados, el buque de la empresa Transportes Navales al cual disparó toda su furia la fragata inglesa Alacrity. Fallecieron, además de Néstor, otros 14 civiles y 10 militares; sobrevivieron un capitán de corbeta y un marinero.

Había nacido el 9 de noviembre de 1929 en La Plata; tenía 52 años, una esposa y tres hijos de 19, 17 y 16 años que esperaban ansiosos su vuelta a la casa de 20 entre 69 y 70. Era el último viaje del marino mercante y con la jubilación vendrían los tiempos de estar en familia; de compartir con María de las Mercedes, Liliana, Andrea y Julián aquellos momentos que hasta entonces limitaban las largas ausencias que imponía el trabajo en el mar. Retirarse de la actividad había sido una promesa hecha en el verano del 82, durante las vacaciones en Santa Teresita: las últimas.

En esas playas, ese verano, un detalle llamó la atención del marino mercante. Lo vio en los diarios, en las páginas donde se publican las posiciones de los barcos. El suyo, el Isla de los Estados, estaba localizado en las Malvinas. "Ya lo vimos preocupado por eso; que no era normal. Pero no quiso alarmarnos más y esperó que lo notificaran por telegrama", recuerda Julián.

Néstor no era militar ni soldado; pero su condición de civil no lo eximía del compromiso. La marina comercial daría apoyo logístico a las Fuerzas Armadas en guerra. Aquel viaje a Malvinas, peligroso, en la línea de fuego, y nada menos que con la flota naval británica en contra, era un deber que tenía que cumplir. Así se lo explicó a María de las Mercedes y a los chicos cuando llegó el telegrama que lo convocaba para presentarse en El Palomar y desde ahí abordar el Hércules que lo llevaría a Puerto Argentino. El conflicto se había desatado y tenía que incorporarse al Isla de los Estados que ya estaba navegando en el estrecho San Carlos.

Esta vez Néstor fue a las Malvinas como tantas otras desde hacía cinco años. Sólo que en esta oportunidad, el Isla de los Estados -donde era mayordomo- estaba bajo el mando de la Armada, y en lugar de transportar alimentos y ovejas como en las anteriores travesías, cargaba armamentos. De calado pequeño, era uno de los pocos barcos que podía ingresar con facilidad a las rías y canales estrechos y dejar en tierra minas, municiones y víveres que los navíos más grandes no podían acercar a las fuerzas de combate. Embarcación comercial, no contaba con radares poderosos y carecía de defensas contra ataques aéreos o navales. Era un blanco fácil; y por las operaciones que realizaba, desde la estrategia enemiga, conveniente.

"Esto está más complicado de lo que creíamos", escribió Néstor en una carta a su familia sin entrar en detalles para ahorrar preocupaciones. Poco consiguió en ese sentido porque su mujer y sus hijos sabían que los combates eran diarios y estaban al tanto, además, de que la embarcación que administraba el marino estaba cargada de minas. Ese dato le explica a Julián por qué el Isla de los Estados no tardó en hundirse. Los cañonazos fueron directo al depósito de armamentos. "Estalló inmediatamente", señala.

El buque argentino fue atacado a las diez de la noche cerca del Puerto Howard; explotó y a los pocos minutos desapareció de la superficie del agua. Julián recuerda la desesperación familiar de aquella noche en La Plata. María de las Mercedes y sus hijos miraban televisión en el living de la calle 20. La película se cortó con uno de los tantos comunicados de la junta. Para los Sandoval no fue un comunicado más. Una voz en off decía que en Malvinas habían perdido contacto con el Isla de los Estados. Sobrevinieron la ansiedad y la angustia. El teléfono empezó a sonar con la inquietud de los allegados a la familia que habían escuchado la noticia. Esposa e hijos esperaron atentos la siguiente palabra oficial sobre el destino del barco, pero todo era confuso y sin precisiones. Recién un par de días más tarde llegó la confirmación. "Vinieron de la Armada en persona a traernos la noticia", evoca Julián.

Julián tenía 16 años y era alumno de tercer año del Industrial cuando perdió a su padre. Hoy, con 41, y arquitecto, conserva intacta en su memoria la personalidad del marino, un hombre que, según cuenta el menor de los hermanos Sandoval, amaba el mar, el horizonte blanco e inacabable de la Antártida, viajar, el campo y la naturaleza en general. Muy lector, el "Martín Fierro" era su obra predilecta, tanto que la recomendaba una y otra vez a quien se cruzara en su camino. "Familiero", lo describe también su hijo y ahí se le humedecen los ojos. "Siempre vivió para nosotros", añade.

Hace un cuarto de siglo que Néstor no está. Se lo llevó una guerra de la que todavía se buscan explicaciones. Una pasión por el mar que arrancó a los 18 años cuando subió por primera vez como metre a un crucero de pasajeros y el deber de cumplir con su trabajo aunque las circunstancias no fueran las mejores se conjugaron en un destino que a su viuda y a sus hijos aún les cuesta entender. "Todavía hay veces en que pienso en que no debía haberse embarcado -reflexiona Julián mientras busca las fotos más representativas de su padre en una vieja caja que atesora viajes y reuniones familiares-, pero después entiendo que él quiso ir, que lo sentía como una obligación; porque mi viejo era un tipo muy trabajador, responsable y comprometido con lo que hacía".

El tiempo, se sabe, tiene el don de calmar el dolor; aún aquel que alguna vez resultó insoportable se atenúa con los años. Pero hay resignaciones que no llegan nunca. "Mi papá no alcanzó a ver que todos nosotros seguimos carreras universitarias y nos recibimos, ni tampoco llegó a conocer a Luca y Jano, sus nietos, los hijos de Liliana. Me quedé con las ganas de verlo feliz por esos acontecimientos", lamenta Julián.

"Por lo menos está enterrado en Malvinas", agrega el hijo de Néstor con alivio. Su padre y el teniente oficial capitán de ultramar Jorge Bottaro son los dos únicos integrantes de la tripulación del Isla de los Estados que tienen una cruz con nombre y apellido en el cementerio de Malvinas. Allí Julián fue dos veces. La primera cuando el gobierno de Gran Bretaña autorizó la visita de familiares argentinos, en 1991; la segunda, diez años más tarde, cuando pudo estar una semana en las islas y conocer en profundidad detalles del conflicto. "En ese viaje pude visitar tres veces su tumba y también hablar con gente que me dio datos con los que pude reconstruir parte de la historia", concluye.


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NESTOR SANDOVAL (10/5/1982)

Edad: 52 años

Oficio: Marino mercante

Lugar en el que vivía: 20 entre 69 y 70

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