DEL HORROR DE CHERNOBYL A BERISSO
Mykhaylo Bondar es ucraniano y llegó al país en 1999. Su padre participó en los trabajos que se realizaron en la planta nuclear siniestrada después del accidente y quedó inválido como consecuencia de la exposición a la radiación. Larysa Bondar, su esposa, todavía tiene grabada la imagen de los chicos que quedaron huérfanos tras la explosión y a los que llevaron a su pueblo buscando familias sustitutas. Como muchos ucranianos que llegaron al país en los '90, los Bondar dicen que la tragedia, considerada el peor accidente nuclear civil de la historia, les cambió la vida, incidió en su decisión de migrar y los hizo más concientes del problema medioambiental
Por Omar Giménez

Fue una convocatoria anunciada, pero no por eso menos angustiante. Alexander Bondar recibió un día como cualquier otro la citación para trabajar en la central nuclear de Chernobyl, donde se construía una estructura para tapar los restos radiactivos del reactor que estalló el 26 de abril de 1986 dando lugar al peor accidente nuclear civil de la historia. Alexander, un trabajador que se había dedicado durante toda la vida a la minería, volvería a su pueblo cinco meses después, contento de estar vivo y de no haberse contado entre los primeros citados, que soportaron una mayor exposición al material radiactivo liberado por la explosión. Su optimismo no alcanzó: poco tiempo más tarde se veía afectado por una enfermedad en la sangre que lo dejó inválido.

Mykhaylo Bondar es hijo de Alexander y cuenta la historia de su padre con un tono neutro, tomándose su tiempo y esforzándose para encontrar las palabras de un castellano que todavía no domina del todo. Acaba de llegar a la casa de Berisso donde vive con su familia desde hace tres años y relata uno de sus recuerdos más vivos de aquel momento: la despedida triste, teñida por la incertidumbre, que le hicieron a su padre cuando salió para trabajar en la planta nuclear siniestrada. "A mi papá lo convocaron en el tercer llamado y ya sabíamos que muchos de los que habían sido citados en el primero y en el segundo no habían vuelto o estaban enfermos de cáncer. Fue un impacto muy fuerte para la familia. No sabíamos si lo estábamos despidiendo para siempre. Cuando volvió no quería hablar mucho del tema para no asustarnos. Aún hoy, si le preguntan, dice que se considera un tipo con mucha suerte. Y no dice mucho más".

Para Larysa Bondar, la esposa de Mykhaylo, hay otra imagen que automáticamente le trae a la mente la mención de Chernobyl. Es la de los chicos que llegaban hasta su pueblo desde la región afectada tras perder a sus padres y a los que el gobierno soviético trataba de encontrarles familias sustitutas. Larysa tenía entonces doce años y muchos miedos que se traducían en una preocupación excluyente: "se vivía pendiente de la posición de la nube radiactiva, evitando salir al sol porque provocaba manchas, vistiendo mangas largas aún en medio del calor y escuchando todo tipo de versiones, sobre nenes que nacían con los dedos pegados, sin pelo o sin cejas, animales mutantes que vagaban por toda la zona y vegetales gigantes y contaminados".

Larisa y Mykhaylo son ucranianos, llegaron a la Argentina en 1999 y se radicaron en Berisso apenas un año después. Aunque cuando ocurrió el accidente eran chicos; aunque vivían en Gorlovka, un pueblo de la provincia ucraniana de Donetsk ubicado a cientos de kilómetros de la planta, reconocen que la tragedia de Chernobyl les cambió la vida, incidió en su decisión de migrar y los hizo más concientes de la problemática medioambiental.

Como muchos de sus compatriotas llegados en los '90 al país, cuando la recién lograda autonomía ucraniana se daba en el marco de una gran inestabilidad económica y política, buscaban una mejor situación económica, pero también intentaban dejar atrás las incertidumbres derivadas del accidente nuclear. Un accidente cuyas consecuencias se hicieron sentir principalmente en Ucrania, Bielorrusia, una parte de Rusia y Belarús y del que la última semana se cumplieron 20 años.

Ese vigésimo aniversario llegó en el marco de una controversia en torno a la magnitud de las secuelas dejadas por la explosión. Mientras un estudio avalado por el Organismo Internacional de Energia Atómica (OIEA), la Organización Mundial de la Salud (OMS) y los gobiernos de Rusia, Ucrania y Bielorusia habla de un saldo de 4.000 muertos (número que podría aumentar a 9.000 en los próximos años), entre 4.000 y 5.000 casos de cáncer mayoritariamente registrados en niños y un fuerte incremento de los problemas psicosomáticos de la población afectada, entidades ambientalistas como Greenpeace califican a ese documento de "muy blando" y acusan a los organismos internacionales de ocultar el verdadero impacto del accidente.

Para los ambientalistas, el número de víctimas directas e indirectas de la tragedia asciende a 270.000 y los casos futuros de cáncer en la región afectada rondaría los 93.000, con una mayor prevalencia en los tumores de tiroides y leucemias y la característica de tratarse de patologías más agresivas que lo normal.

Otros trabajos abonan la idea de un fuerte y persistente impacto en la salud de las poblaciones: en Ivankov, una ciudad que limita con la zona de exclusión, aún vigente 30 kilómetros en torno al reactor siniestrado, un estudio realizado a 1025 estudiantes arrojó como resultado que 744 tienen problemas relacionados con el accidente. El cáncer de tiroides (que habría aumentado 88 veces en los casos de niños afectados), la leucemia y las afecciones cardíacas y pulmonares son algunas de las afecciones con más prevalencia.

También resulta inquietante el resultado de un informe publicado en 2005 por el Foro de Chernobyl que pone el acento en la incertidumbre: "todavía no se conocen cuáles serán los efectos, sobretodo con respecto a las enfermedades genéticas que pueden derivar de las alteraciones de los cromosomas", aunque indica también que se observaron menos casos de enfermedades tumorales que los esperados y que fue mayor el porcentaje de dolencias psicosomáticas o somáticas registradas.

Otro estudio indica que los pobladores más afectados por la explosión manifiestan el cuádruple de dolencias psicosomáticas y el doble de ataques de ansiedad que compatriotas de zonas menos alcanzadas por la contaminación. Y también registran que se da una baja natalidad debida al pavor a las enfermedades congénitas, a lo que se suma una fuerte emigración de jóvenes, con su impacto demográfico, económico y emocional entre los que eligen quedarse.

EL PRINCIPIO

Fue a la 1,26 de la madrugada del 26 de abril de 1986, cuando un simulacro de corte de energía en el reactor número 4 de la Planta Nuclear de Chernobyl terminó en un accidente inédito cuyas consecuencias para la población todavía no pueden establecerse con certeza.

Ubicada a 16 kilómetros de la frontera entre Ucrania y Bielorrusia y a un centenar de kilómetros de la capital ucraniana de Kiev, Chernobyl era por entonces uno de los orgullos nucleares de la ex Unión Soviética.

A su sombra, y a 30 kilómetros de distancia, crecía la ciudad de Pripyat, todo un testimonio del lugar que ocupaba la planta en la región: era una urbe pujante y vanguardista que albergaba a 47.000 personas, muchas de ellas, trabajadores de la planta. Hoy es una ciudad fantasma, donde está prohibido vivir, aunque algunos lo hacen.

Aunque todavía hoy existen interrogantes sobre las causas del accidente, se sabe que al menos 6 normativas de seguridad fueron violadas durante el simulacro. Eso llevó a que se formara una nube de hidrógeno en el núcleo del reactor que hizo estallar el techo de 10 toneladas, provocó un incendio y liberó partículas radiactivas que llegaron a contaminar 3.900.000 kilómetros de Europa, según un reciente informe de la Eurocámara.

Los primeros bomberos que acudieron al lugar para evitar que el incendio se expanda a otros reactores murieron. También muchos de los trabajadores que fueron destinados a controlar el incendio y efectuar las primeras tareas tendientes a detener el flujo de material radiactivo a la atmósfera.

Como consecuencia de la explosión 78 pueblos fueron evacuados y en los días siguientes se registraron numerosos casos de enfermedades en la región, algunas de ellas nunca antes vistas y otras en niveles inéditos. Lo más característico fue el cáncer de tiroides en niños, extendido luego a adultos, sobre todo mujeres. Y la leucemia.

Juan Carlos Giménez es médico radiopatólogo de la Comisión Nacional de Energía Atómica y trabajó en Cuba con chicos afectados por la tragedia de Chernobyl. Para el especialista, hubo dos grandes impactos en la salud de la población como consecuencia del accidente: el psicológico y psicosomático propio de cualquier accidente traumático y las afecciones directamente derivadas de la radiación.

"La explosión del reactor liberó material radiactivo, fundamentalmente un isótopo del Yodo (Yodo 131) habitualmente utilizado para el tratamiento de enfermedades de la glándula tiroides y otro compuesto, el Cesio 137. Mientras el primero tiene un período de permanencia de alrededor de 8 días, el Cesio puede conservarse durante 30 años, disperso en el ambiente y en el piso".

Giménez relativiza los diagnósticos y pronósticos de los ambientalistas y dice que el efecto de la contaminación fue menor del que se esperaba y que sólo interesó al área vecina a la central nuclear y principalmente a quienes estuvieron expuestos durante mucho tiempo a los isótopos radiactivos.

Afirma, en ese sentido, que se comprobó que la presencia del material radiactivo generó cáncer de tiroides en alrededor de 2.000 chicos. Y si bien para la mayoría de ellos la enfermedad no resulta letal, todos deberán ser tratados de por vida. También se registraron numerosos casos de leucemia, aunque "inferiores a lo esperable ante un desastre de esa magnitud".

Al referirse a las malformaciones, Giménez discrepa con los ambientalistas cuando dice que "no está comprobada la incidencia de la radiación en casos de malformaciones y de hecho no se encontró esete tipo de consecuencias en ninguno de los chicos tratados en Cuba, aunque sí en animales. Tampoco puede establecerse una relación precisa entre los casos de cáncer y la presencia de radioactividad".

UN ANTES Y UN DESPUES

Larysa pone música ucraniana en el televisor y deja que el aparato descanse de tanto recuerdo de Chernobyl. Ella sigue con interés la polémica relacionada con el impacto de la tragedia en la población y opina que cuesta saber con certeza cual es el verdadero alcance de la contaminación. Pero sabe por experiencia propia que el accidente marcó un antes y un después para la vida de muchos ucranianos, aún los que vivían en puntos distantes de la planta cuando se produjo la explosión, como ellos.

"La preocupación por la contaminación está presente en muchos casos hasta el día de hoy. Hay gente que en Gorlovka sigue usando mangas largas para los días de calor evitando el sol, que en los días cercanos a la explosión manchaba la piel aún a cientos de kilómetros de la planta", cuenta.

Al remontarse a aquellos días dice que los miedos también se vinculaban a los productos de la tierra: "había cierta aprensión a comer frutas y verduras, se escuchaban versiones acerca de alteraciones genéticas que hacían crecer desmesuradamente algunos vegetales y se trataba de elegir aquellos con aspectos más normales. De todas formas, yo tenía mi huerta y seguía cosechando de ella lo que comía, porque eran épocas en que otra cosa no se podía hacer".

Mykhaylo tenía 16 años cuando el reactor estalló y le faltaban dos para cumplir el servicio militar, pero pidió prórroga para terminar sus estudios de dibujo técnico.

"Ucrania todavía pertenecía a la Unión Soviética y todos los que hacían el servicio militar y los reservistas eran convocados para trabajar en el reactor, desde los 18 a los 37 años. Por eso sabíamos que en cualquier momento a mi papá lo podían convocar y eso nos angustiaba. Sobre todo porque al principio pidieron voluntarios para ir a trabajar a la zona contaminada y aunque había espíritu solidario, se presentaron muy pocos", relata.

En la tercera convocatoria a reservistas llegó el llamado para Alexander, el papá de Mykhaylo: "creo que tuvo doble suerte, porque lo convocaron cuando ya había pasado un tiempo desde la explosión y ya había menos contaminación en el aire, y porque no lo destinaron a trabajar en el sarcófago para cubrir el reactor, sino en un puesto médico, donde debía medir la radiactividad de los obreros".

Actualmente Alexander vive medicado porque padece "una enfermedad en la sangre derivada de la radiación. Periódicamente recibe sus remedios y se queja de fuertes dolores en las rodillas. Pero sigue considerándose un hombre afortunado", cuenta Mykhaylo.

La decisión de migrar fue muy meditada y pesaron en ella factores económicos derivados de la crisis que vivió Ucrania cuando obtuvo su autonomía. Pero también gravitó la sombra de Chernobyl: "cuando nació nuestra primera hija, Ganna, escuchamos que en el mismo hospital había chicos que nacían con los dedos pegados y nos asustamos. Quizás no tuviera que ver con la radiación, pero ese era un tema que nos sensibilizaba. Y nos sigue sensibilizando, como nos pasa hoy con todo lo que tenga que ver con el cuidado del medio ambiente".

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'Chernobyl. A veinte años de la tragedia' es una Edición Especial de El Día.com | Todos los derechos reservados

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